Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Claro que estoy deprimido -dijo Troy-. ¿Es que tú no lo estarías, dada mi situación?

– Bueno -repuso Lisa Fix-, hemos discutido varias formas constructivas de emplear el tiempo. ¿Has ojeado los cursos por correspondencia de los que hablamos?

– La verdad es que no -respondió Troy-. Todavía no. -Se encogió de hombros-. Eh, oye -prosiguió-, ¿tú fuiste al instituto con Crissy Hart?

Ella lo observó enarcando las cejas.

– ¿La chica que se suicidó? -Y ahora fue su turno de encogerse de hombros-. Tenía un par de años más que yo, pero la conocía, claro. Por lo menos, me habían hablado de ella. No estábamos exactamente en el mismo grupo. ¿Por qué?

– No lo sé -dijo Troy-, simple curiosidad.

– Un viaje por el callejón de la memoria -comentó Lisa Fix, y frunció levemente los labios-. De hecho, también conocía a tu esposa, Carla. Crissy y ella estaban en el último año cuando yo estaba en segundo. No puedo decir que recuerde haber hablado nunca con ellas. ¿Por qué? ¿Se te ha metido algo en la cabeza?

– No lo sé -admitió él. La miró brevemente a los ojos, que mantenían una atención incisiva, y volvió a bajar la mirada. Pensó en decirle: Crissy fue la primera chica que besé en mi vida , ¿pero de qué habría servido?-. Solo estaba pensando en cosas -dijo.

– Bueno… -terció Lisa-. Mira, Crissy Hart se cortó las venas en la bañera de su madre, Carla tiene un grave problema con las drogas y hace meses que nadie sabe nada de ella. Me parece que no se pueden sacar muchas conclusiones positivas hablando de esas personas. -Se aclaró la garganta y clavó la mirada en él-. ¿Por qué no pensamos en el futuro, en lugar de en el pasado? ¿Has rellenado la hoja que te di?

Troy hizo una mueca. Conservaba el trozo de papel duplicado que le había entregado Lisa, en el que debía anotar diez «objetivos a corto plazo» y otros tantos «objetivos a largo plazo», pero ignoraba dónde lo había puesto. No lo había cumplimentado.

– ¿Qué pasa con Loomis? -la atajó-. La semana pasada dijiste que ibas a averiguar si podía hablar con él por teléfono. Ese es un objetivo a corto plazo que podemos discutir.

Lisa lo miró disgustada, como si fuese un estudiante que le hubiese respondido de la forma equivocada, aunque ella lo hubiese aleccionado repetidamente.

– Bueno -dijo-, lo he averiguado, en efecto. Y la tutora de Loomis ha denegado tu petición. Cree que es mejor que Loomis se tranquilice durante una temporada después… del trauma. No puedo decir que no esté de acuerdo.

– ¡Joder! -rezongó Troy con suavidad. Enrojeció: sentía que aumentaba su cólera, y cuando hubo de tragársela se le humedecieron los ojos con lágrimas de frustración. Permaneció sentado, impasible, y cerró los párpados lentamente. Agachó la cabeza y se oprimió los conductos lagrimales con los pulgares por un momento.

»Vale -dijo-. Vale. Pues entonces, sigamos adelante.

A las tres y media llamó por teléfono a la comisaría para que supieran que iba a desplazarse hasta su lugar de trabajo. Desconectarían la alarma del tobillo durante un corto espacio de tiempo (diez minutos más o menos) para que pudiese recorrer los escasos kilómetros que lo separaban del bar, el Stumble Inn. Sentado en el coche, se imaginaba como un punto rojo intermitente, dando tumbos en la pantalla de algún ordenador, observado, vigilado. Al principio, Lisa Fix le había sugerido que pensara en otro empleo (por ejemplo, en la Asociación de Retrasados Mentales del condado, por lo que le pagarían el salario mínimo por treinta y cinco horas de trabajo, además de cinco horas destinadas al servicio a la comunidad), pero Troy había sido inflexible en ese punto. Había trabajado como camarero durante años, dijo. Era bueno en su trabajo. Era su sustento, de lo único que estaba seguro que hacía bien, y eso fue lo único que Eric Schriffer había hecho por él. No podían obligarlo a cambiar de trabajo. No podían deshacer completamente su vida.

