Aún puede llamar a Troy, se dice. El fuego se está extinguiendo y Jonah lo atiza con un palo para remover las brasas. Había una cabina telefónica próxima al acceso al parque, y puede ir a pie hasta ella mientras Loomis duerme. Se hurga en el bolsillo: cinco monedas de veinticinco centavos, tres de diez y algunas de uno. Quizá. Remueve los rescoldos con el extremo del palo hasta que la punta de este adopta un tono anaranjado. Comprueba su reloj con los ojos entrecerrados, acercándoselo a la cara. Son casi las doce y media.
¿Estará acostado Troy cuando suene el teléfono? Intenta proyectarse hasta ese momento, imaginarse a Troy dándose la vuelta para descolgar el auricular; no estará completamente dormido, claro, habiendo desaparecido Loomis y con tantas preocupaciones arrastrándose por su cerebro como si fueran hormigas.
«¿Hola?» dirá, abruptamente; sin duda estará esperando malas noticias, y Jonah tendrá que hacer una pausa.
«Troy», contestará al fin. «Soy Jonah.»
O puede que diga, simplemente:
«Soy yo.»
Se incorpora y se encamina al poste contiguo a su campamento, arrastrando los pies por el camino de grava.
– Troy -dice, titubeando-. Eh, perdona por llamar tan tarde. Supuse que estarías preocupado, así que quería que supieras que Loomis y yo hemos decidido hacer un viajecito juntos. Sé que debería haberte llamado antes, pero no me había dado cuenta…
No, no , piensa. Vuelve a empezar.
– Troy, tenemos que hablar -dice con firmeza-. Loomis está aquí conmigo, y hemos estado discutiendo algunas cosas. Ya no quiere vivir con su abuela, esa es la cuestión. Quiere vivir contigo y conmigo. Así que se nos ha ocurrido este plan, verás…
No, piensa. No está bien.
– Troy -susurra, muy tranquilo y serio-, solo te llamo para que sepas que Loomis está conmigo. -Y entonces tendrá que interrumpirlo, diga lo que diga-. No te enfades. Solo escúchame, ¿vale? Necesito saber lo que quieres que haga, porque me parece que hay muchas opciones que a lo mejor debemos plantearnos. Pero de verdad me parece…
Avanza varios pasos por el camino de grava, internándose rápidamente en la oscuridad, consciente de una sensación hueca y temblorosa en el pecho y las piernas. Mira por encima del hombro a la sombra achaparrada de la tienda donde duerme Loomis, y dirige nuevamente su atención al sendero que conduce a la cabina telefónica. Son unos ochocientos metros, calcula.
– Me parece que puedo ayudarte -dice-. Sé que has perdido la custodia de Loomis, pero si me escuchas, si trabajamos juntos, todos podremos volver a empezar. Sé que parece una locura. Sé que las cosas no han ido muy bien entre nosotros, y que te he mentido en el pasado, pero te juro que puedes confiar en mí. Solo escucha, ¿vale?
Dejaremos que pase algún tiempo , murmura mentalmente. Pongamos un mes, incluso dos. A lo mejor piensan que se lo ha llevado tu ex esposa. Y después, cuando cumplas la libertad condicional, decidiremos un punto de encuentro. Creo que debería ser en México. Quizá cerca de la playa. Será bonito. Sé que piensas que no puedes volver a empezar, pero sí que puedes. Los dos podemos encontrar un empleo allí abajo… hay bares y restaurantes en todo el mundo, y somos buenos en lo que hacemos. Así que podemos instalarnos allí una temporada. Loomis, tú y yo. Sé que a lo mejor parece indignante, pero puede que sea lo que necesitas. Puede que solo necesites un cambio. Todos podremos volver a empezar, y tal vez haya algunos contratiempos al principio, pero creo que saldrá bien.
Se detiene en medio del camino, a dos o tres tiendas de la suya, y solo resplandecen las estrellas y las galaxias que se ciernen sobre él. Grillos. Cigarras.
– Es mejor que quedarse sentado y dejar que te aplasten -afirma-. Ahora estás metido en una situación en la que debes hacer algo radical. Es como si estuvieras conduciendo y tuvieras que parar y… abandonar el coche. Empezar a alejarte de las carreteras. ¿Comprendes?
