– Oh, sí -afirmó la mujer, y sus dientes bondadosos con ribetes de plata relucieron en una sonrisa. Gritó por encima del hombro:
– ¡Troy! ¿Qué estás haciendo ahí detrás? ¿Te importa cocinar un rato hasta que vuelva Junie? No debería tardar más de una hora. ¡Tenía una cita con el médico!
Y una voz, grave y desprovista de afectación, contestó:
– No hay problema.
En la película, la cámara traquetea un momento. Se cierne sobre el bar, atravesando al sesgo la malla de las copas de los árboles, siguiendo el techo plano alquitranado de la Pista de Patinaje de Zike que se levanta al otro lado de la calle, para después adquirir velocidad, acelerando a medida que se precipita hacia el Stumble Inn Bar y Barbacoa hasta convertirse en la exhalación de un tren cuando penetra en un túnel: un movimiento desdibujado cuando traspone la pared, cuando el tren se dirige en línea recta a la nuca de Jonah y la atraviesa. Entonces, en el marco momentáneo de la ventanilla por la que se entregan los pedidos a la cocina, aparece el semblante de su hermano, que cabecea y acto seguido desaparece. En la película solo se atisba su rostro. Después, la cinta de película se rompe abruptamente, se parte y gira sin cesar en la bobina mientras el proyector arroja una luz blanca sobre la pantalla.
15 13 de septiembre de 1996
La tobillera electrónica (el dispositivo de vigilancia) era siempre lo primero que advertía Troy cuando despertaba. No era nada pesada: una cajita metálica negra, de apariencia hueca, del tamaño de la hebilla de un cinturón de seguridad, sujeta a su tobillo por medio de una especie de gruesa correa de plástico. Pero sentía su presencia antes incluso de estar consciente. Se infiltraba en su mente dormida como si fuera una molestia y su consciencia se solidificaba lentamente. Reparaba en el peso de la tobillera contra su piel. Le picaba. Alargó la mano para rascarse, recorriendo la circunferencia del grillete de plástico, temeroso de tocarlo, temeroso de activar la alarma antimanipulación, que según le habían dicho era extremadamente sensible. Casi podía percibir sus pulsaciones al transmitir sus señales radiofónicas hasta una comisaría donde había alguien sentado en una silla giratoria ante un banco de luces verdes y rojas intermitentes. Estaba bajo arresto domiciliario. Le habían advertido que si trasponía el perímetro del patio se accionaría una alarma en alguna parte, emitirían la orden de arrestarlo de inmediato, le darían caza y lo mandarían a prisión.
Era por la tarde. Sentía el calor del sol, sordo y persistente, puesto que algunas franjas de luminosidad atravesaban las tablillas de los visillos, y tenía una película enfermiza de sopor diurno adherida a la piel. Se removió inquieto y reparó en un trozo de papel arrugado bajo su cuerpo. Se trataba del esqueleto de tiranosaurio rex que había dibujado para Loomis, que debía haberse despegado de la pared. Se incorporó y descubrió que había estado durmiendo en la cama de Loomis. No recordaba el motivo.
En el transcurso de los dos meses y medio posteriores a su arresto, la casa se había degradado lentamente. Nunca había estado especialmente limpia, pero ahora, mientras sorteaba sigilosamente en ropa interior los cúmulos de ropa sucia y los tazones pringosos de helado reseco, las facturas apiladas y la publicidad sin leer, el rompecabezas que había empezado para distraerse y que después había abandonado y las botellas de plástico de refresco vacías, se percató nuevamente de que lo había dominado la entropía.
– Hijo de puta -masculló cuando pisó con el pie descalzo la afilada arista de plástico de uno de los Legos de Loomis. Se dirigió cojeando a la cocina y extrajo una cola del frigorífico.
Le habían dicho que tenía suerte. No estaba en la cárcel, donde habría sido presa fácil de los nazis musculosos y tatuados, y los negros resentidos que odiaban a los caucasianos. Había negociado una sentencia que se consideraba extremadamente liviana: trece meses de arresto domiciliario con una tobillera de vigilancia electrónica, seguidos por el equivalente a dos años de libertad condicional ordinaria. Y no le habían denegado exactamente sus derechos paternales, aunque Judy poseía la custodia oficial de Loomis durante un período indeterminado. Todavía le permitían trabajar de camarero en el Stumble Inn, aunque debía someterse a análisis aleatorios de drogas y alcohol, y le confiscaban parte del salario para compensar el coste del programa de libertad vigilada.
