Seis minutos.
Cuando regresó a la intersección de Euclid y Old Oak empezaban a temblarle las manos. Siete minutos y medio. Aceleró al internarse en el túnel de cemento que discurría bajo las vías férreas, cuyas paredes pintarrajeadas y húmedas rezumaban cal, pensando que de ese modo lograría recuperar un poco de tiempo, pero entonces, como si lo hubiese conjurado su angustia, un coche patrulla se incorporó al tráfico a sus espaldas y Troy se vio obligado a reducir nuevamente la marcha hasta acomodarse al límite de velocidad. Cincuenta kilómetros por hora, y hasta el policía parecía un tanto impaciente. Cuando este se aproximó hasta pisarle los talones Troy reconoció el grueso semblante de culturista de Wallace Bean, el oficial que lo había arrestado aquella noche secundado por Kevin Onken y Ronnie Whitmire. Troy no pudo evitar acordarse una vez más del sonido de la descarga de la pistola de Whitmire y de los gritos de Bean: «¡Joder! ¡Joder!» mientras Troy vociferaba el nombre de Loomis entre sollozos. Bean era tal vez el menos despreciable del trío: había sido el ala cerrada del equipo de fútbol cuando Troy estaba en el instituto, un muchacho fornido, atontado y afable, el único de los tres que parecía reconocer que había algo malo en el hecho de irrumpir en la casa de alguien para incrustar una bala en el techo del dormitorio de su hijo. «Su hijo está bien, no se preocupe, no se preocupe», le había dicho Bean mientras apoyaba su voluminosa mano en la cabeza de Troy para ayudarlo a entrar en el coche patrulla.
Pero, no obstante, la ironía de su aparición precisamente en ese angustioso momento le resultaba un tanto intolerable, y cuando vio los destellos amarillos de una señal que indicaba una zona escolar más adelante, se mordió con fuerza la cara interior de la mejilla hasta saborear su propia sangre. Se trataba de la escuela primaria del sur, a la que Loomis asistiría si las cosas hubieran sido distintas. «Zona escolar: 30 km/h: Zona escolar», proclamaba la señal, y no había nada que Troy pudiese hacer al respecto. Aunque circular a treinta kilómetros por hora se le antojaba ir más despacio que caminando, dejó que se desplomara el velocímetro. Ocho minutos y medio. Puso el intermitente en la esquina de Old Oak y la avenida Deadwood y Bean lo eludió al fin, haciéndose a la derecha. Siguió adelante sin reparar en Troy, concentrado en alguna misión que lo esperaba un poco más al sur.
Ahora que Bean se encaminaba hacia otro lugar, Troy se adentró en Deadwood a toda velocidad. Debía correr el riesgo y apretó el acelerador, conduciendo cada vez más aprisa. Sesenta, ochenta, cien kilómetros por hora. Dejó atrás el campamento de caravanas Búfalo Blanco, donde antaño pasara las horas de su infancia con Bruce, Michelle y el bebé Ray, así como las hileras familiares de viviendas desvencijadas que delimitaban el pueblo. Los vecinos estaban acostumbrados a que la gente circulase a toda velocidad por la avenida Deadwood con coches baratos con el tubo de escape averiado, de modo que ni siquiera levantaron la vista cuando pasó. Enfiló la salida de su calle, Gehrig, y derrapó en la gravilla de la carretera sin asfaltar. Nueve minutos y medio. Acometió rugiendo el camino particular y abrió la puerta del coche de un empujón, sin detenerse siquiera para cerrarla de un portazo, mientras se debatía con las llaves de su casa, que llevaba en el bolsillo. Franqueó la cancela a la carrera y se dirigió a la puerta trasera, y cuando vio a Jonah en el patio, frente a la puerta, ahuecando las manos en la ventana, tratando de asomarse al interior, ni siquiera tuvo tiempo de pensar en ello.
Cuando se acercaba comprobó que el color abandonaba el semblante sorprendido, alarmado y afligido de Jonah.
– ¡Oh! -dijo-. Hola, yo… -Y levantó las manos como si Troy se dispusiera a golpearlo.
Pero Troy no tenía tiempo para reflexionar. Apartó a Jonah de un empujón.
