Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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«¿ Sabes qué es lo más cariñoso que puedes hacer por tu hijo en este momento

Puede girar bruscamente el volante y estampar el coche contra un árbol, piensa. Puede dirigirse a la casa de Judy y estrangularla. Puede seguir conduciendo, cortar la tobillera electrónica en la próxima intersección y marcharse a California, a Hawai o al otro lado del océano, como Carla, y desaparecer en la vastedad del mundo.

« No eres una persona muy reflexiva, ¿verdad, Troy

No, se dice mientras toma la avenida Deadwood. Los limpiaparabrisas resuenan con insistencia contra las constantes motas de nieve fundida que se posan en el cristal, afirmándose brevemente antes de ser arrastrados.

Vale, piensa. Son las dos y media de la tarde, y siente un escalofrío cuando la radio empieza a emitir una antigua canción de los Guns n' Roses: una canción que antaño les gustaba a Carla y a él, antes de que naciera Loomis, y está a punto de atragantarse.

Antes incluso de enfilar el camino de entrada, vislumbra a Jonah sentado frente a su casa, instalado en el capó de su viejo Festiva, justo al otro lado de la calle, aguardando pacientemente. Cuando se dispone a aparcar, comprueba que Jonah desciende del coche y recorre el sendero, y sus músculos se tensan. La antigua existencia decadente que compartió con Carla se desmorona; los últimos acordes de « Sweet Child o' Mine » se interrumpen cuando apaga el motor.

– ¡Eh! -exclama Jonah, dubitativo-. ¡Troy! -Pero Troy sigue andando. Extiende la mano a la manera de un guardia de tráfico: deténgase. Mantenga la distancia . Pero Jonah lo sigue de cerca mientras se dirige a la puerta trasera.

»¿Troy? -repite a sus espaldas-. ¿Troy? -Y quizá está tan acostumbrado a que lo ignoren que no es consciente de ello, y la cortesía del medio oeste está tan arraigada en Troy que no puede limitarse a seguir caminando. Se vuelve para mirar por encima del hombro, frunciendo el ceño, y Jonah abre más los ojos.

»Hola -dice-. Venía…, humm . Solo venía a… ¿hacerte una visita? ¿Como habíamos dicho?

Troy se detiene un instante, parpadeando. Ahora recuerda que han llegado a una especie de acuerdo: «Una cita», dijo Jonah. «Solo para sentarnos y charlar», pero se le había olvidado por completo. Baraja excusas y se mesa el cabello. Aunque ha llegado a aceptar que los documentos que le ha entregado Jonah son auténticos, sigue siendo un poco difícil creer que aquella persona sea su hermano. Es difícil saber qué ha de hacer con él. Dónde debe situarlo en la lista de cosas que requieren su atención.

– Sabes, Jonah -dice-, este momento es muy inoportuno.

Y Jonah le dirige una mirada afligida.

– Oh -musita-. ¿Qué pasa?

– Todo -responde Troy. Pero eso se le antoja melodramático-. Nada.

Sus ojos se encuentran. Qué debe hacer, se pregunta Troy, con la expresión del rostro de Jonah, que no le recuerda sino a los niños maltratados que conoció en la escuela primaria: el semblante que adoptaban cuando les prestaban atención, una lúgubre esperanza que se entornaba brevemente para cerrarse a continuación. ¿Qué debe hacer con el hecho de que durante un breve instante vislumbra la clase de hermano pequeño que habría sido Jonah? Siente que una especie de vida paralela pasa sobre él así como una nube que se arrastra sobre el sol, y se imagina a Jonah como un chiquillo mugriento, enjuto y fuerte al que nadie ama, pero que no obstante alberga una lealtad implacable, y se siente extrañamente culpable al comprender de cuántas formas le habría roto el corazón a su hermano pequeño imaginario.

– No pasa nada -dice tranquilamente. La situación ya es más complicada de lo que desea, y se vuelve para entrar en la casa y llamar por teléfono a los agentes del aparato de vigilancia. Suspira mientras Jonah lo sigue titubeando, pero no dice nada más. Tan solo descuelga el teléfono y marca.