Espera un momento y por último Troy suspira.
– ¿Cómo puedo confiar en ti, Jonah? -murmura al fin-. Todo lo que sale de tu boca es mentira. Mientes cuando la verdad sería más sencilla.
Y Jonah guarda silencio unos instantes. No, no , piensa. Escucha el monótono zumbido de los insectos procedente de la oscuridad que lo rodea y los guijarros que rechinan de manera uniforme y acompasada bajo las suelas de sus zapatos. Apenas distingue por encima del hombro el fuego de campamento que se desvanece a lo lejos.
– Me doy cuenta -dice- de que he cometido algunos errores.
Luego vuelve a empezar.
– Troy -dice-, soy yo. -Y Troy inspira entre dientes hoscamente.
Hijo de puta desfigurado, te voy a matar. La policía ya te anda buscando y espero que te inflen a hostias cuando te encuentren. Vas a pasar mucho tiempo entre rejas.
– Troy -dice-. Escucha, ya sabía que estarías enfadado, pero…
¿ México ?, pregunta Troy. ¿ Qué es esto, una especie de película cursi? ¿Crees que puedes cruzarla frontera por las buenas con un niño al que has secuestrado? ¿Y después qué? ¿Cuando estés en otro país simplemente dirás: «Por mí y por todos mis compañeros», y dejarás de ser un criminal de primera clase? ¿Crees que ser un fugitivo el resto de tu vida es una especie de juego ?
– Bueno -farfulla Jonah. Mira en derredor. Las ramas de los árboles se balancean sobre su cabeza, atentas, y una criatura nocturna, una rana o algo parecido, emite un sonido percutivo, grave y gutural.
¿Y qué hará Loomis cuando crezca? ¿Qué clase de vida va a tener con este plan tuyo ?
Jonah titubea. Vuelve a empezar , piensa, pero su mente busca a tientas sin encontrar nada. ¿Qué va a decir? Se adentra dando tumbos en un espacio cada vez más extenso.
Imaginaba que el conjunto de edificios anexo a la cabina telefónica se encontraba a unos ochocientos metros, pero le parece que ha estado caminando durante largo rato. Sostiene el reloj de pulsera ante su rostro, tratando de distinguir la forma de las agujas encima de los números. Piensa en la linterna que ha dejado en la tienda junto a Loomis y lamenta no haberla cogido. Está muy oscuro, y parece que la luna no se halla en ninguna parte en el firmamento. ¿Le estará buscando la policía a él concretamente?
Le recorre un escalofrío, porque se imagina la voz de Troy, se imagina a un agente de policía que toma notas a toda prisa con uno de esos lapiceros cortos que no tienen goma de borrar: «Tiene una cicatriz larga y prominente en el lado izquierdo de la cara que va desde el ojo hasta la garganta, por toda la mejilla. Tiene el pelo rubio castaño y no llega a los dos metros de estatura. Créame, la gente lo recordará si lo ve».
Se pone la mano en el pecho y siente que su cuerpo vibra como si hubiera un motor pequeño en su interior. ¿Y si llama a Troy y las líneas telefónicas están intervenidas? ¿Y si Troy le dice: «Oh, sí, me parece buena idea, creo que debemos reunimos», pero mientras tanto hay un policía con una maquinita conectada a su teléfono que está rastreando la llamada? Es descabellado, intenta decirse. ¿Por qué iba a pensar la policía que Jonah se ha llevado a Loomis? De hecho, ¿por qué iba a hacerlo Troy? Hace meses que no se hablan y que Troy sepa, Jonah continúa en Nueva Orleans o en otro sitio más lejano todavía.
Pero a solas en la oscuridad, en medio del camino de grava, no está seguro de nada. Más adelante, no hay ni rastro de los edificios donde vio la cabina telefónica. A sus espaldas, el campamento donde duerme Loomis tampoco es visible ya. Examina los árboles que jalonan el borde del camino y distingue el fulgor trémulo de una hoguera de campamento. A lo lejos, el foco de una linterna tiembla sobre las copas de los árboles y se apaga. Percibe el sonido de voces tenues procedente de las sombras, alguien que todavía está despierto y habla, pero no está seguro de dónde se encuentra.
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