Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Cuando Jonah se detiene, una adolescente con el cabello corto castaño y la barbilla prominente y devastada por el acné salir del edificio sosteniendo un sujetapapeles. Acepta quince dólares y cuando Jonah solicita un enclave «aislado» lo consulta con ademán sombrío y los encamina a la parcela 23B. Le entrega la fotocopia de un mapa trazado a mano que muestra un sinuoso laberinto de caminos surcados por cajas numeradas. Rodea con un círculo la 23B.

Según parece, el lago del Pequeño Iceberg no es un destino especialmente popular. Son las cuatro en punto de la tarde, pero hasta el momento solo hay cuatro caravanas estacionadas en las parcelas delanteras, una de ellas tan vieja y destartalada que podría estar embrujada. Sus blancos costados de aluminio están salpicados de cercos de herrumbre, y hay unas campanillas de viento suspendidas débilmente de un andrajoso toldo cercano a la puerta. Algunas ventanas están rotas; unas han sido restauradas con cinta adhesiva y plástico translúcido, y otras no han sido restauradas en absoluto y los fragmentos de vidrio siguen colgando de los contornos del marco. Más adelante hay una cabaña de madera compuesta por una serie de aseos y duchas y una cabina telefónica, y después una estela de surcos de neumáticos que conducen a la espesura de árboles de hoja perenne. Pasan junto a varios campamentos antes de llegar al 23B: dos motoristas achaparrados y barbudos con tatuajes sentados en sendos tocones frente a una pequeña hoguera; cuatro universitarios descargando un todoterreno negro abrillantado; una familia de rubios de distintos géneros y tamaños, sentada ante una mesa de picnic , comiendo sandía; un hombre y una mujer (gemelos, tal vez), ambos con el cabello trenzado, jugando con un frisbee en una zona abierta. En el extremo más alejado de la carretera hay un emplazamiento señalado con los números y las letras: «23B», y Jonah se detiene a su lado. Hay una mesita de picnic con una pata sujeta a la tierra por medio de una gruesa cadena oxidada, y una parrilla rodeada por un aro que parece ser una sección de un barril metálico serrado. El suelo pisoteado está desprovisto de hierba.

– Montaremos aquí la tienda -dice Jonah-. Después podemos encender una hoguera.

Las cosas parecen marchar bien durante un rato. Resulta interesante empalmar las largas varillas flexibles de la tienda, y Loomis disfruta el paciente proceso de ensartarlas en los ojales de tela, el esfuerzo de levantar el armazón, flexionando las varillas hasta que la envoltura de tela se templa entre ellas, y hundir en la tierra las piquetas del globo hueco de piso uniforme. Se abstrae desenrollando los sacos de dormir dentro de la estructura, complacido por el sol de media tarde que resplandece contra la membrana de tela y la abertura que se abre y se cierra con una cremallera. Eso los mantiene a ambos ocupados y activos, y después se dirigen a una tiendecita donde compran nubes de azúcar, perritos calientes y hielo.

– ¿Te diviertes? -pregunta Jonah cuando vuelven a incorporarse a la carretera que conduce al lago del Pequeño Iceberg.

– Ajá -responde Loomis, pero observa a Jonah con recelo. Sostiene la bolsa de papel que contiene los comestibles en su regazo con mucha seriedad, como si llevara un icono religioso-. Jonah -dice al fin-, ¿mi abuela sabe dónde estamos?

– Claro -le asegura Jonah-. La llamé cuando entré en la gasolinera y me dijo que no pasaba nada. Dijo que se alegraba de que tuvieras unas buenas vacaciones. Que deberías relajarte y disfrutar.

– Oh -musita Loomis. Por un momento, sus ojos grises se nublan debido a la preocupación y la incertidumbre.

– Tengo que hablarte de algunas cosas importantes -añade Jonah.

– Oh -dice Loomis.

– Pero primero tenemos que buscar leña. Tenemos que encontrar suficiente leña buena y seca para mantener encendida una hoguera de campamento. ¿No te parece el mejor plan?

– Sí -admite Loomis. Se agita en el asiento mientras viajan, palpando la correa del cinturón.

