Si trabajaban juntos durante el tiempo suficiente, pensaba Jonah, semejantes conversaciones se acumularían. Se convertirían en conocidos, llegarían a conocerse mutuamente y quizás al cabo de algún tiempo sería más sencillo decir: tengo que hacerte una confesión.
Introdujo una paleta bajo los discos de carne picada para exprimir el jugo mientras Troy llevaba sendos vasos de cerveza a una pareja de mujeres rubias y gruesas. ¿Eran gemelas? ¿Amigas íntimas? Jonah no estaba seguro, pero Troy parecía conocerlas. Ambas llevaban chaquetas vaqueras azules y se habían hecho una permanente que al palidecer le había conferido a su cabello un aspecto quebradizo y afilado, como si fuera fibra de vidrio. Troy apoyó los codos en la barra y departió confidencialmente con ellas, y todos se rieron juntos, felices.
Cuando Vivian ascendió las escaleras, Jonah estaba absorto en el proceso de presentar los dos platos: las hamburguesas metidas cuidadosamente en los panecillos, con tomate y lechuga fresca, las patatas dispuestas en el lado opuesto y los pepinillos en el centro: sencillo pero estéticamente satisfactorio, pensaba Jonah, y Vivian, al observarlo, pareció aprobarlo.
– ¡Pedido! -exclamó Jonah mientras depositaba los platos en la repisa de la ventana de la cocina, y Vivian se asomó con curiosidad cuando Troy los recogió.
– ¡Hola, Roña! ¡Hola, Barb! -saludó afectuosamente a los dos rubias, y estas le devolvieron el saludo con voces casi distorsionadas por la amabilidad.
– ¡Hola, Vivian!
Pero cuando se volvió de nuevo hacia Jonah, tenía una expresión amarga.
– Dios, cómo odio a esas putas -susurró-. Ojalá encontrasen otro bar que apestar.
– ¡Oh! -repuso Jonah, haciendo una discreta mueca al oír que Vivian empleaba un lenguaje tan vulgar. Se interrumpió cautelosamente-. ¿No te caen bien?
– Las odio -reiteró Vivian con decisión-. Pero supongo que un cliente es un cliente.
– Sí -admitió Jonah, aunque estaba un tanto desconcertado y espantado al comprobar que el afecto que había demostrado por ambas mujeres se desmoronaba con tanta celeridad al darse la vuelta. Quizá la hubiese juzgado mal, se dijo.
Vivian le caía muy bien. Al principio había emanado una suerte de afabilidad que lo había desarmado por completo. Jonah estaba muy nervioso: todo lo que estaba haciendo se le antojaba arriesgado e imprudente, pero ella lo había saludado como si fuese un sobrino querido, como si hubiera estado esperando su llegada. Sentado en el sótano frente a Vivian mientras ella examinaba su solicitud, su grato recibimiento lo había sorprendido. Vivian leyó el documento de principio a fin como si Jonah fuese un hijo que le hubiese mostrado unas notas excelentes.
– No tengo palabras -exclamó, sonriéndole, mirándolo a la cara, a los ojos, aparentemente sin reparar en sus cicatrices. Le recordó a las ancianas que encontraban los niños en los libros de aventuras fantásticas: excéntrica, sabia y bondadosa. Le gustaban sus dientes amarillentos, sus gafas, suspendidas de una cadena de abalorios sobre su generoso busto, y el anillo de turquesa y plata que lucía en el dedo meñique. Era sencillo sentir que su simpatía era honesta, que Vivian discernía en él algo maravilloso que nadie había advertido nunca, y cuando le preguntó por qué había decidido marcharse de Chicago y establecerse en un «pueblecito de paletos» como San Buenaventura, quiso sincerarse con ella.
– Supongo -dijo- que deseaba empezar una nueva vida. -Ella asintió como si lo entendiera perfectamente, y Jonah sintió que le debía algo más a su silencio compasivo y expectante.
»Tuve un accidente de coche -prosiguió, sin apenas titubeos. Y acto seguido:
»Es algo de lo que no suelo hablar. Mi esposa… -explicó, con un tono apacible y sereno-. Estaba embarazada y murió.
