Sabe que ha oído la voz de su madre.
Su madre era joven cuando murió, comprende ahora Nora. Solo tenía treinta y seis años. Un accidente de coche, dijeron. Pero ella comprende claramente el mensaje de su madre. Al pie de los montículos de arena había muy pocos árboles, pero de algún modo su madre había conseguido estrellar el coche directamente contra uno, tal vez a ciento veinte o ciento treinta kilómetros por hora. Su padre afirmó que había perdido el control del coche. Quizá se hubiese distraído o hubiese dado un volantazo para eludir a un perro. Pero Nora comprende lo que significa el mensaje de su madre. Lo que siempre ha sabido en su corazón.
«Hay muchos árboles ahí fuera», ha dicho su madre, alentadoramente.
Eso es tal vez lo último que recuerda claramente de sus días en Chicago. La mañana después de que pegase a Jonah, la mañana en la que su madre le había hablado. Años después, cuando intente recomponer lo sucedido, descubrirá que todo el mes de agosto de 1974 se ha esfumado y no sabrá cómo. En una ocasión llegará a cometer la imprudencia de intentar llamar a Gary Gray para preguntárselo. ¿Qué ocurrió? Pero para entonces Gary ya no estará viviendo en Chicago, y cuando marque su antiguo número le responderá una anciana que nunca ha oído hablar de él.
Solo le quedarán pequeños fragmentos de imágenes: un entramado de luces manchadas y húmedas, bocinándole como si fueran automóviles; pequeños objetos: cubiertos, lapiceros, cigarrillos, que se apartan de ella como animales diminutos cuando intenta tocarlos; la pesada forma de un objeto inanimado como un escritorio o un sofá que deambula lentamente por la casa oscura y el rumor prolongado, acuoso y viscoso que producía.
Se despertará en Yankton, un hospital de Dakota del Sur. Ahora se llama Centro de Servicios Humanos de Dakota del Sur, aunque Nora sabía desde la infancia lo que significaba cuando la gente decía que «habían mandado a alguien a Yankton». Antaño el antiguo edificio Victoriano se había conocido como Hospital para Enfermos Mentales de Dakota, y allí será donde reaparezca, como si se hubiese materializado de una bruma. Descubrirá que su padre la ha ingresado en ese lugar cuando Gary Gray se dio por vencido y lo llamó.
Finalmente, un día de finales de noviembre, irá a recogerla. A llevarla de nuevo a «casa», a la casa que abandonó años atrás. En lo sucesivo siempre lo recordará allí de pie, con sus pálidos ojos azules anegados de tristeza, sujetando a Jonah de la mano.
– Quédate una temporada en casa, nenita -susurra, y ella sabe, al mirarlos a los dos, a su padre y a su hijo, que nunca escapará. Nunca jamás volverá a marcharse de Little Bow.
Clase de educación sobre estupefacientes, sexta semana: en un aula de la escuela secundaria se encuentra una decena de personas adultas repantigadas incómodamente en pupitres que parecen demasiado pequeños; la asignación de la tarea del viernes de la clase de ciencias sociales de séptimo todavía está indicada en la pizarra. Son las nueve en punto de una mañana de domingo. En el exterior se difunde una claridad grisácea que puede anunciar el amanecer o el atardecer, puntuada por un viento molesto que arroja remolinos de hojas y de trozos de papel contra las esquinas de los edificios de ladrillo con un resuello sofocado de despojos.
Se sientan lo más lejos posible unos de otros. Ocho hombres y dos mujeres diseminados por la sala como si fueran puntos en un mapa, sin carreteras que los comuniquen. Troy agacha la cabeza y recorre con los dedos las palabras que algún adolescente aburrido ha grabado en la madera desgastada de la superficie del pupitre («El señor Strunk se come los mocos»), seguidas de una serie de líneas que al parecer enumeran cada una de las veces que se ha presenciado dicho acto. En el frente de la estancia hay un hombre grueso ataviado con un polo y unos pantalones con raya que relata cómo estuvo a punto de perder la vida a causa de su adicción a la cocaína. Luce mocasines con pequeñas borlas y no lleva calcetines. Troy repasa los surcos de las letras con las uñas hasta que le duelen las cutículas.
