Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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»Y bien -prosiguió-, ¿dónde está ahora el niño? ¿Qué le ha pasado?

Pero Vivian lo miró como si su mente hubiese derivado hacia una conversación completamente distinta.

– ¿A quién? -preguntó.

– Al hijo de Troy. ¿Dónde se encuentra ahora?

– Oh -repuso Vivian, y se encogió un poco de hombros, como si no le gustasen los chismorreos-. ¿Loomis? Ahora está con la abuela. ¿Por qué me lo preguntas?

– Por nada -respondió Jonah a la ligera. Debía ser cuidadoso, se recordó-. Es que, no sé, me gustan los niños. -Bajó la mirada mientras cortaba limas para la barra, confiando en que su silencio le recordase a Vivian que su esposa embarazada imaginaria había fallecido en el mismo accidente de coche que lo había dejado desfigurado.

Así fue, pensó. Vivian también guardó silencio unos instantes.

– Bueno -suspiró, y ambos miraron dubitativamente a Troy, que estaba atendiendo la barra. Vieron cómo se detenía alargando la mano hacia abajo brevemente, frotándose levemente la pantorrilla, tocándose la tobillera.

17 8 de octubre de 1996

Los martes, Troy recorría las calles de San Buenaventura a bordo de un camión. Llevaba a cabo labores de embellecimiento. A veces lo llevaban a una instalación regentada por el condado (el aseo de un área de descanso de la autopista interestatal, por ejemplo) para restregar las inscripciones repugnantes, pueriles y desesperadas de la superficie de los reservados con un cepillo de cerdas de alambre; o transitaba por el arcén de la autopista ataviado con un chaleco reflectante, empuñando un recogedor y una bolsa de basura de plástico. La semana anterior se había pasado el día en lo alto de una escalera, bajo un puente del ferrocarril, limpiando con un chorro de arena una declaración pintada con aerosol: «Jim quiere a Athena», una letra tras otra.

Ese era su día de «servicio a la comunidad», su día libre en el Stumble Inn. Lisa Fix se había asegurado de que tuviera el peor trabajo posible, a modo de venganza por haber rechazado el empleo en el departamento de retraso mental que le había ofrecido originalmente. A las siete de la mañana se presentaba para entregar sendas muestras de sangre y de orina, y después esperaba silenciosamente con su chaleco y su mono de trabajo en compañía del resto de sujetos de su ralea: conductores borrachos y alborotadores, maltratadores de esposas y niños y defraudadores, todos ellos a la espera de que los condujesen a su penitencia. Al menos, estaba agradecido de que apenas hubiese conversación entre ellos. Era como la sala de espera de un médico. Se agrupaban en el aparcamiento, con la cabeza baja, hasta que aparecía un supervisor. Se los llevaban en grupos de dos o de cuatro.

Aquel día su compañero era un hombre al que conocía superficialmente: J. J. Fowler. No se saludaron exactamente, aunque se había producido un breve y significativo intercambio de miradas mientras ambos esperaban, expuestos al gélido aire matutino, y otro cuando los seleccionaron a ambos para el camión de los muertos. Durante las siguientes ocho horas deambularon recogiendo los restos de animales atropellados: gatos, perros, ardillas, zarigüeyas, mofetas, mapaches y, de tanto en tanto, ciervos. Era posiblemente el trabajo más sucio del lote, pero Troy y J. J. no dijeron nada cuando se subieron al camión, en el que había un trabajador en libertad condicional sentado con desgana tras el volante.

En el pasado, J. J. había sido un cliente habitual del Stumble Inn los viernes y un consumidor mensual de la marihuana (y ocasionalmente las setas) de Troy. Solían mantener conversaciones agradables y despreocupadas, pero mientras circulaban lentamente a bordo del camión, Troy guardaba silencio y J. J. miraba al frente a través del parabrisas. Troy ignoraba cuál había sido el delito de J. J. (podría haber sido cualquier cosa, se dijo), pero ya no eran los mismos de antaño. Se toparon con un gato común que tenía la huella claramente visible de un neumático en el lomo. Se bajaron del camión y J. J. empleó una escoba para arrastrar el cadáver agarrotado hasta la pala de boca ancha que empuñaba Troy. J. J. lo observó elusivamente, pero no dijo nada cuando Troy arrojó al gato a la parte trasera del camión. Eran aproximadamente las ocho y media de la mañana.

