Tiene una imagen imprecisa de su madre. Tenía el rostro estrecho, le había dicho Jonah, con los pómulos pronunciados, los ojos oscuros y la nariz prominente. El cabello largo y negro , piensa cuando se detiene en la cocina.
– Le llegaba a la cintura cuando yo era niño -le había explicado Jonah, y Troy tiene otro barrunto de ella, como si la hubiese visto antes. Siente un escalofrío en la nuca. Atisba su rostro cuando ella mira por la ventana, el velo de cabello oscuro, los rasgos imprecisos a causa de la capa de condensación del cristal. ¿Se estaría moviendo en su interior?
Probablemente no, se dice, y pone un cacillo en el fuego para hervir agua. Encuentra un sobre de sopa (polvo amarillo con sabor a pollo y fideos deshidratados) y derrama el contenido en su interior, se despoja de la ropa de trabajo y se pone un chándal mientras se calienta. Busca un remedio contra el resfriado en el botiquín y al cabo se conforma con una gragea antihistamínica masticable que le compró a Loomis en algún momento del año anterior. Desenrolla un poco de papel higiénico y vuelve a sonarse.
Ella habría apoyado las manos en el cristal de la ventana, imagina. Una muchacha de dieciséis años. El agua habría goteado desde la huella de sus manos.
Los últimos días han sido horribles, y quizá sea eso lo que le trae a Nora a la memoria. El lunes era el quinto aniversario de la muerte de su madre y Troy comprobó sorprendido que en realidad no se había vuelto más llevadero. El dolor sordo de la pena se desplegó a su alrededor, exacerbado por la frustrante relación con Jonah y los recelos por la custodia de Loomis. Había averiguado que Judy ya había conseguido, sin ninguna confrontación dramática, retirarle la patria potestad a Carla, y sabía que solo era cuestión de tiempo que interpusiera una demanda similar en su contra. Había pasado casi todo el día intentando ponerse en contacto con su abogado, Eric Schriffer, sujetando el auricular del teléfono con la oreja mientras Nora, su madre y Carla trazaban círculos en su mente, describiendo la figura lenta y perezosa de un ocho: muertas, desaparecidas y perdidas. Percibió un tenue chasquido opaco cuando lo pusieron en espera. Schriffer «estaba reunido», «no se encontraba en la oficina» o «estaba hablando por la otra línea».
En el pasado habían sido amigos, se dijo Troy. Se sentaban a colocarse y mantenían conversaciones interesantes, y mientras escuchaba la música clásica enlatada procedente del otro lado de la línea telefónica, Troy se imaginaba sincerándose con Eric. Hablándole de Jonah y de la adopción. De las conexiones misteriosas y elusivas que percibía en la periferia de sus pensamientos: su madre adoptiva, Carla y Nora, las mujeres que había perdido, deambulando juntas por un círculo en su mente.
Pero a media tarde, cuando Eric se puso al teléfono al fin, quedó patente que habían dejado de ser amigos. No había hecho sino empezar a explicarle la extinción de la patria potestad de Carla cuando Schriffer lo interrumpió.
– Escucha, Troy -le dijo con un tono agudo y apresurado-, esto no es algo de lo que debas preocuparte. Es el resultado de la conducta de tu ex mujer y nada tiene que ver contigo. Acabo de recibir un informe de tu agente de libertad condicional, y lo estás haciendo muy bien. Aunque la señora Keene presentase una demanda, no llegaría a juicio ni en un millón de años. La ley está de parte del padre biológico, tío. Lo único que debes hacer es tomarte las cosas con calma y relajarte.
– Sí -admitió Troy, y sintió que se marchitaban todas las cosas que había imaginado contarle a Schriffer-, sí, lo entiendo, pero…
Pero Schriffer ya proseguía.
– Me alegro mucho de hablar contigo, Troy -le aseguró-, pero tengo que marcharme, de verdad. Lo siento. Últimamente estamos muy ajetreados por aquí.
– Ah -dijo Troy-. Pues vale.