Recorren la zona arbolada que se extiende tras la tienda de campaña, recogiendo maderos y secciones de maleza desprendida. Los árboles de hoja perenne descienden por una ladera hasta un riachuelo, que al parecer desemboca en el lago del Pequeño Iceberg, y los dos pasean por sus orillas al atardecer, escuchando el solapado chapoteo de las ranas que se sumergen para escapar de los atronadores pasos de los humanos. Jonah tiene los brazos cargados de madera seca y Loomis lo precede, inspeccionando los senderos. El parecido entre ambos, se dice Jonah, es suficiente para que nadie cuestione el hecho de que están emparentados. A decir verdad, piensa, sí que podrían ser padre e hijo. Loomis mira de un lado a otro y cuando distingue un leño desprendido se dirige hacia él confiadamente.

– Ese parece un buen trozo -observa Jonah.

– Yo también lo creo -dice Loomis, y se agacha para recogerlo.

Antes o después, Jonah tendrá que llamar a Troy. Estará horripilado y probablemente se enfadará, pero después comprenderá la lógica de sus actos. Aunque se hubieran separado en malos términos, aunque crea que Jonah es un embustero y un fisgón, tendrá que admitir que ha hecho una cosa muy tierna. Ha rescatado a su hijo. A pesar de todo cuanto haya ocurrido entre ambos, eso tendrá que contar mucho.

Llegarán a un entendimiento, piensa Jonah. Se lo explicará todo. Unos días, una semana, y todos se reunirán.

Todo ello se le presenta de una forma onírica, como si fuese un cuento de hadas que hubiese leído hace mucho tiempo o una película que hubiese visto de niño en El maravilloso mundo de Disney . Recuerda vagamente la escena: un muchacho y un joven haciendo acopio de astillas entre los pinos de La Ponderosa , cuya corteza semeja un rompecabezas, con una crujiente alfombra de agujas bajo sus pies, mientras la luz horada el entramado de ramas en forma de astiles lechosos. El chico y el hombre se miran dubitativamente.

– Loomis -dice Jonah. Se coloca el manojo de leña que sostiene; primero lo rodea con los brazos y luego lo sujeta contra la cadera. Por último, lo deposita en el suelo-. Escucha -prosigue-. Hay algunas cosas que quiero discutir contigo. Estaba hablando con tu abuela, y ella, bueno, decía que a lo mejor estaría bien que te quedarás conmigo algún tiempo. Es mayor, ya sabes, y me parece que necesita descansar un poquito. Ahora que no tienes clase en verano y todo eso.

– ¿Que me quede contigo? -pregunta Loomis, al fin-. ¿Cuánto tiempo?

– Encendamos una hoguera -sugiere Jonah-, y después podemos hablar de eso. ¿Vale?

Hacer una fogata es divertido. A Loomis le fascina el proceso: el tronco más grande en el centro, rodeado por un tipi de leña, y las ramas y los fragmentos de corteza alrededor de la circunferencia. Dedican mucho tiempo a levantar esa estructura. Después, Jonah le entrega la caja de cerillas a Loomis.

– Suelta las cerillas en el borde, donde están las astillas, ¿vale? -dice. Le ayuda a arrastrar la cabeza de la cerilla por el rascador del canto de la cajita, pero cuando se enciende la llama Loomis se sobresalta y suelta rápidamente la cerilla como si esta hubiera tratado de morderlo.

»Está bien -lo alienta Jonah-. Es bueno ser precavido. No querrás quemarte. -Acto seguido extrae otra cerilla de la caja-. Adelante. Pero esta vez hazlo despacio, ahora que sabes lo que va a pasar.

Loomis sostiene la cerilla entre los dedos, frunciendo el ceño, mordiéndose la lengua a causa de la concentración, y le recuerda momentáneamente a Troy cuando este se inclinaba sobre un crucigrama.

– Vale -dice Jonah, y Loomis lo sorprende con un movimiento de muñeca enérgico y diestro. Se produce un siseo… y Loomis está sosteniendo la llama, atrapando el trémulo resplandor con sus ojos desorbitados y sobrecogidos. Sonríe.

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