Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Y entonces pensó: ¿ Jonah ?

Habían transcurrido casi tres meses desde su último encuentro con Jonah. Hasta recordaba la fecha, el 18 de marzo, pues Jonah había afirmado que era su cumpleaños.

Era uno de esos días en las postrimerías de marzo, ni invierno ni primavera, como si las estaciones fueran inmutables; los días apagados se fundían, así como se mezclaban la lluvia y la nieve.

Jonah parecía un poco borracho. No se tambaleaba exactamente, pero cuando Troy lo dejó pasar a la cocina sostenía una botella de burbon y vaciló al depositarla en el centro de la mesa, como si intentara concentrarse en un objetivo concreto.

– Hola -dijo Troy. No tenía noticias suyas desde hacía semanas, y no sabía qué pensar de su aparición. Observó a Jonah mientras este se sentaba y bebía un sorbito de la botella. Sin pensar demasiado en ello, se dirigió al armario y extrajo un vaso alto. Cogió la botella, le sirvió tres dedos de burbon y depositó el vaso frente a Jonah, que lo miró parpadeando, perplejo.

– Gracias -dijo. Rodeó el vaso con los dedos, pero no se lo llevó a los labios-. ¿Sabes una cosa? -añadió, con una voz un tanto gruesa-. Es mi cumpleaños. ¿Te acordabas?

– Pues la verdad es que no -confesó Troy-. He tenido muchas cosas en la cabeza, tío. -Se aclaró la garganta y se acomodó con cautela en la silla opuesta, adoptando ambos el que había sido su antiguo puesto desde el principio-. ¿Cuántos años cumples? -preguntó-. ¿Cuántos? ¿Veintiséis?

– Has dado en el clavo -respondió Jonah con forzado entusiasmo. Cuando bebió un sorbo de licor, el sabor le produjo un escalofrío-. Veintiséis -repitió con aspereza, y tomó otro trago. Era evidente que no estaba acostumbrado a beber burbon, y Troy ignoraba si debía intervenir o dejar que las cosas siguieran su curso. Cuando Jonah dejó el vaso, una suerte de hostilidad malhumorada y melancólica emanaba de su rostro cabizbajo.

– Bueno -repuso Troy-, feliz cumpleaños, tío. Supongo que debería haberte comprado una tarjeta o algo así.

Ja -dijo Jonah.

En retrospectiva, Troy se dijo que podía haber sido más atento, más amable. Pero estaba acostumbrado a que la gente bebiera en su presencia. Había ejercido el oficio de camarero durante buena parte de su vida, siendo el testigo profesional de los que ahogaban sus penas, y aquella etapa concreta del proceso le resultaba ciertamente familiar. Jonah estaba embriagado: en función de su grado de tolerancia y de la velocidad de su consumo de alcohol, probablemente había ingerido entre doce y veinticuatro centilitros de burbon. A su juicio, no era mucho, pero bastaba para que Jonah se encontrase ahora en la cumbre, y Troy comprendía su vacilación. En seguida perdería el control. Unos cuantos tragos más y se comprometería firmemente a cogerse una auténtica borrachera; ciertos tipos de inhibición y regulación mental se volverían elusivos: le costaría cada vez más seguir las líneas rectas de la consciencia poniendo un pie delante del otro. Según los cálculos de Troy, le restaban tres tragos de licor de ochenta grados para trascender a ese estado alterado. Vale , se dijo. Habían pasado demasiado tiempo sentados frente a frente ante la mesa, manteniendo aquellas conversaciones circulares. La situación se conectaba en su mente con las circunstancias de su libertad condicional, con los días interminables que pasaba solo en casa, con las estancias vacías y la televisión encendida de fondo. Encendió un cigarrillo y entrelazó las manos, expectante.

– Bueno, en fin -dijo Troy, y con gran cuidado sirvió un poco más de licor en el vaso de Jonah-. ¿Qué ha pasado? No sé nada de ti desde hace una temporada.

– No mucho, la verdad -respondió Jonah, y resopló pesadamente con los labios, como un caballo-. Supongo que he estado intentando comprender lo que estoy haciendo aquí.