Últimamente había estado pensando mucho en Carla.

Habían tenido noticias suyas por última vez a finales de abril, cuando llamó para charlar un minuto con Loomis. Había sido casi doloroso ver cómo se encendía el rostro del niño, sus ojos brillantes y su amplia sonrisa, la timidez y la ternura con la que había dicho: «Hola, mamá», con un rubor de placer. Troy se quedó a la escucha, apoyado contra el marco de la puerta, mientras Loomis se dirigía vergonzosamente al auricular, pues aún no era ducho en conversaciones telefónicas.

– Sí -dijo Loomis, escuchando atentamente-. Ajá… ajá… vale. -Y Troy se preguntó qué le estaría diciendo Carla para que refulgiese de ese modo.

Pero cuando Loomis le devolvió el teléfono al fin, la voz de Carla era queda y también, pensó Troy, un poco inarticulada.

– No podré volver a llamar durante una temporada -le dijo.

– Bueno -replicó Troy-, tampoco es que hayas estado llamando regularmente. Te echa de menos, sabes.

– Que te jodan, Troy -le espetó ella-. ¿Es que crees que no lo sé? No intentes que me sienta como una imbécil.

– No lo hago -le aseguró, y frunció el ceño adustamente al escuchar el bullicioso trasfondo de personas hablando a grandes voces: se hallaba en un bar, quizá, o en una fiesta-. Oye, Carla -continuó-, te voy a mandar una de esas tarjetas de crédito… ya sabes, las que te da la compañía telefónica. Puedes cargar las puñeteras llamadas a mi número, no me importa.

Ella guardó silencio. Al otro lado de la línea Troy distinguió las carcajadas de personas cercanas. Muy borrachas.

– Te enviaré un poco de dinero -propuso-. ¿Necesitas dinero?

Ella no dijo nada.

– Dame una dirección -dijo, y al cabo de una larga pausa, ella murmuró el número de un apartado de correos, un código postal de Las Vegas.

– Tengo que irme -añadió, circunspecta. Y entonces, por un segundo, su voz se ablandó:

– Gracias -dijo.

Eso había sucedido hacía seis meses. Carla había cobrado el cheque por valor de trescientos dólares que le había enviado, pero jamás había utilizado la tarjeta telefónica. En junio le había enviado otro cheque, en esta ocasión de cien, al mismo apartado de correos. Incluso durante la debacle de su arresto y subsiguiente libertad condicional había vigilado atentamente su cuenta bancaria, esperando la llegada de un cheque cancelado con la firma de Carla en el dorso. Pero nunca se produjo.

Recientemente había empezado a pensar que quizá estuviera muerta. A pesar de todas sus imperfecciones, Troy seguía creyendo que Carla amaba a Loomis, y le costaba comprender su silencio. Habría llamado , se decía. Habría llamado . Y entonces se le había ocurrido, como si fuera el hálito frío y nebuloso de una premonición: estaba muerta. Carla está muerta , murmuraba una voz en su mente, y nadie se había molestado en ponerse en contacto con él ni con su madre . ¿Era posible? Intentó decirse que no, pero la idea lo hostigaba, y descubrió que regresaba, inoportuna, en diversos momentos del día. Hasta había pensado en preguntarle a Lisa Fix si existía alguna agencia gubernamental con la que pudiera ponerse en contacto, algún almacén de datos que tuviese un archivo de tales cosas.

Pero temía perseverar. Apoyó la cabeza contra la ventanilla del copiloto del camión, procurando desterrar de su mente la imagen de su rostro exánime. Asesinada, tal vez, estrangulada o apaleada. O lo que era más probable, víctima de una sobredosis de drogas.

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