Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Hola, hermano -susurró, y Troy sintió un escalofrío.

– Hola -respondió. Se sentaron frente a frente, y Troy se devanó los sesos para decir algo.

– Supongo que debes estar muy enfadado conmigo -dijo al fin Jonah, pero su tono tenía un matiz que sugería que era él quien estaba enfadado con Troy-. Me sorprendió un poco que dijeras que ibas a venir a visitarme, ¿sabes? He montado un buen follón.

– Sí -admitió Troy-. De alguna manera. Pero… no sé… supongo que quería discutir algunas cosas. Hay muchas cosas que nunca… solventamos del todo, ya me entiendes.

– ¿Como qué?

Troy se agitó en su silla. La sala donde estaban sentados era un pequeño recinto cerrado con ventanas acristaladas en todos los lados. Había una centinela apostada al otro lado de la puerta, con los brazos cruzados, que se estaba examinando distraídamente las uñas y de tanto en tanto echaba una ojeada a sus puestos ante la mesa metálica gris. Troy suspiró. ¿Qué era lo que quería, en definitiva? Volvió a percatarse de aquella sensación de haber decepcionado a Jonah. « Si yo hubiera tenido tu vida », pensó.

– No lo sé -dijo al fin-. Supongo que me proponía descubrir la verdadera historia. No solo la de Loomis, sino la de… nuestra madre y todo eso. Además, me gustaría saber tu verdadera historia.

– A mí también -confesó Jonah, y sonrió un poco, una suerte de broma privada que se le escapaba por completo. No tenía ni idea de lo que estaba pensando Jonah.

»No lo sé, Troy -añadió-. Supongo que pensaba que si te encontraba y juntaba todas las piezas podría solucionar el pasado… como si fuera un rompecabezas, ¿sabes? Lo que pasa es que ahora me he dado cuenta de que eso no va a servirme de ninguna ayuda en realidad.

– Vaya -musitó Troy, que se quedó sentado, perplejo, tratando de hallar alguna coherencia en lo que había dicho Jonah-, me parece que no lo entiendo, Jonah. Ni siquiera entiendo por qué estás aquí. No intentaste defenderte ni explicarte, y supongo que eso me preocupa. Aunque hubieras intentado secuestrar a Loomis, cosa que dudo, ¿por qué no trataste de huir cuando te descubrieron? Te quedaste sentado con Loomis y aquella pareja hasta que llegó la policía. No le veo ningún sentido.

Y Jonah se había limitado a encogerse de hombros.

– Estaba deprimido -explicó-. Te aseguro que no pretendía… -prosiguió, y entonces se interrumpió como si se estuviera reprimiendo-. La verdad es que no sé qué pretendía. Es que… no me quedaban muchas energías. -Bajó la mirada a la mesa un instante.

»Sabes -dijo-, lo cierto es que creo que no te puedo dar ninguna explicación, Troy. Lo siento.

Tal vez eso tendría que haberle bastado. ¿Acaso importa que nunca sepa lo que sucedió en realidad?

No está seguro de ello, pero sin embargo se ha encontrado repasando los pequeños misterios de su existencia, siguiendo el rastro de los rumores sobre el paradero de Carla que de tanto en tanto llegan a sus oídos, conferenciando con detectives de Las Vegas y del lago Tahoe, poniendo en orden los pequeños retazos de información que ha recabado acerca de su familia biológica. Se ha convertido en una especie de afición tratar de recomponer las cosas, los bloques en blanco de su vida, como si fueran los recuadros de un crucigrama que no logra completar.

Esos designios lo mantienen ocupado. Son las cosas que lo desvelan hasta altas horas de la noche; «preocupaciones», las llama Loomis, pero Troy las encuentra interesantes, y ha llegado a obtener algunos éxitos a lo largo de los años. Por ejemplo, ha descubierto una parte de la verdad sobre su familia biológica. Ha visto la tumba donde está enterrado Joseph Doyle en Little Bow, Dakota del Sur, y ha leído las esquelas y los certificados de defunción. Posee una copia del artículo del Little Bow News : «Niño atacado por el perro de la familia», que llevó consigo la última vez que visitó a Jonah en la cárcel.

