Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– De acuerdo -accede Jonah. Bebe un sorbo de cerveza y por un instante Troy cree advertir un destello en sus inquietos ojos grises que le hace sentirse como si se conocieran desde hace mucho tiempo-. Vale -dice al fin-. Aquí lo tienes. -Y entona como si estuviera declamando:

– «El matemático sueco Helge von Koch formuló la hipótesis de que existe una línea infinita alrededor de un área finita».

– Ah -exclama Troy, emitiendo una risita sofocada, porque le resulta del todo incomprensible-. ¿Entiendes lo que acabas de decir?

– Supongo que sí -dice Jonah, encogiéndose un poco de hombros, con aire de timidez, pero al mismo tiempo de orgullo. El destello vuelve a sus ojos de nuevo, recordándole a Troy el aspecto de Loomis cuando sabe la respuesta de una pregunta difícil-. Bueno -prosigue-, es más sencillo si lo ves por escrito. Es como, ¿recuerdas que en la escuela primaria hacíamos copos de nieve con cartulinas? Doblabas el papel en cuatro partes, o en ocho, y empezabas a recortar bordes irregulares. Puedes hacerlo hasta que sea cada vez más recargado, y si tuvieras las herramientas adecuadas, herramientas microscópicas o lo que sea, sería cada vez más intrincado. Podrías continuar eternamente, de eso se trata, porque las cosas se pueden empequeñecer hasta el infinito. Las reduces hasta una molécula. Y luego reduces esa molécula a un átomo. Y luego reduces el átomo a partículas más pequeñas. Y así sucesivamente. De modo que si extiendes los contornos del copo de nieve siguiendo una línea recta, en potencia podría seguir hasta el infinito. Eso es.

– Entiendo -dice Troy, complacido-. Hay una línea infinita alrededor de un área finita. Lo comprendo, más o menos. Es como un rompecabezas. Como uno de esos acertijos. Las ilusiones ópticas. ¿No?

– Un poco -dice Jonah. Y guarda silencio-. Bueno, es abstracto. En realidad no se puede ver algo infinito, así que no es más que un rompecabezas mental. -Hay algo en su expresión solemne, tranquilamente satisfecha que le hace pensar de nuevo en Loomis-. Pero es interesante -añade-. Para mí.

Troy no puede evitar sentir empatía por él. Quizá la vida de Jonah habría sido distinta, se dice, si no hubiera sido por el accidente de coche. Se imagina a la esposa de Jonah: no sería muy atractiva, se figura, probablemente fuese gruesa, pero albergaría juicios perspicaces y serios, el polo opuesto a Carla, y creen que habrían tenido una hija, una niña muy hermosa. Y Jonah habría terminado sus estudios universitarios, y aunque estos no tuvieran aplicaciones prácticas específicas, la propia titulación le habría llevado a alguna parte. Quizás a un trabajo con ordenadores, o en una biblioteca. Y habrían tenido una existencia feliz. Se los imagina viviendo en Chicago, en una especie de apartamento, cerca de una cafetería, empujando el carrito de su hija por un extenso parque urbano, mientras Jonah hablaba de películas, matemáticas o algo parecido, y su rechoncha esposa de cabello largo lo miraba con serena admiración.

Todo eso se dibuja vívidamente en su imaginación mientras Jonah y él están allí sentados. Contempla con ternura la imagen que se ha formado de la familia feliz de Jonah y sus pensamientos se posan brevemente en su propia infancia, cuando estaba con sus padres en el lago, y finalmente en la vida que debería haberle proporcionado a Loomis, si Carla y él hubiesen sido personas distintas, si hubieran sido capaces de sobreponerse a sí mismos.

– En fin, Jonah -dice al fin, mientras intenta sofocar esa última imagen-, dime la verdad, tío. ¿Qué estás haciendo en San Buenaventura? Pero de verdad.

Jonah alza la mirada ante aquella pregunta con una rapidez sorprendente y hasta desconcertante. Sus labios se tensan, y algo detrás de sus ojos parece refulgir.

– ¿A qué te refieres? -pregunta.

