Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Pero es como si cada existencia posible se encontrase justo fuera de su alcance. Piensa en una mosca frente al cristal de una ventana, estrellándose constantemente contra una barrera transparente. Siempre llega hasta cierto punto, piensa, y después fracasa.

Y así ha vuelto a suceder: el peor descalabro de todos. Ha tenido la ocasión de establecer una verdadera conexión. Ha demostrado coraje y ha corrido riesgos descabellados. ¿Acaso hay alguien, se pregunta, que hubiera emprendido medidas semejantes para acercarse a Troy? ¿Quién más habría tenido semejante determinación?

Sin embargo, ha metido la pata en seguida. De una forma muy estúpida. Por mucho que repase mentalmente su propia vida, se le antoja imposible encontrar un modo de sortear los obstáculos que se ha impuesto. Pasa junto al Discount Mart, donde se vislumbran grandes montículos de nieve sucia amontonada en los contornos del aparcamiento. Llega hasta el borde la interestatal, hasta la parada de camiones con hileras de vehículos de dieciocho ruedas de apariencia sensible alineados junto a los surtidores de gasolina. Pasa junto a las casas de campo y los cobertizos ubicados a intervalos a lo largo de la accidentada autopista estatal, dejando atrás los campos invernales y los cables telefónicos de los que penden carámbanos como xilófonos. Distingue vacas de cara blanca junto a una cerca, mientras la nieve se acumula sobre sus lomos, y una valla publicitaria en desuso, con jirones de antiguos anuncios que ondean en forma de tiras. Debería ser capaz de idear una forma de arreglarlo, piensa. Debería ser capaz de corregir sus errores de algún modo.

Sus mayores fracasos, supone, han sido los simples, los que no deberían haberlo pillado desprevenido. Como aquel día de noviembre que le había llevado todo el papeleo y Troy había visto por primera vez su partida de nacimiento original.

Al principio, las cosas parecían ir bien. Troy estaba sentado releyendo el documento una y otra vez, y le temblaban las manos al pasar las páginas. Jonah advirtió que su boca se tensaba.

– El bebé Doyle -murmuró Troy. No levantó la vista durante un largo instante, y Jonah se agitó, tenso y respetuoso.

– Ya sé que es un poco fuerte -dijo, y se aclaró la garganta-. Son muchas cosas que asimilar de golpe. -Estaba intentando imaginar lo que estaría pensando Troy. ¿Acaso se estaba haciendo preguntas sobre Nora, recreando el momento de su separación, contemplando con sus ojos infantiles el techo blanco que se deslizaba por encima de su cabeza? ¿Estaba sopesando los aspectos en los que su vida habría sido distinta? ¿Sentía, como a veces hada Jonah, que el vasto azar de la existencia se dilataba hasta conformar una extensa planicie a su alrededor?

Pero cuando Troy levantó la cabeza, no estaba abrumado por la emoción. Parecía perplejo.

– Espera un minuto -dijo-. ¿Por qué te apellidas Doyle?

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que… ese era el apellido de soltera de Nora. Creía que habías dicho que tenías un padre.

– ¡Oh! -exclamó Jonah, y sintió que el rubor, el azote de los mentirosos, se extendía sobre su rostro.

»En realidad -explicó, y titubeó un momento-, bueno… mi padre también se apellidaba Doyle. No estaban… emparentados ni nada. No es un nombre tan extraordinario. Resultó que tuvieron… suerte en ese aspecto.

Le sonrió a Troy, que lo miraba con la frente surcada de arrugas… ¿de incredulidad? Jonah no podía estar seguro.

– Ya -dijo Troy-. Bueno, supongo que fue idóneo.

– Solían bromear sobre eso -añadió Jonah-. Así… en realidad, así fue como se conocieron. Él estaba recibiendo el correo de ella por error. Se llamaba, hum . Norwood. Norwood Doyle.

– ¿Norwood?

Sip -dijo Jonah, y lo miró a los ojos, tranquilo y sonriente, confiando en manifestar sinceridad-. Era una especie de nombre familiar. Él lo odiaba. Respondía al nombre de Woody.

Todavía lo mortifica haberse endilgado ese padre imaginario de nombre ridículo en un impulso momentáneo. Fue un error gravísimo, piensa, porque ahora debe emplear su tiempo inventando historias sobre ese hombre, Woody Doyle, en el que Troy ha adquirido un inexplicable interés.

