– ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó, frunciendo el ceño-. Creía que iba a tomarse el día libre.
– Está adiestrando a un tipo nuevo -respondió Crystal-. Ha contratado a un nuevo cocinero. Supongo que ahora están en el despacho, rellenando formularios o algo así.
– Hmmm -musitó Troy-. ¿Le pasa algo a Junie?
– Está otra vez enfermo -dijo Crystal, y frunció los labios-. ¡Me da mucha pena! -exclamó-. Es mayor. ¿Sabías que tiene casi setenta años? No debería tener que trabajar todo el tiempo.
– Oh, vamos -objetó Troy-. Le gusta trabajar. -Pero lo cierto era que últimamente Junie el cocinero presentaba un aspecto cada vez peor, aunque nunca había tenido una apariencia saludable exactamente. Era un siux pequeño y enjuto, con los ojos embargados de melancolía y un ceño exagerado y permanente, y en los últimos tiempos, siempre que Troy lo miraba, Junie parecía irradiar oleadas de pesimismo. Y si acabara igual que Junie, pensó Troy. Junie, que había estado varias veces en la cárcel, que hedía a sudor de viejo, a tabaco y cerveza rancia, ahora estaba enfermo y probablemente moribundo. Se le ocurrió que Junie también había tenido su edad. Se le ocurrió que uno podía pasar sus últimos días en un bar como el Stumble Inn de Vivian, que podía vivir durante muchos años sin tener nada en absoluto y, no obstante, existir.
»¡Joder! -dijo al fin, siguiendo aquellos pensamientos-. ¿Está grave?
– No lo sé. Pero está en el hospital -contestó Crystal-. A lo mejor voy a visitarlo este fin de semana. A llevarle unas flores o algo así. ¿Quieres venir? -Y entonces hizo una pausa incómoda-. Lo siento -dijo.
Troy guardó silencio. Aquellos momentos pequeños y humillantes momentos no eran lo peor de su «arresto domiciliario», pero eran numerosos y punzantes, los más constantes. Le sonrió a Crystal, pero el gesto parecía más bien un rictus.
– Tengo otros planes para este fin de semana -respondió irónicamente mientras ella lo miraba con sus grandes ojos compasivos.
– ¿Te encuentras bien, Troy? -preguntó-. Ya sé que no quieres hablar de ello, pero… -Suspiró y efectuó un ademán nervioso con la mano-. Debe dolerte -continuó-. Cojeas.
Él sintió un espasmo involuntario.
– No, la verdad es que no -dijo-. No me aprieta ni nada.
– Eso está bien -dijo ella. Observó la pernera de su pantalón, donde se hallaba el monitor del tobillo, discretamente oculto-. Quería decir en el sentido espiritual. Debe ser doloroso. Es muy cruel que hagan eso. Ponerte esa cosa.
– La verdad es que no -repuso Troy, y desvió la mirada con una sonrisa tensa. La tobillera le producía una sensación cálida y pesada-. No es para tanto -dijo. Cerró la puerta deslizante del congelador con un gesto decidido-. Casi no lo noto.
Cuando Vivian subió las escaleras con el nuevo, Abraham Lincoln se había marchado pacíficamente y el bar estaba desierto. Troy estaba leyendo el periódico local, pensando malhumorado en su reciente aparición en la segunda página. Cuando encarcelaban a alguien en San Buenaventura todo el mundo se enteraba. Los «arrestos» constaban en la misma página que los óbitos, los anuncios de nacimientos y las bodas. La reseña referida a Troy había aparecido justo debajo de la fotografía grande y sonriente de una chica con la que había ido al instituto. Bajo la descripción de su vestido de novia y de sus orgullosos padres, Troy se había visto resumido en unas pocas frases. «Hombre de la zona. Posesión de una sustancia controlada con intención de distribuir. Establecida fecha de la vista.» Comprobó que aquel día se había producido otro nacimiento, otra defunción y una detención por conducir bajo los efectos del alcohol.
Vivian se le acercó por la espalda. Se detuvo levantando la mandíbula, leyendo por encima de su hombro. Troy terminó el óbito antes de levantar la vista.
– ¿Quieres que haga algo? -preguntó.
Ella efectuó un ademán con la mano con fingida sorpresa.