– No quiero decir nada malo -le asegura Troy-. Es que, ¿cuántos años tienes? ¿Veintitrés?

– Veinticinco.

– Es lo mismo -afirma-. Lo único que digo es que no querrás trabajar de cocinero en el Stumble Inn durante el resto de tu vida, ¿no? -Troy se detiene, frunce los labios-. ¿No crees que puedes aspirar a algo mejor?

– No lo sé -admite Jonah, con una voz un tanto quebradiza-. Me gusta cocinar en el Stumble Inn. -Echa un vistazo a los platos sucios del fregadero y el itinerario negro abierto sobre la encimera-. ¿Tú crees que puedes aspirar a algo mejor? -dice suavemente.

– ¡ Ja !-se burla Troy-. Ya no, tío. A lo mejor si volviese a tener veinticinco años haría las cosas de otra forma.

Luego guarda silencio, abochornado por su autocompasión. Porque claro, ¿por qué había de resultarle más difícil empezar una nueva vida? Jonah acaba de perder a su esposa embarazada, su rostro está devastado por las cicatrices y sus padres, según Crystal, están muertos. En todo caso, se dice Troy, la vida de Jonah ha sido más penosa que la suya, y siente que la culpa cae sobre él. Por algún motivo piensa en su madre tendida en el ataúd, en cómo se habían separado sus manos inertes y en su propio empeño estúpido e intoxicado por ponerlas de nuevo en su sitio. Hace una mueca.

– Lo siento -dice al cabo de un instante-. Debes hacer lo que te haga feliz. Así que si lo que quieres hacer es cocinar en la vieja Universidad Stumble, adelante.

Jonah lo mira inescrutablemente. Sus dedos se posan en la corteza del bocadillo sin terminar, y Troy se sorprende al advertir que le tiemblan las manos.

– Estoy buscando a alguien -dice.

– Ajá -comenta Troy expectante-. Eso está bien. -Por un segundo percibe una vibración en el aire imposible de identificar-. Eso es lo que deberías hacer, tío. Sabes, yo conozco a muchas mujeres, Si quieres, podría…

– Me refiero -puntualiza Jonah, entrecerrando los ojos- a una persona en concreto.

Troy advierte cómo cambia su expresión. El lado indemne de su rostro se estremece levemente, como el pellejo de un caballo que intenta espantar a una mosca. Jonah ladea la cabeza, inclinándose hacia delante, abriendo y cerrando las manos.

– Me parece que somos hermanos -anuncia.

– ¡Ja! -se burla Troy. Intenta sonreír, pero una incómoda tensión se ha apoderado de él. Jonah está temblando. Le castañetean los dientes.

– Lo digo en serio -resuella-. Tu madre. Tu madre biológica. También es mi madre.

Y Troy siente que su sonrisa intranquila desaparece.

22 13 de octubre de 1996

Se conocieron un domingo. Fue la semana antes de que Jonah reuniese el coraje necesario para presentarse en casa de Troy con comida. El tiempo estaba empezando a cambiar y las ráfagas de viento planeaban sobre todas las cosas, durante todo el día. Las plantas rodadoras se agolpaban contra las alambradas en los confines del pueblo.

Había encontrado la apacible calle sin dificultades. Allí estaba, solo a una manzana del parque. El paseo Foxglove. Sin duda era un lugar agradable para vivir, pensó Jonah, una modesta calle sin salida que describía un arco sosegado, cuyas viviendas estaban diseñadas al modo de las casitas inglesas, o así lo creía Jonah, y todas ostentaban adornos coloridos en las ventanas y en los aleros y estaban provistas de jardines bien cuidados que ahora amarilleaban, y de macizos de flores ajadas, estatuillas de enanos, faunos o de la Virgen María. Más plantas de rocalla.

Jonah estaba sentado en su coche cuando salieron el chico y su abuela, pero estos no miraron en su dirección, sino que se encaminaron por la acera. La abuela era una mujer corpulenta y parsimoniosa que llevaba un libro y un paraguas cerrado. El chico la precedía, echando a correr y brincando al cabo de un rato, aunque tenía una expresión pensativa y hasta seria en su rostro, como si saltar fuese un medio de meditación.

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