– Buenos días -respondió Jonah con cautela. Estaba cortando setas, pues había decidido que serían un añadido interesante a la sopa de chile, pero no precisaba mirarse las manos. El movimiento del cuchillo, al cabo de años de práctica, era automático-. Qué bueno hace hoy, ¿verdad? Bonitas, hum , hojas.
– Ajá -murmuró Troy. Después giró en redondo y Jonah percibió el eco hueco de sus pisadas por las escaleras mientras se dirigía a coger hielo.
Troy, tengo que hacerte una confesión , pensó Jonah. Lo ensayó varias veces en su mente, pero cuando Troy ascendió las escaleras sonaba ridículo.
Troy no deseaba que le dirigiesen la palabra, eso formaba parte del problema. Cuando terminaba los preparativos de los quehaceres diarios se replegaba en un lugar distante y asocial, inclinado sobre la superficie de la barra con el periódico del día, que rezumaba silencio. Jonah lo observaba mientras Troy se doblaba sobre los titulares, repasando una línea tras otra con el dedo corazón. Después leía las tiras cómicas. A continuación tomaba el bolígrafo que se había puesto detrás de la oreja y empezaba a bregar con el crucigrama diario. Al cabo de un rato comprobaba su reloj y se dirigía a la entrada del bar para abrir la puerta mientras las llaves tintineaban musicalmente en su puño.
– En fin -dijo Jonah. Pero Troy no lo oyó, ni levantó la cabeza.
Era evidente que eran parientes. Al menos, Jonah lo sabía. Sin lugar a dudas.
A decir verdad, resultaba casi enervante. Cuando miraba a Troy no sabía qué debía hacer con los pequeños recuerdos que evocaba su presencia física, recuerdos que describían círculos en su imaginación, puesto que de hecho Troy tenía mucho más en común con la familia Doyle (la madre de Jonah, su abuelo, los diversos parientes que había visto en fotografías) que el propio Jonah. Se encontró pensando en la forma que tenía su madre de bromear sobre su piel macilenta y su cabello rubio.
– No puedo creer que tú salieras de mi cuerpo -solía decir, y cuando Jonah miraba a Troy no podía evitar pensar que si ella estuviera viva lo encontraría un vástago más convincente. Allí estaban las cejas negras y pobladas, como las de su madre, así como el rostro alargado y la mandíbula firme del abuelo de Jonah. Hasta tenía una especie de ceño acentuado y distante que le recordaba a aquellos tiempos pretéritos en los que su madre se reclinaba en la cama para escuchar sus discos. Reconocía en Troy la melancolía lejana que había observado de niño. Recordaba hallarse ante la puerta de su madre, observándola, y que ella levantaba la cabeza, casi soñolienta, sumida en una bruma de infelicidad. «Sal de mi habitación», decía, y tal vez Troy, mientras levantaba la vista del crucigrama, estuviese a punto de decir exactamente lo mismo, con una inflexión sorda y displicente.
– ¿Has dicho algo? -preguntó Troy, volviéndose a mirar por encima del hombro, y Jonah enarcó las cejas.
– Oh -respondió. Tragó saliva-. Es que… me estaba preguntando -prosiguió si esto se considera lento -dijo al fin, tras un titubeo-. En términos del típico sábado. -Y Troy le dirigió una mirada sardónica.
– Yo diría que sí -admitió-. A no ser que se pueda tener un número negativo de clientes, cero es lo peor que puede haber.
– Supongo -dijo Jonah, y emitió una risita sofocada y comedida. Di algo , pensó, di algo gracioso , pero solo consiguió emitir un sonido gutural, como una flema. Troy lo estudió con curiosidad durante un instante y después se volvió de nuevo hacia el crucigrama.
