Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Por supuesto, estaba fuera del mundo del instituto quisiera o no. Su vida y su familia eran demasiado complicadas: vivía a varios kilómetros del pueblo con su padre, que estaba deprimido desde la muerte de su esposa; Nora debía ocuparse de él y aunque quisiera no podía demorarse después del instituto para participar en actividades extraescolares. Su padre volvía a casa del trabajo y cenaba lo que ella le hubiese preparado. Estaba cansado y normalmente lo único que deseaba era beber cerveza y sentarse en su habitación. No estaba dispuesto a llevarla al pueblo para asistir a un partido de fútbol, a una reunión del club de arte ni al cine donde iban numerosos estudiantes en sus citas. En todo caso, no sabía a ciencia cierta con qué chicos habría salido. Era la única mestiza del instituto y sospechaba que eso también la excluía de la masa central de alumnos. Los indios y los blancos estaban separados casi siempre. Desde luego, no se citaban, de modo que aunque había muchachos de ambas razas que la observaban, la examinaban y a veces flirteaban con ella, nadie le había pedido nunca una cita. Nora suponía que no sabían en qué categoría encajaba.

El verano después de cumplir quince años, el verano que mediaba entre noveno y décimo curso, había persuadido a su padre para que la llevase al pueblo cuando se dirigía al trabajo para ir a la biblioteca o a la piscina. Solo era un día a la semana. Se aburría sola en el campo, y su padre no había puesto muchas objeciones a la idea.

– No te metas en líos -la exhortaba siempre, aunque confiaba en ella-. Eres una chica muy responsable, Nora. Si no fuera por ti, creo que no estaría vivo. Es la verdad.

Ese verano fue cuando empezó a ver a Wayne Hill. Ya sabía quién era, por supuesto. Habían asistido a clase juntos, hasta tomaban el mismo autobús para ir y volver del instituto (Wayne vivía en una granja a escasos kilómetros de su casa), pero nunca habían hablado de verdad. Wayne era un atleta, una especie de sabihondo. La única sorpresa era que su nombre apareciese junto al suyo en el cuadro de honor de manera consistente.

Y que aquel día de junio de 1965 lo encontrara en la biblioteca. No parecía de los que leen, pero allí estaba, pasando el dedo por el lomo de los libros de la sección de ficción, en el mismo recodo de estantes donde se hallaba ella. La observó con curiosidad y sus ojos se encontraron un instante antes de que Nora dirigiese de nuevo su atención a las estanterías. Un minuto después se percató de que se había acercado.

– Tienes pinta de peligrosa -le susurró Wayne-. ¿No te lo han dicho nunca? Como si fueras una espía, o una asesina.

Ella no dijo nada durante un momento. Después se agitó irritada.

– Solo quiero ver los libros -respondió, y Wayne le dedicó una sonrisa lobuna, con los labios sobresaliendo un poco, afable y altanero, con los márgenes teñidos por un atisbo de tristeza.

– No hay problema -dijo, y sus ojos parecieron emitir destellos hacia ella-. ¿Has leído algo de Ray Bradbury?

– No -contesto Nora fríamente.

– Pues deberías -dictaminó. Y alargó la mano hasta el estante situado justo debajo de la cintura de Nora y extrajo un libro-. Aquí tienes -dijo-. Remedios para melancólicos . Apuesto a que te gusta.

Ella titubeó un momento y después lo aceptó.

– No tenía mala intención al decir que pareces una espía -le explicó Wayne-. Solo quería decir… que pareces una persona interesante. Pareces misteriosa.

Y ella lo había mirado a los ojos, frunciendo el ceño. Era un muchacho musculado, de hombros anchos, compacto. Sus ojos poseían un tono azulado excepcional, blanquecino y lechoso, como el de esos perros de trineo de Alaska.

Durante varias semanas se reunieron en la biblioteca, tan solo para charlar. Luego se reunieron en la piscina. Después se dirigieron a los matojos que había al otro lado de la verja de la piscina, arrastrando las toallas y la ropa de calle, para besarse, acariciarse los brazos y restregarse las piernas, con la piel todavía húmeda y tibia y oliendo a cloro.

