Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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En Wichita recaló en un club de estriptis al borde de la interestatal, donde una pelirroja con tacones altos bailaba en toples. Se tomó un gin tonic y descansó en el coche con los ojos cerrados. Recorrió la I-35, atravesando una sección de Oklahoma, y se detuvo a repostar en Broken Arrow. Se comió una hamburguesa con queso en Okmulgee. Se internó en la autopista de peaje de la nación india en dirección a Texarkarna hasta que se desvió en el camino en Luisiana hacia Nueva Orleans, donde planeaba establecerse una temporada.

Pero la odió. No era un lugar adecuado para empezar una nueva vida, se dijo. En una calle del barrio francés vio a una adolescente que ayudaba a una amiga a vomitar dentro un cubo de basura. Se topó con un desfile de turistas conducido por un hombre con una cabellera negra como una cola de caballo y las uñas arqueadas y afiladas como estiletes, de siete centímetros por lo menos. El guía llevaba capa, chistera y sombra de ojos, y lo miró a la cara con una expresión sugerente cuando pasó a su lado, como si fueran parientes, como si Jonah fuese otra curiosidad que pudiera indicarles a sus dóciles seguidores.

Jonah durmió en el coche la primera semana, intentando dilucidar si realmente deseaba alquilar una habitación. Por la noche se sentaba y encendía la luz del mapa para leer los diversos folletos que anunciaban las atracciones diseminadas por toda la ciudad, escuchando la radio y los sonidos de la calle. Cuando despertó una noche había una pareja practicando sexo gimnástico asiéndose a su coche. Se quedó sentado en el asiento de atrás, parpadeando, contemplando la sonrisa implacable del hombre mientras le propinaba empellones a su compañera, una mujer doblada por la cintura que apretaba la cara contra el capó. Jonah no sabía qué hacer. El hombre parecía mirarlo directamente; sus dientes apretados, con ribetes amarillentos, relucían al resplandor de la farola, y Jonah no se movió. ¿Acaso el hombre lo estaba viendo?, se preguntó. Por un momento sintió que estaba desapareciendo, dejando de existir, y por la mañana no estaba seguro de que hubiera sucedido de verdad.

Le recordó un poco a una madrugada del mes de marzo, después de su cumpleaños, a las cosas en las que había intentado no pensar. Se había despertado en el sofá de Troy. Al principio no recordaba gran cosa. Tenía resaca. Estaba demasiado confuso, le dolía demasiado la cabeza, y cuando trató de incorporarse sintió que su sentido del equilibrio fluctuaba a su alrededor, describiendo un círculo mareado y vacilante. Sus zapatos y sus calcetines se encontraban en la alfombra, junto a un cubo de plástico que le habían puesto cerca de la cabeza. Se sentó, restregándose la cara con las manos, y en ese momento rememoró un pequeño destello de la noche anterior. Recordó que había comprado una botella de burbon por su vigésimo sexto cumpleaños y que se había presentado frente a la puerta trasera de Troy. Se sentaron ante la mesa de la cocina, como siempre, pero no recordaba lo que le había dicho exactamente. Solo sabía que se había ido de la lengua. Le había confesado más de lo que debía: «No tengo esposa. No hubo ningún accidente de coche». Eso lo recordaba con seguridad. Había insultado a Troy: «Si yo hubiese tenido tu vida, no la habría cagado tanto como tú». ¿Le había dicho eso?

¿Qué había hecho? Había grandes lagunas desagradables que palpitaban en su memoria, pero no importaba lo que hubiese dicho en realidad. Estaba claro, incluso en su estado resacoso, que el daño era irreparable. Recogió los zapatos y los calcetines y se fue cojeando hacia su coche, hollando descalzo el cemento frío del camino de entrada de Troy.

Durmió durante los días que siguieron. Desconectó el teléfono y no se molestó en ir a trabajar. Se tendió en su lóbrego dormitorio y trató de recomponer la conversación que habían mantenido. El alcohol la habría fragmentado en docenas de jirones minúsculos, algunos casi límpidos, otros imprecisos y otros completamente oscuros. Se figuraba el rostro de Troy, sombrío, silencioso y atento. En suma, no tenía ni idea de lo que le había dicho, cuántas verdades, ni cuántas mentiras nuevas podía haber acumulado encima de estas. Pero sabía que había arruinado las cosas.