– Tengo mucha prisa -farfulló con una mueca, mientras sus dedos temblorosos introducían la llave en la puerta trasera. Manoteó frenéticamente. Abrió la puerta de un empujón y estuvo a punto de desplomarse en la cocina al precipitarse hacia el teléfono. Miró su reloj y marcó el número con dedos torpes y temblorosos.
Diez minutos y medio. Resopló ante el auricular.
– Número 1578835. Presente.
Se produjo un largo silencio. Y la voz de un hombre que parecía embriagado contestó:
– Vale. Estás limpio.
Ignoraba cuánto tiempo había pasado apoyado contra la pared, recuperando el aliento. Estaba un poco mareado, el corazón seguía latiéndole con celeridad, y anticipaba las preguntas que Lisa Fix podría formularle durante su próximo encuentro.
– Veamos -diría-. Martes ocho de octubre. ¿Por qué tardaste tanto en volver a casa? Casi once minutos. -Y tendría que haber una excusa.
Pasaron varios minutos hasta que se acordó de Jonah. Miró hacia la puerta trasera, que seguía entreabierta, y se amasó los hombros cansados con los dedos.
– ¡Jonah! -exclamó-. ¡Pasa! La puerta está abierta.
No hubo respuesta.
Haciendo un esfuerzo, se despegó de la pared con la que se estaba fundiendo y se dirigió a la puerta de pantalla.
– ¡Jonah! -repitió-. ¡Pasa!
Pero no lo vio por ninguna parte. Troy contempló el patio desierto, frunciendo el ceño. El viejo columpio colgaba lánguidamente de la rama del árbol.
– ¿Hola? -dijo. Pero no había nadie.
Crecieron juntos en Little Bow, Dakota del Sur. Los dos hermanos, Troy y Jonah. Corrían por el patio yermo dirigiéndose a las vías férreas, empuñando palos y gritando: «¡A la carga! ¡Apresadlos!», como si fueran soldados de dibujos animados, y Troy, que era el mayor, iba en cabeza. Descargaban sus armas sobre un batallón de malezas crecidas.
Sentados ante la mesa de la cocina, dieron cuenta de los bocadillos de mortadela que les había preparado su abuelo, y bajo las sillas se hallaba la perra Elizabeth , que apoyaba el hocico en las pezuñas con aire pensativo, confiando en que cayese la comida. Troy masticó en silencio durante un rato, adusto; tenía los ojos posados sobre Jonah. En ocasiones podía ser autoritario, incluso abusón, pero Jonah sabía que Troy lo protegería.
– Deberíamos construir una fortaleza, ¿no te parece? -sugirió Troy; era un soldado que departía con su consejero sabio y barbado, y Jonah asintió.
– Sí -afirmó, y recordó el amasijo de tablones y leños de cinco por diez que su abuelo había apilado detrás del garaje. Pasaron la tarde levantando el fuerte, y cuando su madre volvió a casa los llamó desde la puerta de atrás. Estaba exhausta después de una jornada de trabajo, pero deseaba hablar con ellos. Estampó un beso en la frente de Troy y acto seguido en la de Jonah, escuchando sus relatos mientras el abuelo Joe y la perra entraban sigilosamente en la cocina desde el pequeño trastero.
Y cuando fuesen adultos serían íntimos, pensaba Jonah. Habría un afecto sereno entre ambos, aunque siguieran un rumbo distinto. Se sentarían en los bares a beber cerveza juntos. Jonah se presentaría en el umbral de Troy cargado de regalos de Navidad para Loomis; se sentarían en el capó del coche de Troy, contemplando los fuegos artificiales del Cuatro de Julio, y después quizá fuesen de acampada, a ver el monte Rushmore o la Torre del Diablo; si Jonah tenía un neumático pinchado, llamaría a Troy, naturalmente.
– Necesito ayuda -le diría, y Troy haría algún chiste irónico. Y luego respondería:
– Claro, hermano. Llego en dos minutos.
¿Estaba trillado? ¿Era un cliché?
Jonah no estaba seguro. Lo cierto era que no sabía a ciencia cierta cómo se habría sentido en otra vida, en un universo alternativo. Había visto películas y programas de televisión, había leído libros, pero apenas concebía cómo podía ser la amistad cotidiana y duradera o la fraternidad.
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