Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Era un sitio desdichado, se dijo Jonah. El patio estaba abierto y descuidado: el césped había crecido demasiado y se hallaba infestado de malas hierbas y franjas de maleza. En un rincón había un árbol moribundo: la mitad de sus ramas estaban secas y desnudas; las demás todavía estaban pobladas, pero raleaban. El terreno presentaba el aspecto de una propiedad que hubiese estado tanto tiempo a la venta que pudiera considerarse abandonada, pero el Corvette avejentado aparcado en el sendero indicaba la presencia de alguien, así como el simple hecho de que el cartero estuviera entregando cartas en aquella dirección. Jonah se incorporó para observarlo. Vestido con pantalones cortos de color caqui y zapatos y calcetines negros, el cartero recorrió la acera a grandes pasos para introducir un paquete de sobres en el buzón. Jonah imaginó que las cartas que había considerado escribir llegaran de ese modo hasta aquella infortunada casa y se le cayó el alma a los pies.

La determinación que lo había fortalecido durante su larga travesía pareció abandonarlo como un espíritu elevándose de un cadáver. Lo único que debía hacer era recorrer la acera; lo único que debía hacer era reunir el coraje necesario para plantarse ante la puerta principal y tocar el timbre con el dedo. Intentó proyectarse hasta ese momento.

Este: Troy Timmens acude a la puerta y observa a Jonah con moderada curiosidad. Se parecen de algún modo sorprendente.

– Tengo cierta información que podría interesarte -dice Jonah, y le entrega el paquete de la Agencia Buscapersonas-. Creo que tenemos la misma madre -añade suavemente, con un tono sosegado, para mitigar el trastorno de Troy-. Me parece que somos medio hermanos.

Y entonces extiende la mano para que Troy se la estreche.

– Me llamo Jonah Doyle -prosigue-. Hace mucho que deseaba conocerte.

Pero a pesar de su imaginación, Jonah no hizo nada. Se quedó sentado contemplando la puerta, pensando en su madre.

– Ni siquiera lo miré -le había relatado esta en una ocasión-. Ni siquiera me dejaron mirarlo. -Las enfermeras se habían llevado al bebé mientras ella seguía bajo los efectos de la anestesia, y Jonah se la imaginó mientras se sumía en aquel sopor; imaginó el rastro tenue del llanto de un niño propagándose por un extenso pasillo desdibujado mientras ella dormitaba y soñaba, y por último los gemidos intermitentes de la criatura, que menguaban hasta convertirse en un punto de silencio, mientras la energía estática blanqueaba la mente de su madre.

»Sería una persona distinta si me hubiese quedado con ese bebé -había afirmado una vez, obnubilada y jubilosa, y sus ojos se concentraron y adquirieron severidad.

«Debería haberte entregado a ti también -añadió, y Jonah apoyó la cabeza contra ella mientras le acariciaba la cara, recorriendo sus cicatrices con la yema del dedo-. Lo sabes, ¿verdad? -murmuró-. Podría haberte dejado ser feliz.

Incluso ahora, el recuerdo le asestó un golpe de soslayo. Volvió a ver la casa junto al mar, el pintoresco paisaje en el que había penetrado siendo niño. Después se incorporó abruptamente.

Había surgido un hombre de la casa de la avenida Gehrig. Había salido por la puerta trasera, ataviado con una camisa blanca abotonada y unos pantalones negros, pero Jonah solo vislumbró un atisbo de su persona: se trataba de un tipo de hombros anchos y estatura media con la constitución de un luchador de instituto, el cabello ondulado y negro, la tez olivácea y una cojera imperceptible y permanente. Cerró de un golpe la puerta del viejo Corvette mientras aceleraba el motor. Jonah se asombró ante la serenidad que experimentó al arrancar su propio coche y apartarse del bordillo. Podría haberte dejado ser feliz , pensó, y rechinó los dientes con fuerza.

