– Sabes, Loo -dijo entonces-, me parece que es un poco tarde para convertirme en otra persona.
Y aunque Loomis solo tenía diez años entonces, adoptó una expresión enojada.
– ¿Por qué has de ser una persona distinta para ir a la universidad? -le preguntó-. ¿No te parece que sería divertido?
– Sí -asintió Troy-. Claro. -Y rehuyó la mirada de Loomis. En aquel momento su relación empezó a cambiar, se dijo. Loomis empezó a preocuparse por él.
Empezó a interesarse por las novias de su padre. De repente, se acordó de Lisa Fix, de sus desayunos con tortitas y de su adusta ayuda con los problemas de matemáticas de la escuela primaria.
– ¿Qué le ha pasado? -inquirió Loomis, y adoptó un repentino interés en sus acompañantes, aunque no surgiera ninguna seria.
»¿Crees que volverás a casarte alguna vez? -le preguntó una vez, afectando desinterés, pero la cuestión lo había desconcertado.
– Lo dudo -respondió, como si se tratase de una broma-. ¿Con quién iba a casarme?
– No lo sé -dijo Loomis-. Con una de esas con las que sales, a lo mejor.
– ¿Hay alguna que te guste en particular? Tú dame un nombre y yo me declaro.
– ¡Oh, claro! -rezongó Loomis, al que nunca le habían gustado las burlas. Arqueó una ceja hacia abajo con gesto grave-. ¿Y Lisa Fix? Ella quería casarse contigo, ¿verdad?
– Ja -dijo Troy-. ¿Te lo dijo ella?
– No -reconoció Loomis-. Es que pensaba… estuvisteis juntos mucho tiempo.
– Supongo que sí. Y nos gustábamos mucho. Pero ya sabes, me parece que a Lisa Fix le interesaba encontrar a un hombre que fuera un poco más ambicioso que yo. -Reflexionó un instante, mirándolo atentamente a los ojos-. ¿Adónde quieres llegar, tío? -preguntó, mientras le acariciaba el cabello de la nuca-. Supongo que añoras tener una madre.
– La verdad es que no -repuso Loomis.
– ¿Alguna vez piensas en tu madre? Ya sé que no hablamos mucho de eso, y…
– No lo sé -admitió Loomis-. No exactamente.
– ¡Oh! -dijo Troy. No creía que fuese cierto, pero ¿qué podía decir? Habían pasado más de siete años desde la última vez que hablaran con ella, y todavía no había dado señales de vida. ¿Serviría de algo decirle a Loomis que estaba convencido de que aún estaba viva, de que estaba en algún sitio, de que tenía una nueva vida? ¿Serviría de algo decirle que sigue esperando en parte que suene el teléfono un año de estos?
»Ya sabes que puedes hablarme de ello si quieres -dijo, y Loomis se miró los dedos-. Bueno, es tu madre. Tienes que pensar en ella de vez en cuando, ¿no?
– Supongo que sí -confesó Loomis-. No la recuerdo muy bien. Además -añadió cortésmente-, tampoco es que quiera que venga a vivir con nosotros ni nada. -Y se interrumpió un momento, sopesando sus palabras-. Es que pensaba que te haría bien casarte. Solo quiero que seas feliz, eso es todo.
Y Troy sonrió, aunque la mirada seria y meditabunda de Loomis le hería el corazón.
– Soy feliz, hijo -susurró-. Soy un hombre muy feliz.
Piensa de nuevo en todo eso al mirar a Loomis, que remueve el helado hasta convenirlo en crema. Mantienen una buena relación, piensa. Se quieren. A Loomis le va muy bien en la escuela. Parece satisfecho.
– En fin -comenta Troy al cabo de un instante-. ¿Cómo te ha ido el día?
– Bien -responde Loomis-. ¿Y a ti?
– Normal -dice Troy-. Dormí hasta la una de la tarde y luego apareció Ray, así que… -Se reclina en su asiento, y entonces recuerda la felicitación de Navidad que continúa doblada en el bolsillo delantero de sus pantalones vaqueros. Apoya la mano sobre ella-. En realidad -añade-, sí que ha pasado una cosa. -Sonríe torpemente y extrae el sobre un tanto arrugado-. Parece que tenemos una carta.
– ¿Oh? -dice Loomis.
