Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– ¿Perro? * -repitió, vacilante, y Jonah asintió, un tanto azorado y jubiloso. Era la primera persona a quien le confesaba la verdad desde su llegada a Chicago, y el trance parecía sumamente peligroso. Se desabotonó la camisa y le mostró a Ernesto una parte de su pecho-. ¡Ay! -se lamentó este, y Jonah le sonrió, encogiéndose de hombros. Esperó, conteniendo la respiración, mientras Ernesto le tocaba la piel.

– El lobo* -explicó Jonah, pues sabía que así se decía «lobo» en español, y Ernesto se rió entre dientes, retrocediendo un poco-. No pasa nada -le aseguró Jonah, y Ernesto sonrió.

Sacó pecho y trazó una equis con el dedo sobre la piel desnuda de Jonah, zis, zas, como el Zorro.

Pasa nada -repitió, imitando a Jonah como si este fuese muy valiente. Jonah se dijo que quizá fuera el comienzo de una amistad.

Pero al cabo de unos días se presentó en el trabajo y descubrió que Ernesto ya no estaba allí. Cuando le preguntó al respecto, Alfonso se limitó a encogerse de hombros. Ernesto había sido asesinado, le explicó, apuñalado en una pelea frente a un bar en el barrio mexicano de la ciudad.

– ¡Joder! -masculló Jonah, que experimentó nuevamente aquella sensación de velocidad-. Pero si solo era un crío, ¿no? ¿Cuántos años tenía?

– No lo sé, primo* -respondió Alfonso, y lo miró adustamente-. Los suficientes para morir, supongo -dictaminó, y le enseñó la palma de las manos. Por supuesto, Jonah no era responsable de la muerte de Ernesto, pero la forma en que lo había mirado Alfonso le dejó una pátina de culpabilidad durante el resto de la noche. Iba a marcharse. Pensó en la mujer que se había apartado de él. «¿Tú qué eres?», le había preguntado. Jonah no lo sabía.

Y ahora, ¿qué? Estaba pensando en ese momento en el patio de Troy cuando este apareció de improviso, justo cuando Jonah ahuecaba las manos para asomarse a la ventana posterior.

Al día siguiente, cuando vio a Troy, consiguió explicarse con cierta facilidad.

– Perdona lo de… ayer -dijo-. Solo había pasado porque tenía que hacerte una pregunta sobre el horario. Espero no… haberte molestado.

Y Troy se encogió de hombros.

Hmmm -murmuró, distraído-. No pasa nada.

Pero a pesar de todo resultaba inquietante. Estaba tan ensimismado, recorriendo la circunferencia de la casa de Troy, palpando los cantos de las repisas de las ventanas, fingiendo que estaba en su hogar. Era su patio, su casa, el columpio de su hijo colgado del árbol. Lo limpiaremos y quedará muy bonito , estaba pensando, y entonces se volvió para ver a Troy corriendo.

Lo primero que presintió fue que Troy se disponía a golpearlo. Durante un instante supuso que Troy se había enterado de algún modo y se imaginó que lo derribaba y lo pateaba repetidamente en el estómago y las costillas. «¿Quién te crees que eres?», rugía. «¿Tú qué eres?».

Pero en cambio Troy lo apartó de un empujón. «Tengo mucha prisa», dijo, adoptando una expresión implacable, como si Jonah fuese un extraño al que acabase de conocer, y en algunos aspectos eso fue peor que un puñetazo. Jonah se quedó un momento en el patio mientras Troy desaparecía en el interior de la casa y sintió que se disipaba, que las otras vidas que había imaginado se elevaban, tan estúpidas como globos.

No era nada. Recordó a la mujer, Marie, que le decía con el rostro contraído: «Yo no tengo ningún hijo»; recordó los ojos afables y confusos de Ernesto mientras Jonah se debatía con palabras básicas: perro… dientes…* Vio a su madre, que lo observaba quedamente, expeliendo humo por la boca, cuando lo sorprendía balbuciendo a solas, y todos los artificios de su imaginación se vinieron abajo. Sintió que se encogía.

Se vio a sí mismo como lo había hecho Troy: un desconocido extravagante, un personaje secundario, indeseado, inoportuno, que se había presentado en el patio de su compañero de trabajo sin ninguna buena razón.