En una película, este momento exige ciertos movimientos de cámara delicados. La cámara sobrevuela un instante el pueblo de San Buenaventura, acompañada por el bordoneo atmosférico de unos acordes, y al siguiente se escora en pos de los dos automóviles en movimiento, que desde lo alto casi tienen dos dimensiones. El Corvette rojo de 1981 que se dirige al centro del pueblo dobla a la izquierda, seguido por el traqueteo del minúsculo Ford Festiva rectangular, el viejo coche de la madre de Jonah, con las juntas y las abolladuras teñidas de blanca herrumbre. El cielo es gris. Las hojas de los árboles conservan su verdor, pero la proximidad del otoño es palpable. La cámara desciende lentamente cuando los vehículos se aventuran por la calle mayor, franqueando los escasos semáforos para finalmente acceder a una calle lateral: una sucesión de escaparates lóbregos y deslucidos pasada la cual el pueblo empieza a diseminarse en albergues marchitos, parques de caravanas y campos. El ojo de la cámara se posa por fin en el semblante de Jonah. El coche de Troy se desliza en una plaza de aparcamiento en paralelo y aparece su conductor, que se incorpora del asiento reclinado, cojeando suavemente hasta un bar iluminado por un letrero de león intermitente que reza: Stumble Inn, con las letras dispuestas en vertical y la silueta de un delgado vaquero de neón apoyado contra las palabras.

En la película, la cámara se detiene durante largo tiempo en el rostro de Jonah. Este permanece impasible, con la mirada fija, pero a lo mejor la música sugiere emociones complejas, derivando hacia una clave menor y una leve discordancia, acercándose cada vez más a su rostro desfigurado, a su ojo, cuya pupila se dilata más y más, como si se adentrara en una habitación oscura.

Como estaba haciendo, en efecto.

Jonah penetró en el lóbrego bar, que despedía un tenue hedor húmedo, como el de una tumba, mientras de la gramola emanaba una música desangelada. Eran las tres en punto de la tarde y el local estaba tranquilo. Jonah estaba suspendido fuera de su cuerpo, observando. Había una mujer mayor, una camarera, atareada ante una pizarra que anunciaba la comida que se podía adquirir, borrando afanosamente «Chimichanga de chile y pollo, cuatro dólares», y dos obreros tiznados de pintura sentados frente a la barra que contemplaban absortos una televisión silenciosa instalada sobre las botellas de licor mientras en un programa de noticias del mundo del espectáculo entrevistaban a una belleza a la que Jonah no logró reconocer. En el otro extremo de la barra había un sujeto de calva incipiente con una chaqueta deportiva a cuadros que introducía el dedo en el vaso para extraer un cubito de hielo y comérselo; en el extremo izquierdo había dos jóvenes pelirrojas y corpulentas jugando al billar bajo la atenta mirada de sendos niños pelirrojos que balanceaban las piernas sobre el borde de otra mesa desocupada y compartían una bolsa de palomitas de maíz. Por lo demás, los reservados que jalonaban las paredes y las mesas desperdigadas por el angosto recinto estaban vacías.

Ninguna de esas personas miró a Jonah. Cuando entraba en un sitio así, con una cara como la suya, anticipaba la curiosidad hostil de los parroquianos, pero no hubo ninguna. Parecía invisible, empapándose de la atmósfera mientras procuraba localizar al individuo al que había seguido. Se aproximó cautelosamente a la barra y la camarera giró en redondo.

Reaccionó como era habitual al verlo: con una ojeada atónita y sobresaltada, tragando saliva cortésmente a modo de respuesta, siguiendo subrepticiamente con la mirada su cicatriz, y la pregunta: Joder, ¿qué le habrá pasado ? reverberó quejumbrosamente contra Jonah mientras la camarera parpadeaba y recuperaba la compostura.

– ¿Le puedo ayudar en algo? -preguntó, y Jonah se aclaró la garganta.

Estoy buscando a Troy Timmens , pensó en decirle. Pero se limitó a mirarla fijamente un instante, con los brazos cruzados sobre el pecho.

– Estaba… leyendo el menú -respondió, vacilante-. ¿La cocina sigue abierta?

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