Ni siquiera duerme la siesta. Nora lo ha azotado una y otra vez por levantarse cuando debía estar durmiendo, pero es imposible persuadirlo. Se escabulle de la cama y al cabo de un breve lapso de deliciosa soledad Nora empieza a percibir su presencia. Jonah se asoma por el marco de la puerta para espiarla o se esconde en alguna parte: debajo de una silla o en un armario, abriendo la puerta lo suficiente para mirar.
– ¡Nunca he visto a un crío que quiera tanto a su mamá! -había señalado Arlene, la vecina. Arlene era un ama de casa joven y poco agraciada que tenía la edad de Nora y casi siempre llevaba rulos. Tenía una niña de dos años y un niño de cuatro, y estaba encinta de un tercero. Durante una temporada, después de haberse instalado, Arlene había ido a tomar café e intercambiar conversaciones inocuas y aburridas con Nora. Pero Jonah no quería jugar con los hijos de Arlene y Nora advertía que la ponía tan nerviosa como a ella, aunque adulase amablemente su serena observación-. No te quita los ojos de encima -decía, esbozando una sonrisa tensa que daba a entender: «¿Qué le pasa a tu hijo? Es anormal». Y después de un breve lapso de amistad superficial Arlene había hallado a otra madre de la calle que le caía mejor.
En el transcurso de los últimos meses, Nora ha adoptado medidas cada vez más decididas. Las puertas de los dormitorios tienen botones que se cierran desde dentro, no desde fuera, y se abren hacia dentro, de modo que no se puede empotrar una silla contra el picaporte para encerrarlo. Un día soleado lo había dejado en el patio y había cerrado la puerta con llave para que no pudiese volver a entrar.
– Juega un rato ahí fuera -le había dicho-. Juega con tus juguetes en la hierba.
Pero Jonah se había limitado a quedarse ante la puerta, sacudiendo el picaporte un rato, antes de empezar a llamarla.
– ¡Déjame entrar! ¡Mamá! ¡No puedo entrar! -Chillaba tanto que amenazaba con atraer a Arlene o a alguno de los demás vecinos al rescate a toda prisa. En otra ocasión, poco después, Nora se había encerrado en su dormitorio. Jonah se había apostado frente a la puerta durante largo rato, golpeando sin cesar. Y después, al cabo de lo que apenas había parecido un momento de silencio, se había producido un estrépito en la cocina, el sonido de cristales rotos y el rítmico « Uh, uh, uh » de Jonah emitiendo sus gemidos lacrimosos. Entonces se había visto obligada a salir para descubrir que Jonah había conseguido encaramarse de algún modo a la encimera y derribar un estante repleto de baratijas, chucherías que amaba y guardaba desde hacía años. Casi todas destruidas.
Entonces le había pegado. Se lo había puso encima de las rodillas y descargó uno de los cinturones de Gary Gray sobre sus nalgas, una y otra vez, hasta que temió dejarle marcas. Pero lo cierto es que el efecto de la paliza había empeorado las cosas. Durante los días que siguieron, y de hecho durante más de una semana, Jonah se disculpaba a intervalos regulares. Decía:
– Perdona por romperlo, mamá. Perdona por romperlo. Perdona por romperlo. -A veces se disculpaba dos o tres veces por hora. Finalmente, con los nervios de punta, Nora le había propinado una bofetada en la boca.
– ¡Deja de pedir perdón! -le había gritado-. Ya sé que lo sientes. ¡Déjalo ya! ¡Déjalo! No lo aguanto más.
No puede evitar pensar que Jonah es su castigo. Que Jonah es lo que merece, una muchacha que abandonó a su propio hijo sin mirarlo siquiera, que renunció de buena gana a una parte de sí misma, a una parte de su propio cuerpo. Es la venganza de su bebé perdido, esa constante observación, como si Jonah supiera de manera instintiva que su madre no es de fiar, que es una traidora.
Y no puede evitar sentir que Jonah es muy taimado para su edad, incluso calculador, pues cuando Gary Gray vuelve a casa del trabajo por la noche está mucho más apacible. Se parece mucho más a un niño normal. No la observa del mismo modo, de modo que cuando se lamenta ante Gary de sus dificultades Jonah no da muestras de vigilarla y seguirla obsesivamente.