– ¡Oh, Dios mío! -musitó Vivian, que alargó la mano sobre el escritorio y la depositó con firmeza en el dorso de la suya-. Lo siento mucho -dijo.
Jonah no sabía por qué lo había hecho y deseó de inmediato retirarlo.
– No me gusta hablar de ello -continuó-. No debería haber dicho nada… Te agradecería que quedara entre nosotros.
– Oh, desde luego -le aseguró ella-. Solo entre nosotros. -Y sus ojos se posaron sobre Jonah, afectuosos, húmedos y apesadumbrados, mientras le daba palmaditas en la mano.
Ahora parte de eso se vino abajo: la cualidad de entrañable abuela de cuento que había proyectado sobre ella. Ahora empezaba a preocuparle que hubiese cometido una estupidez y deseó no haber dicho nada, aunque fuese cierto. Vivian pareció percibir su nerviosismo.
– Lo siento -dijo, y Jonah advirtió que aquella ternura cómplice y ávida se encendía como si hubiesen accionado un interruptor-. No pretendía ser grosera -añadió, haciéndole una cariñosa confidencia. A continuación murmuró:
– Es que en este pueblo hay algunas personas que me caen mal.
– Lo comprendo -dijo Jonah. Reflexionó un momento, mientras una de las mujeres se recogía el cabello detrás de las orejas haciendo un ademán apresurado y nervioso con sus largas uñas-. ¿Son amigas… de Troy?
– ¡Oh, por Dios, no! -exclamó Vivian. Miró por encima del hombro a Troy, que seguía charlando con Rona y Barb-. Estoy segura de que les gustaría serlo, pero creo que hasta Troy es lo bastante listo como para no mezclarse con ese par. Solo son clientes habituales, y Troy las entretiene -dijo-. Y en ese sentido es un buen camarero… un buen farsante.
– Oh -musitó Jonah.
– Tampoco lo digo como una crítica -explicó Vivian, esbozando una sonrisa dulce-. Troy ha tenido algunos problemas, pero ya sabes, trabaja para mí desde hace mucho tiempo. A veces creo que le falta sentido común, pero tiene buen corazón, al contrario que el noventa y nueve por ciento de los de ahí fuera. Te aseguro que me da mucha pena últimamente. Es una vergüenza, eso es lo que yo creo. Ahí tienes a un hombre extraordinario, que realmente ama a su hijo, que se muere de ganas de tomar parte en su vida, ¡y claro! Por supuesto, le niegan el derecho a visitarlo. Luego tienes a un holgazán como ese de Cheyenne, que abandona a su mujer y a sus hijos y desaparece durante cinco años, y los tribunales pierden el culo para que se protejan sus derechos como padre. Me pone enferma cómo está gobernado este país.
– Sí -dijo Jonah. Apretó los dedos. Sí que era distinta de lo que había pensado. Ahora lo sabía, pero asimismo comprendía que era una gran fuente potencial de información. También supo que no debía confiar en ella. Pero si conseguía formular las preguntas adecuadas sin parecer demasiado ansioso, sin manifestar una curiosidad demasiado suspicaz por Troy, podría resultarle útil.
»Vaya -comentó a la ligera-, no sabía que Troy estuviera casado.
– Oh, ya no lo está -contestó Vivian. Volvió a mirar por encima del hombro, como para asegurarse de que no la estuviera escuchando-. Pobre chico -se lamentó-. Está separado de la madre… ella está en Las Vegas. Las drogas, ya sabes. Pero antes estaban casados, y debo admitir que eso está empezando a ser algo insólito en este pueblo. La mitad de las chicas de ahora tienen hijos con dos o tres padres distintos, y todos ellos son bastardos. Por supuesto, ya no se emplea esa palabra con ese sentido, como antes. Y no es que yo crea que haya que… estigmatizar a los niños. Pero en mis tiempos, a las chicas así las mandaban fuera del pueblo. A residencias -apostilló con mordacidad.
– Sí -corroboró Jonah, y pensó en la Casa de la señora Glass y en su madre, encinta de Troy, sentada en una habitación. Ella nunca le había hablado de ello directamente, excepto rechinando los dientes ante el recuerdo: «Se lo llevaron y se lo dieron a unos padres buenos».
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