Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Nombre, rango y número de serie -tercia Randy.

– Cállate, Randy -espeta la mujer, frunciendo el ceño. Se incorpora y le indica a Loomis que se acerque. Pero este no se mueve.

»Te puedes sentar aquí -le dice-. No pasa nada. ¿Cómo te llamas, cariño?

– Loomis -responde el chico, mientras se apoya en el otro pie-. Loomis Timmens.

– Loomis -repite la mujer-. Qué nombre tan interesante.

– Gracias -dice. Se adelanta un paso hacia ella y luego cambia de idea. Parece simpática, pero no se fía mucho de Randy.

– Loomis -prosigue la mujer, y el muchacho la observa con recelo cuando se pone en pie-. ¿Cómo has llegado hasta aquí, en Colorado, si tu casa está en Nebraska?

Loomis titubea. Baja la vista hasta la leal circunferencia que arroja el haz de la linterna.

– Me ha traído alguien -dice con cuidado-. Pero me parece que no le ha pedido permiso a mi abuela, y por eso quiero llamarla. Temo que esté preocupada por mí.

– ¡Oh, coño! -masculla la mujer, y su rostro se ensombrece un poco.

Y entonces, en las inmediaciones, la voz de Jonah se eleva desde los árboles.

– Loooomis -grita, y Randy se incorpora, ahuecando una mano alrededor de la boca.

– ¡Está aquí! -vocifera.

Loomis no sabe qué hacer cuando ve que Jonah se abre paso entre los árboles para internarse en el círculo luminoso del fuego de campamento. Piensa que quizá deba tratar de huir, pero en cambio se queda petrificado, confuso: está asustado, pero asimismo se siente extrañamente culpable ante la visión del rostro afligido y turbado de Jonah. Nunca había intentado fugarse antes, y una parte de sí mismo no puede evitar sentir que ha sido un mal chico.

– ¡Loomis! -exclama Jonah, y dirige una mirada nerviosa primero al hombre y luego a la mujer-. ¡Cómo me alegro de haberte encontrado! Me tenías muy preocupado. No debes marcharte así… ¡te puedes perder! -Exhala un suspiro, y menea la cabeza con ademán divertido, dirigiéndose a Randy-. ¡Vaya! -dice-. ¡Qué alivio! Gracias por encontrarlo.

– No hay problema -responde Randy orgullosamente, como si casualmente hubiera impedido que Loomis se ahogara.

– Está un poco disgustado -explica Jonah; intenta sonreír, pero un escalofrío le sacude la cara y los hombros, de modo que la sonrisa no parece completamente auténtica-. Soy su tío, y supongo… que no me di cuenta de que se había asustado tanto. Creía que le gustaría ir de acampada, ¿sabéis? Que nos fuéramos de vacaciones. Porque, bueno, lo ha pasado muy mal. Sus padres no están y… su abuela murió hace unos días, así que…

Loomis siente que aquellas palabras le asestan golpes súbitos y deliberados, como si fueran bofetadas. Retrocede un paso, aferrando la linterna contra el pecho.

– ¡Mentira! -exclama. No puede creer que alguien pueda mentir de semejante forma, y le tiembla la boca a causa de la indignación-. Tú me has traído hasta aquí -añade-. ¡Y no se lo has dicho a mi abuela! Y ella está preocupada por mí. -Se frota la cara, consciente de que todos lo están contemplando.

La mano de Jonah se estremece cuando se la lleva a la cara para palparse la cicatriz. El hombre llamado Randy enarca una ceja, dubitativo, y sus ojos pasan de Loomis a la mujer. Pero esta contempla a Loomis, como si estuviera intentando tomar una decisión.

– Está confuso -dice Jonah, pero le flaquea la voz-. Ha sufrido un trauma terrible.

– Mentira -repite Loomis, y mira a la mujer, porque sabe que esta verá en su rostro que dice la verdad. No creerá a Jonah, se dice. Lo ayudará a encontrar un teléfono. Observa cómo se le empequeñece la boca mientras reflexiona. Los bosques parecen congelarse un instante. La oscuridad desciende sobre el pequeño círculo luminoso de la fogata como una tapa sobre una caja.

