Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Déjalo -masculló entre dientes-. Ya basta. -Y él no había protestado, sino que había mirado inexpresivamente a la mano con la que había estado hablando.

– Has matado a mi amigo -repuso, con su voz infantil, aguda y cristalina, haciendo que se le erizase el vello de la nuca. Jonah la observó con sus ojos graves e inefables, y Nora repitió:

– Déjalo. Ahora mismo. -Sabía que estaba mal, pero hundió las uñas con saña en la carne de su mano agarrotada. Si se hubiese puesto a llorar, ella lo habría cogido, lo habría abrazado, le habría acariciado el cabello y lo habría acunado contra su hombro. Le habría dicho: «Lo siento, lo siento, Jonah, mami no quería hacerte daño». Pero él se limitó a mirarla fijamente.

– ¡Ay! -dijo al fin-. Me estás pellizcando. -Y entonces ella se detuvo. Aflojó su presa.

Últimamente, cuanto más pensaba en hallar una forma de morir, más la acechaban aquellos recuerdos. Cuando la puerta del cuarto de baño se abría por voluntad propia ella permanecía a la espera, expectante, y al cabo de un momento encendía un cigarrillo. Le temblaban las manos, pero lo conseguía: acercaba la llama del encendedor a la punta y aspiraba hasta que la ceniza empezaba a refulgir. Inhalaba el humo y se serenaba. No se serenaba lo bastante como para entrar en el cuarto de baño, sino que se quedaba con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando desapasionadamente al oscuro interior de la habitación. Jonah volvía a casa del trabajo en el asilo de ancianos a las siete y media. Si entraba en la casa, era probable que cesara la actividad espiritual.

Era consciente de que estaba temblando, estremeciéndose como alguien que hubiera estado expuesto al frío durante mucho tiempo. Tenía cuarenta y tres años. Solo eran las cinco de la tarde.

De tanto en tanto intentaba precisar el momento en el que había empezado a volverse loca. Los psiquiatras con los que había hablado querían discutir la muerte de su madre; querían hablar sobre lo que le había sucedido en la Casa de la señora Glass, pero ella siempre se impacientaba con aquellas conversaciones. Sí, había sido terrible perder a su madre. Sí, había sido muy traumático dar a un bebé en adopción. Pero entonces las cosas le iban muy bien. Se las había arreglado durante cinco años; hasta había sido feliz.

Entre 1966 y 1971 pasó de los dieciséis a los veintiuno sin ningún problema auténtico. Hasta podría decirse que habían sido los mejores años de su vida: después de abandonar la residencia, antes de que naciera Jonah. Resultaba sencillo desvanecerse en el mundo en aquella época, cuando el mundo estaba cambiando tan deprisa, todo se transformaba y se rehacía de nuevo. Le dieron el alta en la Casa de la señora Glass un lunes, aproximadamente una semana después de que naciera el niño, y supo que no volvería con su padre. Ya se había marchado cuando la camioneta de este se adentró en el sinuoso sendero de la Casa de la señora Glass, y cuando lo llamó desde una cabina telefónica de Omaha al cabo de unos días para decirle que se encontraba bien, había probado la marihuana por primera vez y la acompañaba su nueva amiga Maris; las dos se reían entre dientes mientras ella apretaba la boca contra el auricular.

– Aquí siempre tendrás una habitación -le dijo su padre, muy serio, y ella respondió:

– Lo sé, papá. Gracias, lo sé. -Miró a través de la pared de cristal de la cabina telefónica a un chico con una melena desgreñada de cabello castaño oscuro que se inclinaba sobre su mochila mientras esperaba para conducirlas a un lugar que conocía, una casa comunal donde podían quedarse gratis-. Voy a quedarme con una amiga una temporada -le dijo. El cristal de la cabina telefónica estaba maravillosamente frío, casi líquido, cuando lo tocó, y el chico la miró y sonrió. Al cabo de unos días, el chico y ella hicieron autostop hasta Denver; más adelante se subió a un Nash azul de 1955 con otras cuatro chicas hasta San Francisco, y después vivió una temporada en Fresno. No volvió a llamar a su padre después de aquella ocasión durante casi tres años. Le enviaba postales, cartas escuetas de una sola página cuyos márgenes estaban decorados con dibujos de flores: era feliz, no pensaba en nada, le iba muy bien.

