– Estoy deseando trabajar contigo -afirmó Jonah, y Troy asintió lentamente, mientras intentaba eludir su rostro. Jonah se había acicalado como si fuera a asistir a misa, con una camisa abotonada y pantalones holgados de color caqui, pero por alguna razón se había puesto unas pesadas botas negras de trabajo.
– Sí -dijo Troy-. Yo también estoy deseando trabajar contigo. -Le echó un vistazo a Vivian, que sonreía benignamente. Si ella advirtió algo extraño en el aire, su expresión no lo traicionó.
Al menos, resultó que Jonah era un tipo competente. Cuando la cosa se animó alrededor de las seis y media, la eficiencia de Jonah con respecto a Junie asombró sobremanera a Troy. Arrojaba un pedido por la ventanilla que separaba la barra de la cocina y cuando volvía a pasar había aparecido un plato: palitos de queso, alitas de pollo con salsa de búfalo o nachos, dispuestos con esmero y hasta con guarnición. Echó un vistazo a la cocina y miró brevemente los dedos largos y ágiles de Jonah mientras distribuían pimientos jalapeños fritos en un círculo sobre un lecho de verduras, algo que Junie jamás se habría molestado en hacer. Junie habría lanzado los pimientos sobre el plato desnudo en cuanto se hubiesen enfriado un poco. Sin duda no los habría desplegado como si fueran pétalos, ni habría añadido una tacita de queso para acompañar a los nachos en el centro, como hacía Jonah.
– Os estás poniendo finos, ¿eh? -comentó Doug Lepucki con una sonrisa cuando Troy depositó su plato en la barra, y este se encogió de hombros.
– Cocinero nuevo -dijo, y un joven de ojos saltones que estaba apoyado en la barra aferrando un billete de veinte dólares comiéndose con los ojos el plato de Doug terció:
– Ponme uno de esos, y una jarra.
En su vida anterior, Troy habría estado satisfecho. La gente dejaba propinas extra en las cuentas de la comida y él no estaba obligado a compartirlas con el cocinero. El bar estaba sorprendentemente abarrotado; el Stumble Inn no había sido nunca un punto de encuentro especialmente popular los viernes por la noche, pero a las nueve quizá hubiese más de cuarenta clientes apretujados en el pequeño local, y Troy trabajaba deprisa, sirviendo cervezas y jarras y poniendo copas, con una pátina permanente de sudor en la frente. Tuvo que vaciar el tarro de las propinas porque rebosaba.
Pero lo cierto era que se encontraba un tanto irritado. La clientela era alborotadora y el tañido de las carcajadas colectivas, las exclamaciones de las mujeres risueñas, los rugidos de los fanfarrones, la cacofonía generalizada de voces embriagadas; el constante aumento y disminución de la cháchara de los humanos se le hincaba en la columna.
El bar estaba demasiado congestionado como para estar cómodo, pensó. Demasiado lleno de personas que lo conocían, que habían oído hablar de él o que se habían enterado de su situación por medio de un conocido. No salía de detrás de la barra para llevarse los platos y los vasos de las mesas, pues lo avergonzaba el monitor oculto bajo la pernera de su pantalón. Una bulliciosa comitiva de jóvenes de veinte años, aparentemente amigos de Ray, eran los más problemáticos.
– ¡Eh, camarero! -exclamaban-. ¡Una ronda de porros para estos chicos, camarero! -Y un tropel de carcajadas se elevaron de su mesa como si fueran cuervos.
¿Qué podía decir? Aquella humillación formaba parte de su castigo y lo único que podía hacer era fruncir el ceño con estoicismo. Pensó en Lisa Fix:
– No creo que ese sea el trabajo ideal para alguien que se encuentra en tu situación -le había advertido.
Además, era consciente de la presencia de Jonah. De sus ojos posados sobre él. Cuando volvió la cabeza para mirar por encima del hombro la comezón que sentía en la nuca se intensificó momentáneamente. Allí estaba Jonah, con la nariz y la boca ensombrecidas, acechándolo desde la cocina, mientras Troy inclinaba un vaso bajo el chorro de cerveza. Lo llenó, dejando que la espuma rebosara y resbalara por la cara externa. Volvió a mirar por encima del hombro, justo a tiempo para sorprender a Jonah, que contemplaba su espalda con atención. Jonah esbozó una sonrisa y desvió la mirada.
– ¿Qué? -dijo Troy, pero Jonah no lo oyó por encima del bullicio generalizado del bar y Troy estaba demasiado ocupado como para molestarse en repetirlo.