Al menos no conoce a nadie. Eso sería terrible: tener que sentarse allí con alguno de sus antiguos clientes, pensando que lo había alentado, que lo había instigado a recorrer la senda de la adicción, que lo había agraviado. Pero este maltrecho grupo no se corresponde con su clientela habitual: sus componentes están mucho peor que cualquiera con el que Troy haya tratado jamás, y se alegra de poder refugiarse en el anonimato mientras está allí sentado. No es más que otra triste víctima de una «enfermedad», como averiguan repetidamente. «La drogadicción es una enfermedad.» Una dolencia, una enfermedad mental a la que están haciendo frente juntos.
Sabe de lo que hablan, desde luego. Ha visto las películas que retratan el sufrimiento del síndrome de abstinencia: yonquis heroinómanos aullantes amarrados a la cama con correas, alcohólicos aquejados de convulsiones que sufren ataques de delirios, pastilleros esqueléticos empapados en su propio sudor. Recuerda cómo habían empeorado Bruce y Michelle en el transcurso de los años anteriores a su arresto: los ojos dilatados, los pasos inquietos, los súbitos estallidos de cólera, el lujoso equipo estéreo y las extravagancias numismáticas adquiridas caprichosamente y vendidas de forma abrupta. Recuerda el desasosiego de Carla cuando estaba encinta de Loomis, que había renunciado a todo (excepto a la cerveza y los porros ocasionales) y la celeridad con la que había vuelto a salir de fiesta después de que este naciera. Se habría dicho que aquellos nueve meses de relativa sobriedad la habían asustado, que había comprendido espantada que había estado a punto de perder el amor verdadero. Volvió a beber y a fumar hierba, permitiéndose cocaína y anfetas los fines de semana, con un denuedo que al principio lo había excitado por su imprudencia. Estaba tan segura de que podían criar felizmente a un niño y sin embargo «divertirse», y el propio Loomis era tan sencillo y paciente (pasaba de una persona a otra en las fiestas y dormía plácidamente pese a la música atronadora y las carcajadas, tan apacible como estaban ellos las mañanas de resaca) que al principio no se había preocupado. Carla era tan divertida y tan sexi que no había comprendido hasta mucho después hasta qué punto estaba más metida que él. Hasta el mismo desenlace no había averiguado que ahora fumaba crack asiduamente y que se acostaba con otro, un conocido de ambos que regentaba un laboratorio de cristal en Barrytown.
Vuelve a pensar en ello mientras el orondo ex cocainómano se interrumpe, con voz sofocada.
– He destruido mi vida -afirma, y Troy frunce el ceño. En el transcurso de los últimos años que vivió con Carla comprendió que en realidad carecía de la energía necesaria para la adicción, y ahora comprende, sentado en la clase de educación sobre estupefacientes, que personalmente nunca ha necesitado un chute con la misma desesperación que aquellas personas. El hecho de estar entre ellos hace que se sienta como un impostor. Cuando el orador habla de «camellos», de «proveedores», baja la cabeza y se ruboriza.
La suya es una clase distinta de adicción. A pesar de sus pretextos, a pesar de que sus clientes siempre le habían parecido personas normales, no puede evitar pensar que también se ha aprovechado de sus vulnerabilidades. Colocarse no le gustaba ni la mitad que ayudar a los demás a hacerlo; le gustaba observarlos cuando se descontrolaban, y le gustaba especialmente cuando se trataba de Carla; recuerda que apostaba a que ella podía tumbar a cualquiera bebiendo, recuerda que la ayudaba a pillar un poco de esta o aquella droga que ella deseaba probar, recuerda los momentos pasajeros en los que la incertidumbre empañaba su expresión y él esbozaba una sonrisa, encogiéndose de hombros. «¿Por qué no? Adelante.» Y vuelve a sentir que se merece todas las cosas malas que le han sucedido.
Читать дальше