– ¿Qué clase de padre era? -preguntó Troy, un día de diciembre-. ¿Lo querías?

Hmmm -murmuró Jonah-. Bueno, claro. Por supuesto. Era carpintero. Como mi abuelo. Me construyó una casa en un árbol cuando yo tenía… no sé… unos ocho años. Pero era un tipo bastante reservado.

– ¿Qué aspecto tenía? -insistió Troy.

– Se parecía a mí, supongo -dijo Jonah-. Es decir, sin… -Señaló con un ademán las cicatrices de su rostro-. Ya sabes. El pelo rubio castaño. La cara redonda. La misma constitución, básicamente.

– Es una pena que no tengas ninguna foto -comentó Troy, y Jonah se puso tenso para sus adentros.

Aquella falta de evidencia fotográfica había supuesto un problema entre ambos. Era lo que más le costaba creer a Troy, aunque quizá fuese lo más sincero que le había contado Jonah.

– ¿Quieres decir que no tienes ninguna foto de tu familia? -preguntó Troy, incrédulo, y Jonah se acordó de cuando estaba limpiando la vieja casa amarilla a las afueras de Little Bow, hacía tantos años, y el subastador, el señor Knotts, lo observaba mientras arrojaba las fotografías a una bolsa de basura extra grande. «Debería ojearlas», le había aconsejado. «La gente puede ser impulsiva cuando está de luto.» Y ahora, por supuesto, lo lamentaba.

– Las perdí… en un incendio -le explicó a Troy, y este enarcó las cejas.

– Qué raro -comentó-. ¿Quieres decir que ya no existen fotos de ellos, y punto? Tiene que haber fotos suyas en algún sitio. ¿Qué hay de tus otros parientes? ¿O del anuario del instituto?

– Quizás -admitió Jonah dubitativamente-. No sabría cómo conseguirlo.

Y Troy se encogió de hombros.

– Bueno -observó-, te las arreglaste para encontrarme a mí. ¡Eso debe ser más difícil que encontrar unas fotos!

Troy no lo entiende , piensa Jonah. Troy no tiene ni idea de lo sencillo que resulta desaparecer de la faz de la Tierra y que el tiempo te engulla. Vuelve a pensar en las cenizas de su madre, mezcladas con la tierra de una cuneta en algún lugar de Iowa, horadadas por las raíces de plantas pequeñas que absorben los nutrientes de los restos de su cuerpo antes de morir a su vez. O en su abuelo. Han pasado más de quince años desde la muerte de Joseph Doyle, y ahora Jonah es tal vez la última persona viva del planeta que ha amado al viejo, que recuerda claramente su rostro y las historias que contaba sobre sí mismo.

Quizá, se dice a veces Jonah, él también se está disipando del mismo modo. Durante su vida adulta ha pasado mucho tiempo deseando ser una persona distinta, muchas horas soñando exactamente con esa clase de transformación. En la nueva vida que está perfilando, Nora ya no deambula por las habitaciones de la casita, mascullando a solas, diciéndole que desea morir y luego encontrando excusas para no hacerlo; no existe Elizabeth , metiendo el rabo mutilado entre las patas con aire apocado; ni el sonido de la tos de su abuelo, que escupe flemas en un pañuelo, ni la mañana en la que Jonah lo encontró muerto, aferrando con sus dedos entumecidos el reborde sedoso de una manta vieja que aprieta contra su boca entreabierta.

Apenas queda nada en absoluto. De repente su vida es un caserón desierto, en el que todas las estancias están vacías, a la espera de ser amuebladas. Su esposa falsa. Su padre inventado. Su infancia fingida.

Se pregunta si es posible librarse de las mentiras.

Sentado en su caravana, intenta encontrar una forma de regresar al principio, al día de septiembre en que había llegado a San Buenaventura, para repetirlo todo. Dibuja diagramas en sus cuadernos, retrocediendo, procurando replegar el creciente acordeón de mentiras. Febrero, enero, diciembre, noviembre, octubre y septiembre. Intenta sobreponerse a la tediosa cotidianeidad de su nuevo empleo en el restaurante La Moneda de Oro (burritos y chimichangas, tostadas* y alubias refritas); a los días que pasa confinado tras los visillos, tendido en el sofá, tapado con una manta, viendo la televisión y durmiendo.

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