– En ese caso -repuso ella-, puedo meterte en un equipo de limpieza para que cumplas el servicio a la comunidad. Estaba intentando ofrecerte una alternativa mejor.

– No quiero dejar mi trabajo -dijo él-. Y no me gustan los retrasados. ¿De qué me va a servir un trabajo de mierda por el salario mínimo?

– Pues vale -accedió Lisa Fix. Le dirigió otra de sus miradas de hermana mayor, una que decía: « no puedo creer que seas tan estúpido ».

Cuando se presentó en el trabajo, llamó al mismo número para confirmarles que había llegado. Recitó varias veces el código de infractor que le habían asignado y por último el hombre al otro lado del teléfono dijo:

– Vale. Comprobado. Te he metido en la base de datos.

– Gracias -respondió Troy, y alzó la mirada para ver a un borracho de mediana edad que lo miraba fijamente. Sus facciones abruptas y oblongas se asemejaban vagamente a las de Abraham Lincoln. Examinó a Troy durante un tiempo que a este se le antojó muy prolongado con una expresión estúpida en sus ojos entornados. Después Abe sonrió, arqueando los labios con un gesto amable y satisfecho.

– Te han pillado, ¿eh? -dijo, ensanchando su sonrisa para mostrar una hilera de dientes blancos sorprendentemente grandes: una dentadura postiza-. ¡Ahora sí que te han pillado!

– Sí -admitió Troy cortésmente-. Me han pillado.

Crystal estaba detrás de la barra y le dirigió una mirada compasiva mientras Troy abría la puerta de la nevera y se disponía a contar las botellas de cerveza.

– Hola, cariño -dijo-. ¿Cómo estás?

Hmmm -gruñó Troy, y anotó en el dorso de una servilleta el número de cervezas que debía subir del sótano-. ¿Un día lento? -preguntó.

Ella asintió, con las manos atareadas en una tina de agua jabonosa.

– Terriblemente lento -respondió-. Sobre todo para ser viernes. -Cogió un vaso de cerveza y lo aclaró debajo del grifo.

– ¿Qué pasa con ese Abe el Honesto ? -dijo Troy. Señaló con el mentón al hombre de la dentadura postiza, que estaba sentado junto al teléfono, contemplándolo plácidamente.

– ¡Oh, vaya! -suspiró Crystal-. No sé de dónde ha salido. Está aquí desde esta mañana. Lleva unas ocho o nueve cervezas.

– Bueno -refunfuñó Troy-, pues cóbrale antes de marcharte. Yo no pienso servirle más.

Ella lo miró con los ojos bien abiertos, como hacía siempre que pensaba que era brusco o descortés. Sus ojos eran grandes y azules, y tenía una cabellera lisa y espesa de color de cedro que enmarcaba un hermoso rostro redondo. Era una buena chica. «La pava mormona», la llamaba Ray, porque supuestamente sus padres eran mormones de Wyoming. Que Troy supiera, no era religiosa (trabajaba de camarera, después de todo), pero exudaba cierta bondad. Poseía una inocencia benévola: se preocupaba por la tristeza y el sufrimiento de los demás y deseaba hacer lo correcto. En una ocasión le había confiado a Troy que pensaba que las personas, todas las personas, eran básicamente buenas de corazón, y Troy la miró con una expresión irónica.

– Yo también he leído ese libro -replicó-. ¿Sabes una cosa? Esa Anna Frank… los nazis la mataron de todas formas.

Crystal había discutido un poco con él en ese momento, pero ahora no dijo nada. Dejó de servir al presidente Lincoln sin protestar, encogiéndose de hombros.

– Vivian está aquí -fue lo único que dijo, y Troy exhaló un lento suspiro. Vivian era la propietaria y solía enfadarse cuando Troy decidía negarse a servir a un cliente.

– No eres el policía de la cerveza, Troy -le había dicho en varias ocasiones-. Si no causan problemas, por mí pueden beber hasta que se desmayen.

Troy abrió el congelador para inspeccionar su estado, para comprobar si debía subir más hielo de la máquina del sótano.

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