Aunque estaba impaciente por que las cosas progresaran, Jonah sabía que debía controlarse. Era consciente de que sería muy sencillo echarlo todo a perder: las palabras incorrectas, el momento equivocado, el planteamiento erróneo, y todo habría terminado. Tengo que decirte una cosa , pensó, imaginando con detalle la expresión del rostro de Troy, cómo se acercaba, inescrutable y enigmático, cómo entornaba los ojos mientras Jonah le refería su secreto. Cuanto más tiempo pasaba en presencia de Troy, más seguro estaba de que precisaba una estrategia más definida. No bastaría confesar los hechos y esperar hasta que los digiriese. Casi se estremeció al recordar el momento en el que había estado a punto de dirigirse a la puerta de Troy: hola, me llamo Jonah Doyle, y… Qué desastre habría sido eso, se dijo, contemplando irritado a la persona que había sido una semana antes. Qué ingenuo había sido, pensó, al suponer que Troy le abriría los brazos sin más, aceptando gozosamente al desconocido que afirmaba ser su hermanastro.
Ahora, cuando miraba a Troy, semejante idea se le antojaba casi risible. Pero eso era lo que había imaginado honestamente: lo único que debía hacer era enfrentarse a su hermano cara a cara y desde entonces todo fluiría sin dificultades. Poseo cierta información. Necesito hablar contigo. Quiero hablar contigo, creo que poseo cierta información que te puede interesar, hay algo que debo decirte.
Con cada preámbulo que se le ocurría se le presentaba una imagen precisa del resultado que obtendría. Al principio Troy se quedaría impasible, incrédulo, y después, a medida que comprendiera poco a poco, su semblante se endurecería. Jonah se figuraba que Troy retrocedía, con un fulgor airado en la mirada. «¿Me has estado observando todo este tiempo?», decía. «Aléjate de mí, asqueroso fisgón», le espetaba, ultrajado. O lo que era aún peor, quizá sencillamente no le importase. Podría encogerse de hombros: «¿Y qué? Tenemos la misma madre. ¿Qué importa eso? No es para tanto». Y Jonah carecía de respuesta, no tenía nada que decir ante la ira o la indiferencia de Troy. Ese era el mayor problema: ¿por dónde empezar? ¿Cómo explicárselo? Existe una línea infinita alrededor de un área finita , se dijo, imaginando que en su película Troy se perdía en la distancia, como si lo estuviese viendo a través del extremo equivocado de un telescopio: una silueta pequeña y malhumorada.
Alzó la cabeza cuando se abrió la puerta del bar y la claridad inundó la penumbra. Los primeros clientes de la jornada.
A las once y media, el Stumble Inn se hallaba moderadamente concurrido. El chile era popular, al igual que las hamburguesas, y Jonah se encontró trabajando sin cesar, entregándose a las tareas más inmediatas. Había una suerte de urgencia en las simples faenas del trabajo que siempre le había gustado: la gente necesitaba alimentarse. Esperaban a que les sirvieran sus platos para comer.
Y había advertido que a Troy también le agradaba la sencilla presión de atender a los clientes. Se parecían en ese aspecto. A medida que se llenaba el bar, Troy cobraba vida, denotando una concentración que no había tenido una hora antes, mientras cumplimentaba el crucigrama. Ahora estaba alerta, enérgico, lleno de bromas ingeniosas que compartía con los clientes, moviéndose con eficacia. Y esa nueva energía se transmitía también a Jonah.
– ¡Pedido! -prorrumpió Troy, esbozando una sonrisa lobuna mientras arrojaba la nota por la ventanilla de entregas.
»Nos están felicitando por la comida -comentó, y su sonrisa era tan afable y distendida que por un instante le pareció que realmente podían hacerse amigos. Se podía desarrollar cierto entendimiento entre ambos, de modo que cuando Jonah le confiase la verdad no fuera una sorpresa. Todo ello tomó forma en un destello, en un breve intercambio de miradas. Entonces, como si Jonah se la hubiese imaginado, la sonrisa desapareció y Troy se volvió abruptamente hacia los clientes.
Por un momento, mientras sostenía el pliego del pedido, Jonah sintió que se hallaba en posesión de una especie de mensaje secreto. Después bajó la mirada. «2 cheese burg. c/patatas», decía la nota, con las esmeradas letras mayúsculas de Troy. «Salsa rosa». Puso las hamburguesas en la parrilla.
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