Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Percibe una escisión en su interior. Hay una parte razonable que se eleva por encima de sus percepciones, una mente práctica que observa al organismo sensual. Percibe su propio cuerpo como músculo y grasa envueltos por una capa de piel húmeda, como una lengua seca con sabor amarillento, y se percata de la matriz de sonidos que se extiende desde el centro de su cuerpo, la autopista de sangre en movimiento y los ávidos tentáculos del espíritu que codician una presa.

La parte razonable sabe que no sucede nada en absoluto. No es más que una vieja gorda, sentada en el umbral con los ojos cerrados. Carla no se encuentra allí, y además, aunque de algún modo milagroso Carla apareciese de repente en la escena, aunque Judy abriera los ojos y Carla la estuviera observando desde el otro lado del jardín, solo habría enemistad entre ambas. Desde hace mucho tiempo sabe que no habrá resolución ni reconciliación extrema en el lecho de muerte; sabe que su relación es un féretro cerrado y sellado, sepultado e irrecuperable. No importa si abre o no los ojos. Carla, su verdadera hija, no estará.

Y sin embargo sigue percibiendo el indicio de una voz, la incoherencia que bate sus pesadas alas, y se imagina a Carla no como sería hoy, sino como era a los catorce o quince años, con el cabello cardado y moldeado, el maquillaje exagerado, luciendo una camisa de lentejuelas plateadas y pantalones de imitación de cuero. Una chica imprudente y estúpida, piensa Judy, una chica sin cualidades, que precisa mano dura. Es su hija y no obstante tan diferente a ella que se diría que ha habido un error.

– ¿Sabes cuánto me duele que me llamen tus profesores para quejarse de tu comportamiento? -solía decir Judy-. ¿Es que te gusta humillarme, es eso? -Y si Carla no le respondía, Judy continuaba, como si hablara consigo misma-. Me deprime muchísimo -aseguraba-. Muchos de ellos son mis colegas, ¿sabes? Son mis compañeros de trabajo, mis amigos, ¡y tú te portas así en su clase! Es una falta de respeto, Carla, y sabes una cosa, me parece que no me quieres mucho cuando actúas de esta forma. Si me quisieras de verdad dejarías de avergonzarme.

Carla lloraba un poco después de aquellos incidentes. Se acostaba rodeando a sus animales de peluche con los brazos y se tapaba la cabeza con una manta. Siempre estaba dispuesta a culpar a los demás. «Yo no he hecho nada. No es culpa mía. Están mintiendo. Están intentando meterme en líos.» Y al poco vinieron las drogas y las discusiones al respecto, la ocultación de las drogas y la clínica de rehabilitación que Judy había escogido al fin.

– Mamá -le suplicó Carla-, por favor, no me obligues a ir. -Esa fue la última vez que Carla la había llamado mamá, se dice Judy-. Me esforzaré -le prometió-. Te juro que a partir de ahora te escucharé.

Ahora Judy no puede decir nada. Se limita a sentarse en el umbral con los ojos cerrados y el brazo inerte, mordiéndose la lengua al recordar el viaje a la clínica: Carla estaba sentada en el asiento del copiloto con el rostro vuelto hacia la ventana, emitiendo de tanto en tanto gemidos quedos y carrasposos de llanto contenido. En aquel momento, Judy estaba segura de que los tratamientos de la clínica suprimirían tanto las drogas y el alcohol como el anhelo recalcitrante de ambas cosas así como la quimioterapia quemaba un cáncer. Creía que le devolverían a su hija indemne, limpia y agradecida, y pensando de ese modo se fortaleció frente a los gimoteos de Carla.

Nunca habría esperado que, por el contrario, su hija empeorase. En rehabilitación, Carla conoció a una nueva amiga, una muchacha que le enseñó formas de acceder fácilmente a nuevas clases de drogas; en rehabilitación, Carla se negó obstinadamente a reconocer que se hallaba «indefensa» frente a la adicción, y entonces el terapeuta invitó a su madre y ambos se sentaron para explicárselo con insistencia y la martillearon con sus palabras hasta que admitió por fin, con los ojos refulgentes e hinchados a causa de las lágrimas, que estaba «indefensa».

