Son casi las dos cuando recalan en el pueblecito de Straub, situado entre Wyoming y Colorado. Combustible y comida. Se detienen en una gasolinera que forma parte de una cadena de ámbito nacional, decorada con tonos anaranjados y amarillos chillones y desagradables. Las ventanas están adornadas con anuncios de cerveza, refrescos y cigarrillos, y las hileras de surtidores de gasolina están amparadas por un extenso toldo de aluminio de la altura suficiente para que un camión articulado descanse cómodamente debajo. Jonah sale del coche y procede a introducir la boquilla en el depósito de gasolina, apretando el gatillo de la manija, observando la superficie de los surtidores mientras los dólares, los céntimos y los litros empiezan a aumentar y los números ruedan alrededor de sus ejes como si fueran los rodillos de una máquina tragaperras. La lluvia ha cesado hace un buen rato, pero el aire huele a verdor, henchido de polen y polvo agitado.
Cuando termina de bombear, abre la puerta trasera y se asoma al interior. Loomis está despierto, pero aletargado, con los ojos todavía hinchados debido al sueño y la tapicería del asiento del coche impresa en un lado de la cara.
– ¿Quieres un refresco? -pregunta Jonah, entusiasmado.
Pero Loomis le dirige una mirada solemne.
– No debo beberlos -afirma-. Son malos para los dientes.
– Oh, ¿de veras? -dice Jonah, que sigue sonriendo, esperanzado-. ¿No quieres probar ese rojo de cereza?
– No, gracias.
– Vale -dice Jonah. Siente un desaliento imperceptible-. ¿Qué te parece un zumo? O… ¿leche con chocolate, quizá?
– El zumo está bien.
– ¿Y un tentempié?
– Vale.
Dentro, Jonah inspecciona los pasillos. Encuentra una bebida sucedánea de zumo en la nevera y selecciona comestibles variados: cortezas para él, patatas fritas, repostería industrial con relleno de cereza, cacahuetes, galletitas de queso cuadradas de vivo color naranja con mantequilla de cacahuete untada en el centro, pipas de girasol y caramelos. Un perrito de peluche bizco que se carcajea y exclama: «¡Hazlo otra vez!» cuando le aprietan la barriga. Un juego de ocho lápices de colores y un libro de robots para colorear.
Lo deposita todo en el mostrador y el anciano de la caja registradora lo observa con atención, mirando fijamente sus cicatrices. Jonah está acostumbrado a que lo observen con atención.
– ¿Qué tal? -dice.
– No está mal -contesta el dependiente. Parece encontrarse en las fases más avanzadas del alcoholismo: está demacrado y tiene el cabello blanco amarillento manchado de nicotina y rosetas causadas por la ruptura de vasos sanguíneos en las mejillas y la nariz-. ¿Eso es todo?
– También tengo la gasolina -dice Jonah, y mira por el escaparate, observando los números de cada surtidor-. Del tres, creo. -Sigue al dependiente con la mirada, titubeante, mientras este se dispone a escanear sus compras-. Es una tontería para que se entretenga mi chico. Estoy de vacaciones con mi hijo.
– ¿De veras? -comenta el viejo.
– Sí -contesta Jonah-, yo diría que sí. -Y el dependiente manosea sus adquisiciones, dándoles la vuelta lentamente para hallar los códigos de barras, pulsando los botones de la caja registradora con las yemas de los dedos, marchitas y laxas. Jonah piensa: mi esposa murió hace poco, y mi hijo y yo hemos decidido irnos de excursión una temporada. Solo para cambiar de aires, ¿sabe? Para despejarnos.
»No venía a Colorado desde que era niño -dice Jonah, mientras el dependiente restriega vigorosamente una barrita de caramelo contra el sistema electrónico que lee los precios-. Nací aquí.
– Bueno -dice el anciano-, bienvenido a casa. -Y Jonah esboza una sonrisa nerviosa, aunque el dependiente no lo está mirando.