– De Jonah Doyle.
Loomis no dice nada. Sus ojos se dilatan; acto seguido baja la vista al tazón y sigue removiendo el helado. Esa es otra de las cosas que no comentan a menudo. No hablan de lo que sucedió el día que Jonah se lo llevó a Colorado, el día de la muerte de Judy. Loomis no lo recuerda con mucha claridad, o al menos eso es lo que dice. Troy se apercibe de que ha sacado otro tema que puede inquietar a su hijo.
– Hmmm -musita Loomis-. Creía que estaba en la cárcel.
– No, no -lo corrige Troy-. En realidad, salió hace algún tiempo. Te lo había dicho.
– No, no lo hiciste. No recuerdo que me lo hayas dicho nunca.
– ¿De verdad?
– Me parece que no, papá.
– Vaya -dice Troy-. Pues no está en la cárcel. Me parece que salió hace algún tiempo. Habría jurado que te lo había dicho.
Loomis le dirige una de sus miradas recelosas y atentas. Le ha obligado a reducir su consumo de tabaco a casi nada, y últimamente está tomando nota de sus ataques de insomnio.
– Sabes -le ha dicho-, el sueño es muy importante para la salud. -Y luego:
– ¿Te preocupa algo, papá? ¿En qué piensas cuando te acuestas tan tarde? -Ahora, mientras mira la tarjeta de Jonah, frunce los labios como si fuera otro mal hábito que Troy estuviese adquiriendo.
»¿Por qué iba a mandarnos una felicitación de Navidad? -pregunta-. Es un poco raro.
– Supongo -admite Troy. Para Loomis, Jonah Doyle es poco más que un recuerdo lejano y un tanto desagradable.
– Quiero instalar ese ordenador portátil -dice al fin Loomis-. He de admitir que es el mejor regalo que me han hecho en toda mi vida. -Vuelve a abrazar a Troy antes de desaparecer en su habitación. Puede que sí sea raro, piensa Troy, allí sentado. Puede que toda su vida sea rara. Se imagina lo que Ray, o de hecho, cualquier habitante del pueblo, tendría que decir al respecto. El suceso, aunque en definitiva resultara intrascendente, había ocasionado cierto revuelo en San Buenaventura, y todos seguían refiriéndose a lo ocurrido como si fuera un «secuestro». «El secuestro de hace unos años», decían. Había salido en el periódico (hasta había habido un escueto artículo en el Omaha World Herald ) y la gente del pueblo había estado bastante agitada al respecto. Incluso ahora, los clientes del bar se interesan por Loomis de tanto en tanto…
– ¿Cómo le va? -preguntaban suavemente, como si siguiera sufriendo a causa del trauma. Y Troy no podía sino encogerse de hombros.
– Le va bien -respondía, jovial-. Es más listo que el hambre. Saca unas notas excelentes en la escuela. Es un chico maravilloso.
Escuchaba a los que expresaban su indignación por Jonah.
– Espero que encierren a ese tipo y tiren la llave. -Troy asentía.
¿Qué podía decir? Según parecía, era el único del pueblo que se había espantado ante la severidad de la sentencia, el único que había palidecido ante la idea de que hubieran acusado a Jonah de asesinato en primer grado por la muerte de Judy; desde luego, era el único que había albergado sentimientos encontrados ante la acusación de corrupción de menores, de la que finalmente Jonah se había declarado culpable, entre otras cosas. Hasta Jonah parecía pensar que había recibido su merecido.
Troy, en cambio, no sabía qué pensar. Había demasiadas cosas que no entendía del todo, demasiados misterios pequeños sin explicación que nunca se habían dilucidado.
Había visitado a Jonah en prisión varias veces. No se había celebrado juicio alguno, puesto que Jonah se había declarado culpable de todas las acusaciones interpuestas en su contra, y esa era otra cosa que Troy encontraba inexplicablemente perturbadora. Era como si se alegrase de ir a la cárcel, como si hubiera esperado aquel desenlace, y Troy recordaba haberse sentado ante la mesa de la sala de espera mientras Jonah entraba de mala gana, ataviado con su uniforme gris de prisionero. Cuando sus ojos se encontraron, Jonah parecía casi cómodo. Cuando tomó asiento frente a Troy, su mirada era más plácida que nunca.
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