Durante varias semanas trató de proyectarse en Nueva Orleans, pero la idea le parecía cada vez más improbable, como una reposición mediocre de los primeros días que había pasado en Chicago, aunque desprovista de la certidumbre ansiosa y esperanzada de haberse convertido en otra persona. No sabía qué hacer consigo mismo. Marcó el número de Steve y Holiday en una cabina de teléfono de la calle Bourbon y escuchó la voz de Holiday en el contestador automático antes de colgar. Al cabo de una hora llamó a Crystal desde la misma cabina y escuchó apesadumbrado su tono de sorpresa nerviosa.

– ¡Oh! Jonah -dijo-. ¡Qué amable por tu parte llamar!

– Estoy en Nueva Orleans -anunció Jonah, y Crystal profirió una exclamación como si estuviera impresionada.

– ¡Debe ser emocionante!

– Sí -dijo Jonah. Percibió los movimientos de las personas que lo rodeaban en la acera mientras Crystal vacilaba torpemente-. ¿Cómo están todos? -prosiguió-. Os he echado de menos.

– Eres un amor -dijo Crystal. Y Jonah se tambaleó en la frágil cortesía de su silencio.

No tengo ningún sitio adonde ir , se imaginó diciendo. Quiero ir a casa, pero no sé dónde está . Torció el gesto ante el patetismo y la autocompasión que denotaban sus palabras. ¿Qué podía responder Crystal? ¿Qué podía hacer para ayudarlo?

– Bueno -dijo al fin-, ¿cómo está Troy? Ya debe estar a punto de acabar la libertad condicional.

Cuando al fin llegó a Little Bow, Dakota del Sur, mediaba el mes de mayo. Habían transcurrido más de cuatro años desde la última vez que estuviera en su pueblo natal, pero apenas había cambiado nada. La calle Main seguía siendo el mismo ramillete mustio de establecimientos. El cine donde había pasado tanto tiempo seguía en su sitio, al igual que el instituto, el campo de fútbol y la espesura de arbustos al otro lado de la alambrada metálica, donde seguía habiendo adolescentes que fumaban furtivamente cigarrillos y porros.

A escasos kilómetros del pueblo, la casita amarilla donde había crecido también seguía en pie. Jonah recorrió la extensa carretera de grava donde antaño lo dejaba el autobús escolar y vio el buzón metálico con la aldaba roja que se levantaba para indicarle al cartero que había correo saliente en el interior; el campo de rastrojo y la pradera; las ventanas de la cocina y la puerta blanca; la maleza que empezaba a crecer en los parterres de flores a ambos lados de la casa.

Se quedó un rato sentado en el coche al ralentí, hasta que salió de la casa una mujer sujetando a un bebé contra el hueco de la cadera, seguida de una niña de unos tres años con un vestido violeta.

– ¿Hola? -dijo cautelosamente. Se trataba de una mujercita de la edad de Jonah, poco agraciada, con el cabello castaño y corto, y la nariz puntiaguda y brujeril-. ¿Le puedo ayudar en algo? -preguntó. Su tono era amable y musical.

Jonah bajó la ventanilla.

– Lo siento -se disculpó-. No he venido a molestarla. Yo solía vivir aquí.

– Oh, no me diga -respondió cortésmente la mujer. Echó una ojeada al asiento trasero del coche, donde había un cúmulo de ropa sucia cubierta por una manta y una almohada, y una vieja linterna embutida al lado de un revoltijo de libros y revistas desperdigadas-. ¿Solo está de paso? -le preguntó. No parecía haberse percatado de las cicatrices del rostro de Jonah; o cuando menos, no reaccionaba ante ellas-. ¿Quiere pasar? Está un poco desordenada, pero me encantaría enseñársela.

En el límite de su campo de visión, Jonah atisbó a Elizabeth , que recorría el costado de la casa con la pata levantada al haberse clavado una espina. Atisbó la cuerda donde su madre tendía la colada, cubierta de mantas ondulantes.

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