– A mí me parece que está bien -dice Gary. Y la mira fijamente-. ¿Y tú? -le pregunta-. ¿Te encuentras bien, cariño?
Cuando Jonah se disculpaba incesantemente, Gary tampoco encontraba nada extraño en ello.
– ¡Dios! -exclamaba, riéndose-. ¡Pobre chico! Tiene mala conciencia, ¿verdad?
Y ese es otro castigo que le impone el mundo. Al principio, cuando se conocieron estando Nora encinta, Gary Gray deseaba ser el padre de Jonah. Se ofreció a serlo, estaba dispuesto a inscribir su nombre en la partida de nacimiento para que todo fuese oficial. Estaba dispuesto a casarse con ella.
Y ella se había negado. No sabía a ciencia cierta en qué estaba pensando, excepto que era la clase de falsedad, la suerte de hipocresía, que le recordaba a la Casa de la señora Glass. Gary no era el padre de Jonah, y en aquel momento le sobrevino una especie de afán posesivo. No quería que el bebé se llamase Gray. Quería que fuese un Doyle: suyo y de nadie más. Aquella vanidad la había impulsado a indicar que escribiesen «padre desconocido» en la partida de nacimiento de Jonah. Muchas veces sentía que si el chico se hubiese llamado Jonah Gray tal vez ella se habría salvado, pero Gary Gray no volvió a pedírselo durante los años que vivieron juntos.
– Todavía quieres a ese tipo, ¿eh? -dijo Gary cuando ella rechazó su oferta, y Nora se limitó a encogerse de hombros, meneando la cabeza.
– Ni siquiera sé cómo se llama -le aseguró. Sabía que aquella demostración de valentía le encantaba tanto como le molestaba.
– Estás loca -le decía-. Loca de remate. -Y de este modo manifestaba al mismo tiempo una crítica y una declaración de amor. El hecho de que lo rechazase y no obstante viviese a su lado solo la hacía más deseable. Elusiva. Colérica. Un poco peligrosa.
Ahora Nora es consciente de que esa atracción está empezando a disiparse, así como se ha disipado su insistente posesión del bebé. Jonah no es solo suyo, y de hecho, a menudo no parece posible que haya salido de su cuerpo. Su cabello sedoso del color del maíz, su complexión blanquecina, su cuerpo desmañado, robusto, delgado y nada infantil; siempre salta a la vista, cuando Gary, Jonah y Nora están juntos, que Jonah no es el hijo de ambos. Gary, parte inglés y parte armenio, es fornido, tiene el cabello oscuro, la nariz prominente y la barba negra y rizada. Nota tiene la piel cobriza, la cabellera negra y lisa, cejas pobladas y rasgos angulosos.
Cuando se sientan todos juntos en la Casa Internacional de las Tortitas parece improbable que sean compatibles. Jonah se balancea en el asiento junto a Nora, apoyando los pies en el muslo de su madre mientras le canta suavemente a su propia mano. Una anciana blanca los observa adustamente. Está claro que Jonah es un niño caucasiano, mientras que Nora y Gary son «étnicos». ¿Puertorriqueños? ¿Árabes? ¿Judíos de piel oscura? Nora siente que la mujer intenta averiguarlo, frunciendo los labios mientras trata de decidirse. Le recuerda a su infancia, cuando la gente observaba con disgusto la piel rosada de su padre, que tenía ascendencia irlandesa y escocesa, y el bronceado de su madre, de origen siux y alemán. Pero al menos estaba claro que ella era su descendencia. Jonah, por otra parte, parece una cruel broma de la ciencia: un hombre al que apenas recuerda consiguió implantar sus genes en Jonah de un modo tan poderoso que los de Nora están casi completamente eclipsados. Ese es otro pequeño castigo para ella.
La mañana después de despertarla en mitad de la noche Jonah está mucho más sosegado que de costumbre, y eso sería casi una bendición si Nora no se sintiera tan culpable. La mejilla donde le dio la bofetada está tan hinchada que tiene el ojo casi cerrado y casi la mitad de la cara amoratada. Le parece distinguir la huella imprecisa de su propia mano en el contorno del moretón, como si este fuera un dibujo de Rorschach. Después del desayuno llena de hielo un trapo de cocina y le obliga a sujetárselo contra la mejilla, y Jonah obedece sin rechistar. Se inclina sobre la mesa de la cocina observando cómo el hielo fundido destila del paño y forma un charco.
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