– ¡Oh, no quiero apartarte del periódico! -exclamó. Era una mujer de voz áspera que rondaba los sesenta años, con una permanente rubia como el estropajo de aluminio y una figura robusta y bien torneada que acentuaba con pantalones vaqueros ajustados y blusas de vaquera. Troy estaba acostumbrado a su disposición impaciente de sospecha resignada, como si su ocupación principal consistiera en evitar que se metiera en líos, asegurarse de que no haraganease demasiado ni le escamoteara bebidas cuando no miraba. En general, pensaba Troy, no era más que una actuación. Era un buen empleado, y Vivian lo sabía. Pero le encantaba representar ese papel, y con objeto de complacerla Troy empezó a retirar las botellas de licor de los estantes para desempolvarlas.
»Acabo de contratar a un joven para que trabaje en la cocina -le dijo Vivian-. Va a empezar esta noche, así que tendrás que echarle un ojo. Te las arreglarás, ¿verdad?
– Espero que no haya demasiada gente -rezongó Troy.
Vivian ladeó la cabeza.
– Bueno, en ese caso, será una buena prueba para él. Tiene mucha experiencia. Ha trabajado muchos años en Chicago.
– ¿De veras? -dijo Troy. Las gafas de Vivian estaban suspendidas de una cadena de abalorios que le rodeaba el cuello y ella se las puso para inspeccionar el periódico que Troy había estado leyendo-. ¿Para qué ha venido desde Chicago?
– Dice que está harto de vivir en la ciudad -murmuró Vivian-. Me dio la impresión de que había habido algunas circunstancias trágicas, pero no quise entrometerme.
– Hmmm -murmuró Troy. Siguió pasando el trapo por el cuerpo cristalino de las botellas, frunciendo el ceño-. ¿Y qué pasa con Junie? -añadió.
– Junie ha sufrido otro ataque al corazón -explicó Vivian irritada, como si Troy estuviese intentando hacer que se sintiera avergonzada-. ¿Qué crees que debo hacer? No sé cuándo volverá, si es que lo hace. No puedo cerrar el bar para esperar a ver si se recupera. Y estoy hasta las narices de que te quejes cada vez que te pido que cocines.
– ¡Vale! -exclamó Troy-. Solo preguntaba. -Observó a Vivian mientras esta encendía un cigarrillo y exhalaba una vaharada de humo sobre la esquela.
– Solo preguntaba -musitó-. Lo que está claro es que no me hace falta que Crystal y tú me hagáis sentir culpable por el pobre Junie. Ya tengo bastantes problemas. -Le dirigió una mirada acerada, pero ambos recuperaron las formas cuando el joven que había contratado Vivian ascendió las escaleras.
»¡Hola, Jonah! -exclamó la propietaria, y Troy advirtió con ademán taciturno que adoptaba sus maneras afectuosas y amables: la sonrisa arrebatadora con dientes amarillentos, las arrugas de los ojos, los apelativos cariñosos: «cariño», «cielo», etcétera. Lo hacía con todos los empleados que contrataba. Durante la primera semana más o menos, los trataba como si fuese la profesora de una guardería y ellos sus alumnos preferidos. Y después perdían su encanto. Vivian se convertía en una madre decepcionada, sardónica y paciente, que toleraba su incompetencia y mascullaba reproches hasta cuando estaba satisfecha con ellos.
– Hola -respondió este tímidamente-. Soy Jonah Doyle. -Miró a Vivian antes de hacer una pausa incómoda, con sus largos brazos estirados a ambos lados del cuerpo hasta que esta los presentó. Agachó la cabeza, sin mirar siquiera a Troy a los ojos, pero cuando este le ofreció la mano la asió con ambas palmas, apretándola con una fuerza sorprendente-. Encantado de conocerte -dijo, con un entusiasmo nervioso y vehemente, como si le hubieran hablado de Troy, como si fuera famoso.
– Sí -dijo Troy. Se agitó un poco, inseguro. Una estrecha tira de tejido cicatrizado prominente surcaba la mejilla del muchacho desde el contorno del ojo. Podría haberle conferido un aspecto amenazador a otra persona. Pero en aquel tipo parecía sencillamente desconcertante. Tenía un rostro pecoso y juvenil, con las mejillas rechonchas y el cabello leonado cuidadosamente peinado con raya, y la cicatriz parecía un apéndice fuera de lugar, como un dedo del pie en la mano, una oreja mal colocada o la cuenca de un ojo vacía. Le costaba no mirarlo fijamente.
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