Deambula por la casa, bebiendo la sopa en una taza de café. Cambia las sábanas de su cama, la antigua cama de matrimonio con dosel que antaño había pertenecido a sus padres y que más adelante compartió con Carla. Se asoma al dormitorio de Loomis, que había sido el suyo cuando era niño, y renueva la cinta adhesiva de algunos dibujos que se han despegado a causa del calor seco del calefactor de aire. Se sienta y examina las pertenencias de su madre que conserva en el armario del pasillo: recuerdos, cartas y un anuario del instituto. El joyero donde se encuentra la bolsita de plástico que contiene los dientes de leche del propio Troy, junto con los pendientes y los collares. Si hubiera bebido un poco de alcohol, hasta podría haber llamado a Terry Shoopman, solo para charlar con alguien que hubiese conocido a su madre, para comprobar cómo su voz monótona y sosegada de consejero vocacional de instituto se amoldaba a sus preocupaciones.
– No debes sentirte culpable -le diría Shoopman-. Tu madre siempre quiso que supieras más cosas de tu familia biológica. Sinceramente, le preocupaba un poco que no demostraras más interés en ello cuando eras niño.
»Es cierto que has tenido una racha de mala suerte, Troy -añadiría-. Pero me parece una tontería que intentes establecer esas conexiones. ¿Tu esposa, tu madre y esa mujer, Nora? Son todas personas muy diferentes. Seguro que lo comprendes.
– Sí -admitiría Troy-. Es cierto.
– Me parece que pasas demasiado tiempo solo, jovencito -observaría Terry Shoopman-. Necesitas controlarte.
– Sí -responde Troy en voz alta, y cierra el puño en torno a la bolsita de dientes de leche. Recuerda lo que dijo Jonah hace varias semanas. Estaban hablando de Holiday, la esposa de Jonah, y del accidente de coche, y Jonah se encogió de hombros abruptamente.
– No puedo pensar más en eso, de verdad -dijo-. Debo seguir adelante. -Y entonces le dirigió una mirada lastimera, inspeccionando su rostro con sus ojos huidizos-. Hay que… seguir adelante, ¿no? -aventuró-. Uno siempre está… en el proceso de convertirse en una persona distinta. ¿No crees?
– Supongo -reconoció Troy. No sabía qué responder a la extraña y urgente convicción que denotaban los ojos de Jonah.
Jonah era evasivo con muchas cosas, sorteaba muchas preguntas con principios filosóficos generales. Decía que le resultaba «difícil recordar», que «no tenía tanta importancia», que había «cosas de las que no le gustaba hablar».
– Jonah vuelve a acogerse a la Quinta Enmienda -apostilló Troy, medio en broma, medio enfadado-. ¿Por qué has de ser tan escurridizo, tío?
– Es que… no me interesa mucho el pasado -respondió, y agachó la cabeza con aire obstinado-. Me gusta… vivir en el presente.
– Ajá -dijo Troy-. Bueno, para mí el presente es una mierda, así que tenemos un problemilla, ¿no crees?
Y Jonah se encogió de hombros, malhumorado.
– Te digo la verdad -insistió-. Sencillamente, no me acuerdo. No pienso en esas cosas.
Por alguna razón, Nora era un tema especialmente delicado, y Troy no lograba entender por qué. Sabía que había algo que Jonah no le había contado. Los silencios se prolongaban cuando ella se cernía en el horizonte de la conversación. La boca de Jonah se empequeñecía, llena de reproches, cuando Troy le formulaba una pregunta directa. Era como si no admitiese del todo que Nora los conectaba, que también era la madre de Troy, por lo menos en el sentido biológico.
– ¿Alguna vez…? -le había preguntado a Jonah en una ocasión-. ¿Hablaba de mí alguna vez?
Y Jonah se había agitado en la silla.
– Bueno -titubeó. Levantó el pie y lo depositó en su regazo-. Me parece que pensaba en ti -respondió.
– ¿Qué quieres decir?
– No lo sé. Solo era un presentimiento que yo tenía.
– Pero tú lo sabías -repuso Troy al cabo de un instante-. Sabías de mi existencia, sabías que ella había dado a un bebé en adopción. ¿Te lo contó ella?
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