– Quiero decirte algo -dijo Wayne-. Estoy enamorado de ti desde hace mucho tiempo. -Y se rió, luciendo su sonrisa ante ella-. Desde que empezamos a ir juntos en el autobús del instituto, he querido hablar contigo. ¿Sabes? Siempre que te subías al autobús me daba como un… brillo… en el corazón. Ya sé que parece cursi. Sabes, hablaba en serio al decir que parecías misteriosa. Eso es lo que siempre he pensado.

En julio, Wayne adoptó la costumbre de pasear hasta la casa de Nora durante el día. La granja de su familia estaba a diez kilómetros de la casita amarilla donde Nora vivía con su padre, y Wayne alegaba excusas para ausentarse de las labores que esperaban que llevase a cabo. Solía presentarse a primera hora de la tarde, recorriendo pesadamente las cunetas de los caminos sin asfaltar y atravesando el extenso pasto que había detrás de su casa.

Los martes, miércoles y jueves. El padre de Nora seguía en el trabajo y ella estaba sola en casa con Elizabeth , la cachorra. Nora estaba intentando adiestrar a la perra y enseñarle trucos. Elizabeth ladraba enfurecida cuando Wayne se aproximaba por el sendero, pero cuando Nora chasqueaba los dedos se sentaba. Y al cabo de varias veces dejó de ladrar. Se había acostumbrado a Wayne.

El muchacho estaba sentado acariciando su pelaje.

– Es un animal muy hermoso -afirmó, y entrecerró los ojos como si fueran medialunas risueñas al sonreír-. Tienes suerte -añadió-. Nunca he visto a un perro igual.

Y Nora se había unido a sus caricias.

– Es un dóberman pinscher. Se la dio a mi padre un tipo que trabajaba con él. Se supone que son muy listos. Son los perros más listos del mundo; eso es lo que le dijo a mi padre.

Mmmm -musitó Wayne. Habían estado acariciando a Elizabeth juntos y sus manos se encontraron cuando resbalaban por los músculos lustrosos de su lomo. La palma de la mano de Wayne se deslizó sobre los nudillos y la muñeca de Nora hasta el antebrazo.

La miró. Se besaron.

Poco después se encontraban en el dormitorio de Nora, en una modesta cama con dosel para niñas, y Elizabeth, la cachorra, estaba sentada ansiosamente al otro lado de la puerta cerrada.

Esa fue la primera vez. No fue desagradable, como imaginaba Nora cuando pensaba en los actos de sus compañeros de clase. Fue… distinto. Como una parte de su cerebro cuya existencia había ignorado hasta entonces. Como descubrir que hablaba un idioma extranjero que no había oído jamás. No sabía por qué lo había hecho: suponía que había sentido curiosidad, y la parte de ella que estaba despertando, la parte que era impulsiva y estúpida, se reafirmó de improviso. Le temblaron las manos cuando se produjo el contacto, experimentó un hormigueo trepidante y cálido, y Wayne Hill alzó la mirada para contemplarla. Ojos azules intensos. Nora sintió que introducía la mano bajo la camiseta del muchacho y la restregaba contra su pezón diminuto y erecto, y Wayne cerró los ojos.

– ¡Eh! -dijo. Le asió los pechos, estrujando el tejido de la blusa.

La mayor sorpresa fue quedarse embarazada con semejante facilidad. En su mente, el embarazo siempre le había parecido una decisión que se tomaba, un interruptor que era posible conectar y desconectar. Los anticonceptivos eran rumores que habían llegado a oídos de ambos, pero asimismo creían las demás cosas que les habían contado: que si después ella saltaba arriba y abajo enérgicamente, si se lavaba la vagina con Listerine, si esa noche se daba un largo baño caliente, si hacía eso, si no deseaba quedarse embarazada, todo saldría bien.

Debió quedarse embarazada entre finales de agosto y primeros de septiembre.

Para entonces había empezado el curso y las cosas habían empezado a entibiarse entre ellos. No fue a propósito. Era sencillamente que ambos se habían percatado de repente de las complicaciones, de lo que dirían los demás.

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