«¿ Qué estás haciendo aquí ?», había dicho la expresión de Troy, y Jonah sintió que el peso de aquella pregunta se desplomaba sobre él. Ignoraba la respuesta.

En términos prácticos, la vida de Jonah en San Buenaventura no difería mucho de la de Chicago. La casita rodante que había encontrado en un lugar llamado campamento de Camelot presentaba un aspecto tan anodino y anónimo como el estudio que le había alquilado a la señora Orlova. Los restantes residentes, consumidos por los problemas del trabajo y la familia, por los sufrimientos mundanos de la pobreza ordinaria, le prestaban poca atención. A veces los oía cuando les gritaban a sus hijos o estaban absortos en alguna discusión amorosa, pero raras veces los veía. Se mantenía apartado: veía la televisión, leía y procuraba esclarecer mentalmente las cosas.

Ese día, cuando al fin salió de la caravana, tenía tantas ideas en la cabeza que cuando se topó con otras personas estuvo a punto de sorprenderse. Eran las dos de la tarde y se dirigía al trabajo, sin dejar de escudriñar sus tarjetas imaginarias, y se detuvo en seco cuando los vio. Se trataba de un grupo de adolescentes sentados en el capó de un viejo Mustang aparcado en el camino de gravilla que discurría entre las caravanas. Estaba justo detrás de su coche, cerrándole el paso.

Los cuatro muchachos se estaban pasando un porro. Jonah se quedó petrificado en los escalones de madera que conducían a la puerta de pantalla de su caravana mientras ellos lo observaban, departiendo en susurros. No se habría alterado tanto si no hubiesen tenido un perro: una especie de chucho membrudo. Desatado. Se encontraba a escasos metros de Jonah, con el pelaje del lomo erizado como si fuera de espinas y ladrando. Jonah mantuvo la calma mientras contemplaba al animal. No tenía fuerzas para moverse ni hablar, y hubo de hacer un esfuerzo para no retroceder hasta la caravana.

Finalmente, uno de los chicos, el mayor de los cuatro, pareció reparar en su presencia.

– Oye, tío -le dijo, como si Jonah acabase de aparecer-, ¿cómo estás?

– Bien -respondió Jonah, circunspecto. El perro no se le acercaba, pero para llegar hasta el coche Jonah tendría que aproximarse a él. En Chicago se cambiaba de acera cuando divisaba a los propietarios de mascotas que paseaban a sus perros con una correa, y sabía qué parques debía evitar.

– ¿Eres nuevo aquí? -preguntó el chico, y sus seguidores sonrieron, examinando a Jonah con expectación. A los veinticinco años, su rostro seguía siendo demasiado juvenil como para ejercer autoridad alguna sobre ellos; a pesar de la cicatriz, la gente lo tomaba por un adolescente a menudo.

– Sí -dijo-. Me acabo de mudar. -Volvió a mirar al perro y el cabecilla de los muchachos siguió su mirada.

– ¡ Rosebud ! -exclamó el chico con firmeza antes de dirigirle a Jonah una media sonrisa maliciosa-. No te preocupes -le explicó-, no muerde a menos que yo se lo diga. -Cuando dio una fuerte palmada, Jonah comprobó que la perra se sentaba, obediente, lamiéndose los labios, con las orejas enhiestas, expectante.

El muchacho se dirigió de nuevo a Jonah y asintió, complacido, como el orgulloso propietario de Rosebud . No presentaba un aspecto amenazador, exactamente. Era bajo, tenía la cara redonda y llevaba una camiseta sin mangas. Le brotaba un vello parduzco sobre el labio superior y la barbilla, aunque aún no tenía bigote ni perilla. Sus ojos parecían básicamente cordiales, aunque estaban muy drogados, y hasta podría haberle parecido afable de no haber sido por la perra.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó el chico, después de haberse enfrentado un momento a Jonah, y este se aclaró la garganta.

– Jonah -contestó. Al parecer, los más jóvenes lo encontraron sumamente gracioso por alguna razón, pues se dieron codazos y rieron entre dientes, pero su líder se limitó a observar a Jonah con aparente interés.

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