A veces intentaba pensar en aquellos años con más precisión. En una ocasión arrancó un fajo de hojas de un cuaderno para intentar redactar una cronología. Escribió «julio de 1966» en la parte superior de la primera página, «agosto» en la siguiente y así sucesivamente. Acto seguido tomó asiento ante la mesa de la cocina frente al conjunto de hojas de papel en blanco, mientras en su mente oscilaban y se desenmarañaban una docena de delgadas hebras. Se dio cuenta de que no lograba ordenarlas. Y descubrió que no estaba segura ni siquiera de las cosas que creía recordar. Empezó a recordar, por ejemplo, que había conocido a una chica llamada Maris en la terminal de autobuses de Omaha, una chica avispada de mirada soñolienta, con el cabello trenzado, que estaba sentada junto a una mochila rebosante. Pero entonces cayó en la cuenta de que «Maris» era el nombre de la muchacha que había desaparecido de la Casa de la señora Glass un día en los albores de marzo. ¿Habrían existido dos chicas que se llamasen Maris? No le parecía probable, y sin embargo estaba segura de que la muchacha con la que se había alojado en la comuna de Omaha era Maris. Habían sido amigas… ¿durante cuánto tiempo? ¿Cuándo la había visto por última vez? ¿Qué había sido de ella? Se quedó sentada contemplando las hojas de papel en blanco.

Eso la había preocupado toda la noche. Había sentido que la acechaban mientras deambulaba por la casa a las tres de la madrugada y los espíritus ocupaban furtivamente sus puestos, como sombras que se detuvieran un instante bajo el haz de luz de una linterna. La casa estaba llena de fantasmas, y Nora se detuvo ante la cama de Jonah y dirigió la linterna hacia su rostro durmiente.

– No… no… -farfulló este, apretando los ojos y haciendo aspavientos ante la luz como si esta fuese una telaraña-. ¡Déjalo ya! Tengo que dormir. -No comprendía la gravedad de la situación.

Podía soportarlo cuando solo sucedía por las noches. Pero ahora que volvía a suceder durante el día, no estaba segura. Permanecía largo rato frente a la puerta del cuarto de baño, hasta que el cigarrillo se apagaba. Entonces regresaba a la cocina, pensando en prepararse algo para comer. Se sentiría mejor si comiese algo, pensó. Un poco de sopa, tal vez.

Encontró una lata de sopa en el armario y la puso sobre la mesa. Después descubrió un abrelatas en el cajón y lo depositó junto a la lata. Finalmente halló una cazuela y también la colocó en la mesa. Allí había tres objetos reales. No se volvió hacia el cuarto de baño, cuya puerta seguía abierta. No percibió el suave chasquido de las negras uñas de Elizabeth contra el suelo de la cocina.

– Vale -dijo-. Vale. -Se miró la palma de la mano. Cuando movió los dedos, los pliegues de las articulaciones se abrieron y se cerraron como si fueran bocas de pajaritos que gorjeaban. Era una idea terrible. ¿Por qué los pliegues que había entre sus dedos habían de recordarle a bocas? ¿Por qué una cosa debía parecerse a otra? Le vino a la cabeza una palabra de sus remotos días de escuela… ¿La escuela primaria? ¿O la secundaria?

Símil , pensó. Se emplea la palabra «parece» o «como». Mi amor parece una cereza. Sus mejillas eran tan rojas como manzanas.

Era una especie de locura, pensó, que hubiese tales ecos en todas partes. Hacían que el mundo fuese indefinido, convirtiéndolo todo en una suerte de rompecabezas cruel.

Las asas de los cajones parecían ojos.

El árbol del jardín inclinaba la cabeza como si fuese una persona orando.

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