Durante un instante, Judy siente los dedos de Carla en la muñeca y su rostro sonrojado en su cuello. Está sosteniendo a una Carla de tres años en su regazo, le lee y le canta. En su casa la televisión se limita a los programas educativos. Viajan a Denver para visitar museos de arte, y escuchan casetes de música clásica en el coche. La sometieron a un test para determinar su inteligencia, que estaba muy por encima de la media; no era exactamente un genio pero estaba cerca.

– Puedes ser cualquier cosa que te propongas -le dijo Judy-. Yo solo quiero que seas feliz.

Y Carla, que tal vez tuviera diez años, la miró con suspicacia. Judy sabía incluso entonces que las cosas terminarían mal entre ellas.

– Eres capaz de hacer muchas cosas -le decía-. Eso es lo que no entiendo de ti. ¿Por qué disfrutas saboteándote?

– ¿Señora Keene? -dice alguien-. ¿Se encuentra bien?

Ella no dice nada. Admite que estás indefensa , piensa Judy, pero no lo consigue ni siquiera en ese momento. Sí que se levantará, se dice. Les explicará que la desaparición de Loomis no tiene nada que ver con su hija ni, de hecho, con el inútil de su yerno, del que están hablando en el salón, justo al alcance de sus oídos. Sí que abrirá los ojos, piensa. Y puede que Carla se encuentre allí.

– ¿Señora Keene? -repite alguien, y ella intenta despegar los párpados.

Tuerce el gesto: sufre una terrible jaqueca. Se toca el tríceps izquierdo con los dedos y cuando levanta los párpados la luz se abate sobre ella con un destello repentino y doloroso. Se percata de que sus ojos han empezado a manar lágrimas, emborronando su visión. El ojo izquierdo parece ciego. Un voluminoso punto negro se expande sobre su campo de visión como si fuera un iris, dilatándose sin cesar, puntos gruesos, como un enjambre de abejas. Judy cierra el ojo y la imagen parece desvanecerse.

Siente que su cuerpo se inclina y se precipita en el aire vacío que hay más allá de su hombro.

¿Y si se está muriendo?, piensa.

¿Y si nunca descubre el final de la historia? Se estremece y su mente sigue trastabillando hacia el futuro con esa sencilla expectativa del paso del tiempo: otro momento, y después otro. Parece imposible que cese abruptamente. Parece imposible que uno no sepa nunca lo que sucede a continuación, que el hilo que ha estado siguiendo toda la vida… se corte, como un libro con las últimas páginas arrancadas. No es justo , piensa.

Tercera parte

25 Junio de 1996

Involuntariamente, Nora no puede evitar imaginar nombres para el bebé. Le gustan los nombres de chico anticuados y heroicos: Agamenón, Pirro, Octavio, Arístides. Ha estado leyendo un libro sobre los héroes de la antigüedad de Grecia y Roma y le entristece que ya no se pueda poner esos nombres a la gente.

Octavio Doyle , piensa mientras se dirige a la cafetería para cenar. Júpiter Doyle, y sonríe vagamente para sus adentros. Zeus.

Se percata del resto de las chicas que recorren el pasillo junto a ella, pero no las saluda. Están vestidas con un camisón barato al igual que ella y sus peinados y sus antiguas permanentes ahora están desmalazadas y desvaídas; huelen a sueño, cigarrillos viejos y el almizcle acre de sus partes privadas.

Ha contemplado a las chicas que la han precedido; ha comprobado cómo funciona. Languidecen cada vez más hasta ponerse de parto, y luego nadie las vuelve a ver. Sabe que alumbran bebés que los padres sin descendencia ya están esperando. Y cuando dejan de estar embarazadas las devuelven a su vida anterior o a una vida nueva en una ciudad lejana donde logran olvidar. Sabe que eso es lo que sucede, pero cada vez le resulta más difícil creerlo. Cuando se van parece que hayan muerto.

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