Pero siguió irritándolo a medida que la noche se consumía lentamente. Cada vez que se daba la vuelta para mirar, allí estaba Jonah, vigilándolo atentamente y simulando apartar la mirada como si no lo hubiera estado espiando. Le indicaba que era objeto de la observación general. Había clientes que lo sabían, que lo observaban cuando cojeaba a causa de la tobillera electrónica oculta y se volvían hacia sus amigos para hacer comentarios cuando él pasaba, esbozando una sonrisa chismosa. Además, estaba la señal de vigilancia que estaba emitiendo en aquel preciso momento. Estaba el libro negro, el «itinerario», que Lisa Fix querría comentar, indagando en los detalles mundanos e íntimos de su vida, como si todo fuese típico, como si pudiese predecir el resto de su vida con un encogimiento de hombros. Todo ese peso descansaba sobre sus hombros, de modo que cuando se volvió y sorprendió a Jonah arqueando el cuello y separando los labios, escudriñando la preparación de una ronda de chupitos de Jägermeister como si fuese un espectáculo de magia, giró en redondo exasperado para enfrentarse a él. «¿Qué cojones estás mirando?», pensó.
Pero era extraño. Se giraba abruptamente, irritado, pero no decía nada. Jonah lo observaba con una especie de concentración analítica y persistente que casi parecía un trance. Lo desconcertaba.
– ¿Hola? -exclamó Troy, titubeando, y Jonah se sobresaltó levemente, parpadeando como si hubiera estado durmiendo con los ojos abiertos-. Oye, tío, ¿estás despierto o qué? -dijo Troy.
– ¡Oh -repuso Jonah. Al parecer precisaba un momento para salir de la rapsodia contemplativa en la que había estado sumido, y Troy se agitó un poco, incómodo. Advirtió que había más cicatrices aún grabadas en el dorso de las manos de Jonah, que dejaban una estela como si alguien lo hubiese arañado con una garra. ¿ Qué le habrá pasado ?, volvió a preguntarse Troy, y por un momento una especie de sombra pasó sobre él; algo frío, que ondeaba como una sábana tendida en una cuerda.
»Lo siento -dijo Jonah-. Me he distraído un minuto.
– Sí, bueno -prosiguió Troy. Se aclaró la garganta-. Estamos un poco ocupados, por si no lo has notado. ¿Te importaría salir ahí fuera y limpiar las mesas? Si no es demasiada molestia.
– ¡Oh! -exclamó Jonah, y Troy vio cómo adoptaba una suerte de sonrisa profesional, como si se tratase de una máscara-. ¡Claro! ¡Perdona!
¿De qué se trataba?, pensó Troy. Lo siguió con la mirada mientras salía corriendo al bar y empezaba a recoger los vasos vacíos. Algo malo le pasaba al chico, además de las cicatrices, pero no sabía cómo identificarlo. ¿Una especie de rigidez actoral? Se le ocurrió la paranoica idea de que quizá fuese un agente encubierto de la DEA o algo parecido, que tuviera la misión de espiarlo. Después desechó aquel pensamiento: no tenía ninguna conexión, ni nada que mereciese la pena espiar, y en todo caso, quienquiera que fuese, Jonah no era un agente infiltrado. Troy no lo perdió de vista mientras agrupaba los vasos de cerveza sucios y los colocaba con esmero en el extremo de la barra, colocándolos en una cuidadosa pirámide, como si fuesen bolos.
– Gracias -dijo Troy, y Jonah lo miró a los ojos brevemente y asintió como si ambos compartieran un secreto.
Se avecinaba la hora del cierre y la inesperada concurrencia empezó a ralear. La sensación de ser observado también se disipó, y cada vez que Troy echaba una ojeada a sus espaldas Jonah estaba atareado con alguna cosa. Ya no lo observaba, y Troy se preguntó si tal vez habría exagerado, si tan solo había imaginado que Jonah había estado siguiendo todos sus movimientos. Últimamente se encontraba muy susceptible. Creía que se acostumbraría al monitor del tobillo, que se convertiría en algo casi imperceptible, pero por el contrario le parecía que empeoraba día tras día, a tal extremo que a veces sentía que brillaba y emitía ondas caloríficas o radiaciones. Se asomó a la ventanilla de pedidos y comprobó que Jonah, sumiso, estaba frotando la parrilla con una brasa de carbón vegetal, agachando la cabeza y moviendo la mano como un pintor. Troy se aclaró la garganta, pero Jonah no levantó la vista.
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