Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Tienes una cicatriz en la cara -observó.

– Lo sé -dijo Jonah-. De pequeño me mordió un perro. Cuando tenía más o menos tu edad.

– ¡Oh! -murmuró Loomis, que parecía impresionado y curioso. Quizá se hubiese acercado aún más, pero en aquel momento su abuela, a lo lejos, levantó al fin la cabeza y miró en derredor, inspeccionando el patio de juego. Jonah emprendió la retirada, retrocediendo.

– A lo mejor vuelvo a hablar contigo -dijo-. Pero solo si puedes guardar el secreto. -Arqueó el cuello, mientras las hojas se desprendían de las ramas por encima de su cabeza-. Sabes, si le dices a tu abuela que me has visto, tu padre se meterá en un lío muy gordo.

– No se lo diré -afirmó Loomis con suavidad. Su rostro estaba crispado y solemne a causa de la preocupación, y dio varios pasos en pos de Jonah mientras este se adentraba en las matas y el follaje. Cayó una hoja, seguida de otra, y Loomis se detuvo en silencio.

– ¡Loomis! -exclamó la anciana, y Loomis, vacilante, giró en redondo y regresó adonde ella estaba sentada.

23 Noviembre de 1996

El invierno ha llegado pronto este año. Las temperaturas han descendido abruptamente, las lagunas y los arroyos están congelados y las tormentas y los vendavales recorren el medio oeste. La nieve se abate sobre Chicago, donde Steve y Holiday duermen espalda contra espalda mientras su hijo Henry, que está dando sus primeros pasos, se sienta a contemplar el letrero de neón intermitente que palpita lejanamente al otro lado de las cortinas cerradas de su dormitorio; los copos se funden contra la ventana mientras la señora Orlova entrelaza las manos contra el pecho y frunce el ceño a la espera de que hierva una tetera en la lóbrega cocina de su apartamento; la nieve se acumula en la cuneta de Iowa donde reposan las cenizas de Nora, en la reserva de Dakota del Sur donde reside Leona, la hermana de la abuela de Jonah, y en la casa amarilla donde creció este, ahora ocupada por una pareja evangélica joven y devota y sus hijos; y en el cementerio situado en los confines de Little Bow, cuajarones de nieve gruesos y húmedos se posan en la sencilla lápida del abuelo de Jonah: «Joseph Doyle, 1910-1984».

También está nevando en San Buenaventura, Nebraska. Ray, el estríper, está descalzo en el salón dé una despedida de soltera, desabotonándose la camisa al ritmo de la música rap que atruena desde su equipo estéreo portátil mientras un sudor helado resbala por su espalda; y Junie, el antiguo cocinero del Stumble Inn, abre los ojos brevemente y palpa el goteo intravenoso de plástico que le han insertado en el brazo. Gafe, el muchacho, duerme en su caravana compartiendo su lecho con su hermano pequeño mientras en el salón la madre de ambos prorrumpe en carcajadas ante algo que emite la televisión. El oficial de policía Kevin Onken patrulla soñoliento las calles desiertas mientras los limpiaparabrisas subrayan un ritmo lento como el de un metrónomo bajo el murmullo quedo de la calefacción del automóvil, se anima momentáneamente cuando pasa el coche que transporta a Jonah. Onken observa atentamente los fulgurantes números rojos del radar que titilan en la consola. Pero Jonah no infringe el límite de velocidad. Aferra el volante con ambas manos mientras recorre el paseo Flock, contorneando el perímetro del parque. Las carreteras están resbaladizas. Jonah es precavido.

Crystal posee apenas la presciencia necesaria para despertarse al percibir el estrépito del viejo Festiva de Jonah que pasa frente a su casa; su mente discurre estableciendo asociaciones, y el sonido distintivo de ese coche se ha instalado en ella con la firmeza suficiente como para que piense: ¿ Jonah ?, antes de acomodarse de nuevo en el cojín del sofá, donde se ha quedado dormida.

No obstante, el fantasma de Jonah atraviesa su subconsciente: su plática apocada y furtiva, el radar de pensamientos mudos que irradiaba, chispas trepidantes que no lograba atrapar del todo.