Lo habían convencido de que pactar ese alegato era la alternativa más favorable. Su abogado, Eric Shriffer, había sido uno de sus compradores habituales de marihuana, y Troy había supuesto que debido a ello defendería sus intereses. Pero ya no estaba tan seguro. Era cierto que poseían fotos suyas comprándole drogas al desventurado Jonathan Sandstrom, pero no era menos cierto que en su casa no habían hallado las drogas suficientes como para acusarlo de un crimen. Además, un oficial de policía había descargado un arma de fuego en la dirección de un niño indefenso. Ahora, cuando pensaba en ello, se preguntaba si un abogado distinto, alguien de fuera del pueblo, habría sido más agresivo. Quizá hubiese tenido buenos argumentos para denunciar al departamento de policía. A veces pensaba que en realidad Eric Schriffer lo había traicionado, induciéndolo a aceptar una declaración que sobre todo protegía al propio Schriffer.
Esas ideas se le ocurrían ahora, mucho después de que hubiese firmado una miríada de documentos, de que le hubiesen ceñido la tobillera al tobillo desnudo y de que Schriffer hubiese dejado de devolver sus llamadas al despacho de Goodwin, Goodwin, Schriffer y Asociados. Sabía que probablemente lo habían embaucado. ¿Pero qué podía hacer ahora? ¿A quién podía recurrir para quejarse? ¿A la agencia de buenas prácticas empresariales? ¿A la unión americana de libertad civiles? ¿A Dios?
Todo había terminado. No había nadie que pudiese ayudarlo.
En la mesa de la cocina se hallaba el libro negro: su «itinerario», como lo denominaba su agente de libertad condicional. La cubierta rezaba: «Agenda diaria»; el título estaba estampado en filigrana de oro con una pomposa letra cursiva que Troy encontraba ofensiva. Era la cláusula decimoséptima de las numerosas condiciones de libertad condicional a las que había accedido: «Los infractores han de presentar a su agente de libertad condicional un itinerario detallado de cada hora de sus actividades»; y de ese modo la Agenda diaria se había convertido en una compañera constante y detestada a lo largo de los días y las semanas interminables de su arresto domiciliario.
Se sentó a la mesa y la abrió. Viernes trece: ja, ja . Cada hora del día, desde la una de la madrugada hasta la medianoche, estaba acompañada de una serie de líneas donde debía anotar sus «actividades», de modo que asió un bolígrafo y escribió «Dormir» con letras mayúsculas junto a la una de la madrugada, y debajo añadió «Dormir» junto a las dos de la madrugada, y siguiendo la columna repitió: «Dormir», «Dormir», «Dormir» y «Dormir» hasta las dos de la tarde. Echó un vistazo al reloj de pared, que indicaba que eran casi las tres de la tarde, y se percató de que había pasado más de medio día inconsciente.
Su agente de libertad condicional, Lisa Fix, sin duda tomaría nota de ello. Comentaba los patrones que advertía cuando repasaba su itinerario durante sus encuentros semanales.
– Duermes mucho -había señalado en su última reunión-. ¿Crees que estás deprimido?
– Qué perspicacia -se burló Troy-. ¿Has pensado en hacerte psiquiatra?
Ella enarcó las cejas y lo observó por encima de la montura de las gafas. Aunque era una burócrata, no le molestaba demasiado el sarcasmo, y ese era uno de los motivos de que sus conferencias semanales fueran soportables. Calculaba que tenía treinta y tantos años; era una mujer desencantada, pecosa y regordeta con una permanente roja excesiva; divorciada, seguramente. Pertenecía a un arquetipo que había visto con frecuencia durante sus años como camarero, la clase de mujer con la que normalmente uno podía bromear o hasta flirtear un poco mientras le servía copas sin que a ella pareciese importarle. Le hablaba como si fuera una hermana mayor enojada o una antigua amante que todavía le tenía un poco de afecto pero lo conocía demasiado bien. Había algo en ella que le hizo pensar, por primera vez desde hacía mucho tiempo, en Crissy, la chica que había conocido hacía tanto tiempo en la caravana de Bruce y Michelle, la que lo había besado cuando tenía once años. Supuso que probablemente Lisa y Crissy tenían la misma edad.
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