Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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La tapa de una lata de sopa parecía un rostro arrugado y sin expresión.

¿Eso significaba algo? ¿Contenía un mensaje? Recibir aquellos pensamientos (símiles, metáforas) era acercarse más al mundo espiritual. Por lo menos eso esperaba ella. Le asustaba pensar que el mundo fuera simplemente una serie de ecos, un objeto que reflejase a otro aleatoriamente, sin contenido, una serie de repeticiones inmensa, multiforme y absurda. La idea le produjo un estremecimiento, mientras observaba un cilindro gelatinoso de crema de sopa de pollo que resbalaba hasta la pequeña cazuela. Se dirigió al fregadero y llenó de agua la lata vacía, que procedió a derramar sobre la jalea temblorosa de sopa condensada. Esta se erosionó un poco. Pensaba en una boca, en sus dedos.

La pregunta, pensaba Nora, era cuándo habían empezando a torcerse las cosas. ¿Cuándo había empezado a perder el control de su mente?

En 1971, cuando nació Jonah, ella se encontraba bien. Tenía veintiún años. Habían transcurrido cinco desde el nacimiento de su primer hijo y estaba más tranquila. En ese momento vivía en Chicago con Gary Gray. Su vida era más o menos estable. Gary trabajaba en la construcción y tenían una casita en el lado oeste. Recordaba su vientre hinchado y sus dificultades para ponerse de rodillas para plantar petunias en los arriates que había junto a la pared de la casa. Recordaba que se había puesto enorme; «una ballena», se llamaba a sí misma, y así fue como se les ocurrió el nombre: como una broma.

– Me siento como una ballena -dijo, y Gary Gray había tenido una ocurrencia sobre «el pequeño Jonás» que había en su vientre. Ella había llamado a su padre para decirle que iba a tener un hijo y que probablemente se casaría. Solo lo dijo para que fuese feliz. Cuando nació, Jonah no le dolió tanto como el primero, ni mucho menos.

14 3 y 4 de septiembre de 1996

Nebraska.

La oscuridad impenetrable que anegaba las carreteras nocturnas, el espacio que se desplegaba más allá de la carrocería del automóvil de Jonah, el vacío. Los faros arrancaban destellos a las señales de la carretera, imponentes formas geométricas que se materializaban abruptamente, como si fuesen ojos de animales.

Los días no eran mejores, la verdad. Los pueblos se sucedían a intervalos de veinte o treinta kilómetros, destacamentos provistos de elevadores de grano que evocaban almenas erigidas en la pradera, así como las planicies y los pastos que los rodeaban: redondas pacas de alfalfa dispuestas como las rocas de Stonehenge en los campos limpios y segados; árboles desnudos y solitarios y casas desvencijadas en terrenos yermos infestados de rastrojos, terrones y polvo; amplias expansiones de trigo, maíz y girasoles con millares de cabezas vueltas hacia el este en dirección al sol. Los mirlos se posaban en las caras de los girasoles antes de remontar el vuelo con un tenebroso aleteo. Los nubarrones amoratados, cumulonimbos bajo el cielo pálido, se acumulaban a lo largo del horizonte en el que se internaba la carretera.

A medida que avanzaba, Jonah era consciente de su propia existencia como una presencia, una sensación, una banda sonora llena de disonancia.

Si esta fuera su película, este sería el principio: una panorámica aterradora. Rebobinaba el casete una y otra vez, volviendo a la misma canción, con su inconfundible guitarra melancólica y destemplada acompañada por las notas incisivas de un xilófono. Cuando el vocalista empezaba a cantar, Jonah lo secundaba. Mientras contemplaba la vertiginosa autopista a través del parabrisas, se entretenía imaginando que veía los títulos de crédito superpuestos en el horizonte.

Pensaba en su viejo amigo (su otrora amigo) Steve con las palmas de las manos levantadas, extendiendo los pulgares para encuadrar el concepto de una escena.