35 18 de diciembre de 2002

Troy se despierta ante una claridad grisácea que puede anunciar el alba, el ocaso o el mediodía, en una jornada nubosa y mortecina que perfila el contorno de los visillos de la ventana. Se incorpora. Hoy es el duodécimo cumpleaños de Hombrecito , piensa, y aunque sabe que eso es un hecho sufre una momentánea incertidumbre, una ráfaga de tiempo a la deriva propia de Rip van Winkle, [5] durante la cual imagina que su hijo tiene cuatro o cinco años y está durmiendo en la habitación contigua, que sus mejillas siguen siendo tiernas y tienen forma de melocotón y su rostro posee un aire solemne, apoyado sobre la almohada, soñando intensamente. «Hombrecito», se dice: un antiguo sobrenombre que no emplean desde hace muchísimos años, se le presenta desde el pasado. Se frota los ojos. Le cuesta creer que su hijo pronto será un adolescente; le cuesta creer que sigan allí, en la misma casa de siempre, donde él creció, y que después de todo hayan logrado mantenerse juntos.

Abre los visillos para contemplar la fina nevada y supone que probablemente sea el final de la mañana o el principio de la tarde. Se acostó muy tarde, y recorre el pasillo con pasos sigilosos y adormilados para asomarse al dormitorio de Loomis. Loomis (Loo, como se hace llamar ahora) ya se ha marchado a la escuela, claro. Los días en los que debía zarandearle suavemente los hombros para que se despertara, envolverle la comida y prepararle el desayuno terminaron hace mucho tiempo, y aunque nunca le había entusiasmado levantarse de la cama después de una larga noche en el trabajo, lo cierto es que añora un poco ese ritual matutino. En la actualidad, Loo parece un compañero de piso atento. Se pone su propio despertador y se levanta mucho antes de que Troy sea siquiera consciente de la mañana, y casi siempre está durmiendo cuando su padre vuelve a casa por la noche, después de dejar los deberes ordenados sobre la mesa de la cocina, lavar los platos, sacar la ropa de la secadora y doblarla. Troy se pone nervioso cuando imagina que Loomis crece, se marcha de casa y se aleja.

Se mira en el espejo del cuarto de baño. Aunque solo tiene treinta y seis años, su cabello oscuro ya ha empezado a exhibir vetas grises.

No lo enloquece el paso del tiempo. Sabe que a los treinta y seis uno no es viejo, pero un lapso de cinco o diez años se le antoja más breve que antes. Ahora Loomis asiste a la escuela secundaria, y dentro de diez años se habrá graduado en la universidad. Uno debe hacer que el tiempo sea precioso, se dice, y le complace comprobar que Loomis ha abierto los regalos que le dejó en la mesa de la cocina la noche anterior: algunos libros, camisas y pantalones, un reloj nuevo y un ordenador portátil (se había visto obligado a realizar algunas piruetas financieras para adquirirlo); y sonríe al imaginar su expresión al desenvolverlo.

Cuando abre la puerta principal para coger el periódico ve que ya ha recibido el correo. Se percata nuevamente de ese escalofrío intemporal, de la sensación de hallarse a la deriva. Podría tener veinticinco años o cincuenta. Podría despertarse y descubrir que en realidad Loomis desapareció para siempre hace mucho tiempo, sin dejar otra cosa que una imagen envejecida por ordenador impresa en una tarjeta que anuncia niños desaparecidos. Podría despertar y descubrir que solo tiene doce años y oír la puerta del frigorífico en la habitación contigua y el siseo del gas cuando su padre destapa una cerveza matutina. Apenas hay nieve en el suelo cuando alarga la mano a través de la puerta y la sumerge en el buzón. 18 de diciembre de 2002, se dice. Ahí es donde me encuentro.

Y las fechas de las cartas se lo confirman. Aquí, mira: varias facturas, un poco de propaganda y una felicitación de Navidad. Observa la dirección del remitente y después contempla la huella que ha dejado su pie descalzo en la nieve espolvoreada en el umbral.

Ha recorrido la mitad del salón cuando una voz exclama a sus espaldas:

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