Procura recordar lo que decía su madre de Colorado. ¿Acaso habían vivido allí juntos una vez? ¿O se trataba de algo que le había sucedido a ella antes de concebir a Jonah? Intenta recordar las diversas historias que le contaba: muchas de ellas eran falsas, sin duda. Cuando se internan nuevamente en la autopista, Jonah permite que se entrometa en su mente, la deja salir del angosto compartimento donde la relega casi todos los días. Ella deambula descalza sobre piedras grisáceas recubiertas de musgo, aferrándose delicadamente a ellas con sus largos dedos, con las uñas pintadas de rojo. Jonah procura fijarse en su expresión para adivinar lo que está pensando, pero su melena enmascara su rostro.
Creo que siempre estaremos solos, tú yo, musita, y Jonah aprieta los dientes contra la cara interior del labio. No desea continuar en esa dirección.
– ¡Eh!-le dice a Loomis, que balancea suavemente las piernas sobre el borde del asiento trasero, y que ha dado un solo bocado cauteloso a una galleta de queso. El niño levanta la cabeza, enarcando las cejas con expectación.
»¿Te gustaría dormir en una tienda de campaña? -pregunta Jonah-. ¿Suena divertido?
Ni siquiera ahora está seguro de hasta dónde se propone llegar. No es un secuestrador, se dice, y hasta puede que en muchos aspectos esté haciéndole un favor a Troy. Recuerda lo que este le había dicho durante una de las interminables conversaciones que habían mantenido el invierno anterior, cuando intentaban hacerse amigos.
– Me parece que están a punto de darme por el culo -había confesado Troy-. Me parece que van a quitarme a mi hijo.
– ¿Cómo iban a hacer eso? -preguntó Jonah.
– Estos abogados -dijo Troy-, le pueden hacer lo que quieran a un tipo como yo.
– ¡Oh! -musitó Jonah, pero en ese momento no lo había creído. No comprendió que era cierto hasta más adelante, cuando habló con Crystal.
– Oh, Jonah -le dijo esta-, las cosas no le van muy bien a Troy. Creo que su suegra va a obtener la custodia de Loomis durante una temporada. Después incluso de que acabe la libertad condicional. ¿No es terrible?
– Sí -respondió Jonah, aferrando el auricular de la cabina telefónica, que se le antojaba un hueso en la mano. Recordó la ocasión en la que se había topado con Judy y Loomis en el supermercado y cómo ella lo obligaba a sentarse en ese incómodo asiento para niños con una humillante correa alrededor de la cintura que hacía las veces de cinturón de seguridad. Judy estaba gorda, pero no era afable; su mandíbula cuadrada poseía un aire un tanto militar, y al parecer se había enojado por algo al examinar los ingredientes de una caja de cereales Jonah nunca había visto a Loomis tan lánguido, sentado, mirándose fijamente la palma de la mano. No levantó la vista, aunque a Jonah le había gustado la idea de que sus ojos se encontraran, de que intercambiasen un guiño secreto. Recuerda lo que le había dicho Troy.
– Sé que he metido la pata -admitió-. Pero quiero a mi hijo, ¿sabes? De verdad. -Y Jonah asintió. Se imaginó a los tres dirigiéndose hacia el sur. Una playa de México. Troy y él abrirían un restaurante turístico juntos. A lo mejor podríamos marcharnos , pensó entonces, pero sabía cómo reaccionaría Troy. Aquel movimiento irónico de la ceja, aquella mueca. Como si el mundo más allá de San Buenaventura fuese un planeta de ciencia ficción.
El campamento aparece una hora y media más tarde, doce kilómetros después de que abandonen la autopista, recorriendo la ladera oriental de las montañas Rocosas: «Zona de recreo lago del Pequeño Iceberg. Propiedad y administración privada. Campin, pesca y alquiler de canoas».
– Esto parece agradable, ¿verdad? -comenta Jonah, y Loomis echa una ojeada por encima del saliente de la ventanilla, acariciando con los dedos el reborde del seguro de la puerta con expresión grave mientras recorren dando tumbos una senda sin asfaltar, angosta y descuidada, dirigiéndose hacia lo que parece ser una antigua letrina convertida en puesto de guardia.
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