Le había sorprendido que dejara su empleo en el Stumble Inn de una forma tan abrupta. A su juicio, se habría dicho que se estaba aclimatando bastante bien. Parecía reaccionar sobre todo ante Troy.

Pero entonces había faltado al trabajo sin ninguna razón aparente.

– Es que estoy muy preocupada -le confesó a Troy aquella tarde, creyendo que quizá tuviera alguna idea-. Creía sinceramente que se estaba adaptando. ¿Tú no?

Pero Troy se había limitado a encogerse de hombros, malhumorado, mientras adoptaba una expresión imperturbable.

– ¿Te dijo algo? -preguntó Crystal-. No creía que estuviese a disgusto aquí.

– Yo no sé nada de eso -respondió Troy, y bajó la cabeza hacia el crucigrama.

Crystal le dirigió una mirada perspicaz.

– No tendríais una discusión ni nada, ¿verdad? -aventuró, y Troy no dijo nada, pero manifestó una vacilación que bastó para confirmar algún incidente en su imaginación. ¿Un desacuerdo? ¿Un choque de personalidades?.

»Oh, Troy -se lamentó-. Era un tipo simpático. ¿Qué ha pasado?

– No ha pasado nada -dijo Troy, pero Crystal advirtió que rezumaba falsedad-. Si casi no lo conocía.

– ¿Pero no te daba pena? -inquirió.

– Claro -afirmó Troy-. Por supuesto que me daba pena. Me da pena mucha gente. -Y acto seguido se dirigió abruptamente al bar, con la espalda muy recta, para poner las sillas en pie.

Los rumores de que habían contratado a Jonah para cocinar en La Moneda de Oro llegaron a oídos de Vivian.

– Ese mierdecilla -masculló, y Crystal bajó la mirada-. Si quería más dinero podía haberlo pedido -añadió-. No me gusta esa forma de actuar. Dejar a la gente en la estacada de esta forma. Supongo que se creía demasiado bueno para nosotros.

– No sé -intervino Crystal, ecuánime.

– Estoy pensando en plantarme en esa caravana cochambrosa suya a decirle lo que pienso de él -afirmó Vivian-. Le hice un favor al contratarle en el acto de esa forma. Para que veas cómo es la gente en el mundo de hoy.

– Bueno -insistió Crystal con delicadeza-, ¿quién sabe lo que pasó en realidad?

Pero Vivian no era una persona excesivamente clemente. Le gustaba la lealtad; era casi lo único que le gustaba de la gente. Con el paso de los años había logrado retener a Crystal, a Troy y al viejo Junie, el cocinero ahora moribundo cuyo puesto había esperado que ocupase Jonah. Había habido otros empleados, por supuesto, que se habían quedado durante meses o incluso años, pero les guardaba rencor a todos ellos, así como le guardaba rencor a Jonah, el vil embustero. El primer día que no se había personado en el trabajo lo había llamado y Jonah había fingido encontrarse enfermo.

– ¡Oh! -musitó al reconocer su voz-. Vivian. Estaba a punto de llamarte. Tengo fiebre. -Y Vivian advirtió que de pronto intentaba conferirle fragilidad a su voz-. Lamento no haber llamado… Es que estoy hecho polvo. He estado delirando, prácticamente. He perdido la noción del tiempo.

– Esto me pone en una tesitura desagradable -repuso ella-. Ya he anunciado el menú. ¿Qué debo hacer con él?

– Lo sé -admitió Jonah con voz áspera-. Yo… lo siento mucho.

Al día siguiente llamó para anunciar que lo dejaba. Ni siquiera tuvo la decencia de presentarse. Se limitó a dejar un mensaje en el contestador automático del bar.

– Soy Jonah Doyle -dijo. Su voz sonaba desprovista de matices y saturada de electricidad estática-. Solo llamaba porque… quería que lo supierais. Me parece que no puedo seguir trabajando allí. Yo… bueno. -Y seguía una larga pausa-. Lo siento -dijo-. Gracias por concederme la oportunidad de trabajar en el Stumble Inn. Os lo agradezco mucho.

Vivian oprimió enérgicamente el botón que indicaba «borrar». Pero al cabo de varias semanas no pensaba demasiado en Jonah, aunque seguía deseando toparse con él en el supermercado o en otro sitio para echarle una bronca.

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