Sin embargo, sí que ha pensado en Jonah, o al menos en la noción de Jonah. ¿Su hermano? ¿Su medio hermano biológico? ¿Un desconocido con el que comparte algunos genes? Ha caído en la cuenta de que, aparte de Loomis, Jonah es la única persona que ha conocido jamás con la que tiene un vínculo biológico, y no está muy seguro de lo que ha de pensar al respecto.

Al principio, simplemente se había enfurecido. Descubrir que Jonah había pasado las seis primeras semanas espiándolo le había causado un desasosiego mayor de lo que estaba dispuesto a admitir. Ya se sentía vulnerable, sabedor de que estaban monitorizando constantemente su cuerpo, y pensar en las semanas que Jonah había trabajado a su lado en el Stumble Inn le puso la carne de gallina: la certidumbre desasosegada e irreal de que alguien al que apenas conocía acechaba en la periferia de su existencia, recabando información, fingiendo ser alguien que no era, lo asustaba.

Pero también lamentaba haber sido tan mezquino. Recordaba que Jonah se había sobresaltado como alguien acostumbrado a recibir golpes, asintiendo conforme cuando Troy había dicho: «No quiero que estés en mi lugar de trabajo. Ni siquiera sé si quiero tener alguna relación contigo». Después, al pensar en ello, le pareció cruel. Su mente lo conectó con la forma de tratarlo de Judy, Lisa Fix y sus abogados. Cuando Jonah lo llamó al cabo de unos días, sujetó el teléfono con ambas manos durante largo rato sin pronunciar palabra, escuchando sus ásperas explicaciones.

– Fue una estupidez -repetía Jonah-. Sé que fui un cobarde. Ahora lo sé, pero es que… me acojonaba siempre que iba a decírtelo.

– Ya -respondió Troy-. Bueno, a lo mejor era el instinto más acertado.

– No lo sé -dijo Jonah, y el adusto asomo de emoción que Troy percibió en su voz le contrajo el corazón-. Sé que suena estúpido -añadió Jonah-, pero era como si fueras la última persona del mundo con la que tenía una conexión. Y no quería venir hasta aquí solo para que me dieras con la puerta en las narices. Quería… no lo sé. Conocerte un poco. Sé que no somos hermanos de verdad, pero… me dejé llevar por la idea. La idea de la conexión. Lamento no haber sido más valiente.

Y Troy no supo qué decir. ¿Qué se hace con semejante declaración? La idea de una conexión.

– Bueno -dijo Troy. Cayó en la cuenta de que todo lo que Jonah había amado había desaparecido: sus padres, su esposa, su hijo nonato y el futuro que había imaginado-. Bueno -añadió-, deberíamos hablar de ello.

Vuelve a pensar en todo eso mientras le detalla sus datos al servicio de vigilancia. Jonah es mi hermano , se dice, mientras le dirige una mirada. Jonah sigue en la entrada, con un voluminoso abrigo de esquí barato y un gorro azul, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mi hermano. Medio hermano biológico . Y ese hecho encierra una suerte de asombro incómodo.

– Estás limpio -le asegura el tipo del aparato de vigilancia, y Troy cuelga el auricular despacio. Los ojos de Jonah indagan la superficie de su rostro mientras se debate en la entrada, manteniendo una distancia respetuosa, inclinando la cabeza como un perro triste.

– Está bien -dice Troy-. Ya que has venido, pasa.

Durante su infancia como hijo único, Troy albergaba fantasías sobre tener un hermano. Un hermano pequeño era lo que siempre imaginaba: y de hecho, cuando hacía de niñera, se le había ocurrido un juego que a Ray le encantaba, en el que fingían ser hermanos. Sus nombres de pega eran Tim y Tom, y simulaban que Ray solo tenía dos años menos que Troy, en lugar de casi ocho. Suponía que era una forma de controlarlo, de impedir que quisiera jugar a irritantes juegos de niños o ver películas infantiles que a Troy le disgustaban, pero también atestiguaba su propio deseo secreto de tener un cómplice, un discípulo de confianza en sus aventuras, alguien que fuera el blanco de sus burlas, con quien pudiera discutir y pasar el rato.

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