– La historia comienza a finales de verano -musitó Jonah, remedando los susurros de los narradores masculinos de voz gruesa que entonaban los avances de los próximos estrenos-. Comenzó en septiembre, apenas seis meses después de que el muchacho cumpliese veinticinco años. -Pero eso no sonaba bien, de modo que volvió a empezar-. La historia comienza… -repitió. Le gustaba cómo sonaba eso.

Murmuraba lo mismo entre dientes mientras cargaba sus pertenencias en el viejo coche de su madre. Algunos libros, ropa y discos compactos.

– Corría el mes de septiembre. Él tenía veinticinco años. Nadie sabía que se marchaba. Ni adónde iba. -Empacó algunos cuadernos. Algunos platos de los que odiaba separarse. Ropa. Una tienda de campaña que había encargado por catálogo.

El resto (baratijas de segunda mano, un abrigo de invierno, un radiocasete despertador de la RCA cochambroso y destartalado, revistas y periódicos, detergente, latas de sopa, kétchup y un tarro mediado de pepinillos en el frigorífico) lo dejó en su sitio. Suponía que al cabo del tiempo tendrían que recogerlo la señora Orlova o su esposo; cuando no hubiesen recibido el cheque del pago del alquiler durante una temporada entrarían en su habitación amueblada. Quizá esperasen a medias encontrarlo muerto, que se hubiera suicidado o que hubiera sufrido un ataque al corazón, aunque fuese joven. Sasha, el marido de la señora Orlova, farfullaría una maldición en ruso mientras tironeaba del llavero que pendía de su cinturón. Jonah había pensado en decirle algo a la señora Orlova, en llamar a su jefe en el restaurante, pero en el último momento no lo había hecho. Decidió que lo mejor era desaparecer por las buenas.

Y sin embargo, cuando se despertó esa mañana, creyó que seguía en Chicago. Se imaginó el entorno familiar de su estudio: la cama, la lámpara cubierta de polvo, la mesita de noche con los libros apilados, el sonido del tren elevado que traqueteaba al otro lado de la ventana, la expectación que le producía el horario del restaurante, anunciado en un tablón de corcho en el lóbrego corredor del sótano. La vida que había vivido durante más de tres años, en vano.

Se encontraba en una tienda de campaña. Vio una sombra que se ondulaba sobre la superficie de tela, una forma susurrante, y al cabo de un instante adquirió conciencia del recuerdo de que había viajado y se había registrado en el campamento, un parque KOA situado en la linde de San Buenaventura. Cuando bajó la cremallera del habitáculo para arrastrarse hasta el otro lado, el sol despuntaba en el horizonte. Allí estaban su coche repleto de posesiones y la aerodinámica caravana aparcada enfrente. Había una pareja de mediana edad, formada por una mujer de cabellera castaña y un hombre barbado y grueso ataviado con una camisa hawaiana, sentados frente a la caravana en sendas sillas de jardín mientras su hijita jugaba en las proximidades. Estaban viendo una pequeña televisión portátil mientras comían melocotones y lo saludaron con un ademán benévolo cuando los miró, renqueando sobre la gravilla con los pies descalzos para llegar hasta el coche. Abrió la portezuela y se sentó, contemplando la carretera mientras se ponía los zapatos y trataba de pensar.

No era muy cinematográfico, sentarse en el asiento del conductor con los cordones desatados, mirando a los guijarros. El sol estaba suspendido como indeciso sobre el horizonte, gelatinoso y tembloroso como la yema de un huevo sin hacer. Presentía el filo del desaliento mundano que volvía a alzarse, como hiciese con frecuencia cuando estaba en Chicago. ¿Ahora qué?

Se quedó sentado estudiando un mapa que había arrancando del listín telefónico de una cabina, siguiendo el acertijo de calles hasta hallar al fin la que buscaba: estaba al otro lado del pueblo, en el mismo confín de este. Metió la mano bajo el asiento y dio con un par de binoculares, que depositó en el asiento del copiloto. Escuchó a la chiquilla de la caravana mientras esta canturreaba desafinadamente: «Mañana, mañana, te querré mañana» y la observó un momento mientras golpeaba distraídamente a su muñeca con un palo, marcando el ritmo de la canción. Se ató los cordones.

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