– Ajá -dijo Troy, y le brindó una sonrisita irónica-. Qué me vas a contar.

Sintió un tenue espasmo de alarma al recordarlo, sentado en el coche patrulla. Recordó la mirada que le había dirigido Jonah, una especie de tristeza helada e interminable que no había entendido en aquel momento. Entonces recordó que Crystal le había contado (¿Cuándo? ¿En mayo?) que Jonah la había llamado a su casa, interesándose por él. Ahora se preguntaba qué le había dicho ella. ¿Le había explicado que Judy había obtenido la custodia de Loomis? Apostaba que sí.

– Wallace -dijo, dirigiéndose a la nuca de Bean, mientras atravesaban el paso subterráneo en dirección a Euclid-. Escucha -añadió. Pero entonces comprendió que sería muy complicado explicárselo.

Hay un tipo que es como mi medio hermano , se dijo, y recordó cómo Jonah se había arrellanado pesadamente en la silla de la cocina frente a él, cómo se miraron como habían hecho durante meses, mientras la turbación emanaba de ellos en oleadas tenues e invisibles. Pero ahora, sin ninguna razón aparente, Jonah parecía furioso.

– He estado pensando en marcharme del pueblo -dijo, como si eso debiera asombrar a Troy, o hacer que se sintiera culpable.

– Oh, ¿de veras? -repuso este-. No me parece una mala idea. ¿Vas a volver a Chicago?

– Probablemente no -dijo Jonah. Troy observó a Jonah mientras este se armaba de valor para rematar el fondo de güisqui tibio de su vaso-. ¿Tienes un poco de hielo? Me parece que a lo mejor me apetece un poco de hielo.

Troy se levantó sin decir palabra y se dirigió al congelador.

– Creo… creo que solo deseo viajar durante una temporada. Ni siquiera sé adónde. -Se interrumpió cuando Troy le puso tres cubitos de hielo en el vaso y lo siguió con la mirada mientras le servía otros tres dedos de burbon por encima-. No hay nada para mí en Chicago -continuó-. No sé si habrá algo para mí en alguna parte.

Hmmm -musitó Troy. Sabía desde hacía largo tiempo que era mejor mantenerse neutral ante aquella clase de autocompasión: un buen camarero no discutía ni se apiadaba de sus clientes, sino que sencillamente los escuchaba, formulando preguntas evasivas.

Jonah anunció que a lo mejor se dirigía a Nueva Orleans, que poseía mucha historia interesante. Quizá probaría suerte en Seattle, que según había oído era una ciudad encantadora, y además, nunca había visto el océano Pacífico. Quizás Arizona. Quizá volviese de visita a Little Bow, Dakota del Sur, donde había crecido.

– Para asegurarme de que las tumbas siguen allí -apostilló-. ¡ Ja !

Troy contempló indeciso a Jonah mientras este se restregaba la frente con la palma de la mano. A su juicio, estaba bastante borracho, y el peso de la cabeza resbalaba poco a poco por la superficie de la palma.

– Escucha, Jonah -intervino. Pensó por primera vez desde hacía meses en la carta que había intentado escribirle a Judy, aquella misiva patética y abyecta, inserta entre el salero y el pimentero encima de la mesa, junto a las facturas del mes. Por un momento, sopesó vagamente depositarla en las manos de Jonah y obligarlo a leerla. Esto es lo que se siente cuando estás realmente jodido , quiso decirle. Esto es lo que se siente cuando estás realmente atrapado. ¡Por lo menos tú puedes marcharte !

Pero la carta no estaba en su sitio. No lograba recordar dónde la había puesto, y su rostro se ensombreció.

– Escucha, tío -prosiguió-. No sé qué quieres de mí. Digamos que somos hermanos. Medio hermanos. Lo que sea. ¿Adónde nos lleva eso? En este momento estoy muy liado, por si no te has dado cuenta, y tú te quedas ahí parado como si te estuviera fallando o algo así. ¿Qué quieres? Solo dime lo que quieres.

Observó a Jonah mientras este agitaba el hielo de su vaso. Cabizbajo.

– No lo sé -dijo Jonah-. No creo que tenga mucha importancia. Supongo que siempre estaré solo.

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