Hasta entonces habían mantenido una relación cordial, aunque distante. Jonah le enviaba cartas breves y extrañamente formales en las que normalmente le hablaba de los libros que leía. Había obtenido un empleo en la biblioteca de la prisión y parecía muy complacido por ello. «Estoy empezando a averiguar muchas cosas de mí mismo», le había escrito, y firmaba sus cartas: «Mis mejores deseos para ti y para los tuyos».

Pero cuando Troy le mostró la fotocopia del artículo del periódico de Little Bow guardó silencio durante largo rato. Puso las palmas de las manos hacia arriba y contempló a Troy.

– Me parece que ya te lo había contado -dijo fríamente.

– ¿Ah sí? -replicó Troy-. A mí me parece que no.

– La verdad es que no me apetece hablar de eso -dijo Jonah, y al cabo de unos días Troy recibió una sucinta misiva por correo.

«Me gustaría tomarme un respiro en nuestra relación», había escrito Jonah.

Han pasado casi cuatro años desde esa última carta, y cuando Loomis se esfuma en su habitación, Troy se sienta un rato en su sillón frente a la televisión enmudecida, dando vueltas a la tarjeta navideña entre manos. La dirección del remitente está inscrita al dorso con la caligrafía cursiva minúscula y escrupulosa de Jonah: 2210 de la calle Hickory, en Kingston, Jamaica, y parece que podría tratarse de una broma. Troy solía ser un gran admirador de Bob Marley en sus tiempos; Troy, Carla y Ray fantaseaban sobre mudarse a Jamaica. Pero parece seria. Cuando le da la vuelta a la carta, descubre un matasellos jamaicano sobre un sello jamaicano.

Y cuando la abre comprueba que no se trata de una felicitación, después de todo. Solo es una postal ordinaria: una fotografía de un árbol nudoso, una playa y una puesta de sol (una escena de Jamaica, supone). Cuando la abre, encuentra una vieja instantánea Polaroid: una foto de hace años en la que aparece Troy con Loomis en el patio de atrás. Troy está agazapado junto a Hombrecito, y este le rodea los hombros con un brazo. Loomis aparenta unos cinco años, y aunque el color se ha difuminado un poco, aunque los márgenes están borrosos, ambos parecen radiantes de felicidad. Le da la vuelta a la foto y observa el pequeño bloque de letras escritas con sumo cuidado en el centro de la tarjeta.

Querido Troy,

Me he instalado aquí en Jamaica una temporada, a lo mejor para siempre. Estoy cursando estudios de licenciatura en la facultad de Ciencias de la Información, aunque también estoy considerando seriamente la posibilidad de dedicarme a la Medicina.

Encontré esta foto cuando estaba limpiando algunas notas y archivos antiguos y pensé que debía devolvértela. He cambiado mucho con los años, pero sigo siendo malo guardando fotos. Espero que estés bien.

Mis mejores deseos para ti y para los tuyos, Jonah

Se queda un rato sentado, releyendo la carta de principio a fin, consciente de que un vago desaliento se apodera de él. ¿Qué esperaba, después de todo? ¿Una especie de confesión? ¿Una explicación? ¿Una reconciliación? No, se dice, y se le ocurre que lo único que deseaba Jonah era una demostración de que no tenía la culpa de su miserable existencia (si hubiese tenido otra madre, si hubiese crecido en otro lugar), una especie de prueba de que había tenido mala suerte, y Troy no podía darle eso.

Sin embargo, a pesar de todo, Troy no puede ignorar la sensación de que es más afortunado de lo que comprende Jonah. Soy un hombre afortunado, le diría si pudiera.

Afortunado. Era un hombre que había estado a punto de perder a la persona que más amaba en el mundo, pero había recibido otra oportunidad. Lo más asombroso del mundo. No te preocupes por mí, quiere decirle a Loomis. Te he recuperado. Lo mejor que me podía pasar ya ha sucedido.

36 18 de marzo de 1971

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