Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Al principio pensó en escribir una carta. «Querido Troy Timmens», comenzó, y se quedó sentado contemplando aquellas palabras durante más de un mes. Añadió: «me llamo Jonah Doyle y soy tu hermano». Y acto seguido lo borró. Escribió: «puede que no lo creas, pero». Y: «te escribo para informarte de que creo que somos parientes. Espero que quizá te interese un encuentro y».

¿Y qué? La carta estaba sobre la mesa cuando se levantaba por la mañana, así como un libro que había adquirido, titulado El viaje de un niño adoptado . Cuando llegaba a casa del trabajo seguía allí, esperándolo, muda. Una hoja amarilla de tamaño legal: arrancaba la primera página y anotaba la nueva fecha en la parte superior (diciembre, enero, febrero) y a continuación escribía «querido».

A veces llegaba más allá del saludo, y hasta escribía las primeras líneas del párrafo inicial. Abría El viaje de un niño adoptado y lo hojeaba con irritación, buscando una pista que le indicase cómo debía proceder. Entonces a lo mejor decidía salir a dar un paseo para aclararse la cabeza y reflexionar. A lo mejor iba a ver una película y se sentaba en el bar de la esquina a tomar unas cervezas. Después, de nuevo en casa, un tanto aturdido por el alcohol, se encontraba escribiendo cosas que no podría enviar jamás.

Querido Troy Timmens,

Había una vez una mujer que tuvo dos hijos. Abandonó al primero cuando era una adolescente y lo lamentó durante el resto de su vida. Se quedó con el segundo y lo lamentó aún más.

O, peor aún:

Querido hermano,

Pensaba en ti constantemente cuando crecía. Nuestra madre hablaba de ti y exclamaba que se odiaba a sí misma por haberte abandonado. «Soy la clase de mujer que abandona a su propio hijo», decía, y yo me sentaba a pensar en ti. Me preguntaba por qué se había quedado conmigo. ¿Por qué fui yo el que se quedó?

No le costó encontrar la calle en la que vivía Troy Timmens. Tuvo que detenerse en el arcén un par de veces para consultar el mapa, pero las calles se sucedían con una inevitabilidad casi extraña, así como en los sueños el camino que atravesaba un bosque se acercaba cada vez más a algo expectante y desconocido: una casa, un tesoro o una forma con ojos pequeños y garras relucientes que se elevaba entre las hojas salpicadas de luz. Cuando vio la señal detuvo el coche y estacionó junto al bordillo.

Había empezado a estremecerse sin previo aviso y hubo de aferrarse al volante. Temblaba como si en su interior hubiera un pequeño motor como el que impulsaba una vieja máquina cortacésped, castañeteando los dientes. La sima cavernosa de anticipación creciente que había sentido en el estómago hasta entonces se había convertido abruptamente en un abismo monstruoso. Era terror de una especie que ni siquiera lograba identificar: se hallaba en algún punto en el extremo del espectro del miedo escénico, que paraliza y agarrota los huesos, y se convertía en algo infantil y primario, como el pánico en estado puro que provoca una luz que se apaga o una puerta que se cierra con llave.

En el extremo de la avenida Gehrig, la calle de Troy, se sintió momentáneamente abrumado, como si en su interior tañera un alambre delgado y tirante. Se cubrió la cara con las palmas, respirando contra las manos ahuecadas.

No sabía si lograría llegar hasta el final.

La primera vez que intentó llamar a Troy fue en su cumpleaños, en marzo. Empezaba a comprender que no terminaría nunca las cartas que había proyectado, que no encontraría nunca las palabras adecuadas que pudiera sellar en el interior de un sobre y consignar al mundo varío, completamente fuera de su control. Aunque en efecto encontrase el coraje necesario para enviar una carta, sabía que no soportaría la espera en la distancia, imaginando durante días y semanas el momento en el que la misiva se introdujera en el buzón, el instante en el que Troy Timmens la abriese y (por muy elocuente que fuese Jonah) repasara las columnas de palabras.

La noche de su vigésimo quinto cumpleaños Jonah compró doce latas de una selecta cerveza alemana para prepararse. Se había bebido tres cuando telefoneó a la casa de Troy. Eran las diez de la noche en Chicago, las nueve en San Buenaventura, Nebraska, y Troy respondió tras el primer tono.

– Buenas -dijo: tenía una voz profunda con acento rural, abrupta y gruesa. Jonah abrió la boca y de esta manó silencio.

»¿Hola? -añadió Troy, ahora más formal y cauteloso. Y al cabo de otra larga pausa:

– ¿Carla?

Y Jonah colgó bruscamente.

Volvió a llamar a finales de abril, y de nuevo en mayo, y en ambas ocasiones sucedió lo mismo. Aunque había elaborado un guión, no consiguió decir nada. Despegaba los labios para hablar, pero solo era capaz de balbucear. Imaginaba que se adentraba dando tumbos en aquella pausa deslumbrante y se le encendía el rostro debido al rubor. Seguro que parecía un idiota, pensó. Hola. Me llamo Jonah Doyle, y yo… Imaginaba que una detestable turbación impregnaba su voz y el autodesprecio le hacía cosquillas en la piel. En abril colgó sin decir nada. En mayo dijo:

– ¿Está… está Jonah Doyle?

Y Troy respondió:

– Me parece que se ha equivocado de número.

Cuando llamó en junio había decidido adoptar una táctica distinta. Había resuelto que tal vez obtuviese mejores resultados si simulaba llevar a cabo una encuesta para el Instituto de la Casa de la señora Glass, y entonces se había sentido más sereno, fingiendo ser otra persona. Pero las evasivas y la irritación de Troy lo pusieron nervioso. «No me apetece hablar de esto por teléfono. Tenéis que enviarme una carta o algo así», dijo Troy. Y Jonah se sintió acorralado. La conversación que al principio imaginase que tenía bajo control (se trataba de una entrevista, por amor de Dios, ¿cómo iba a salir mal?) finalmente se había desmoronado bajo el peso de una sencilla mentira: Jonah afirmaba que el Instituto de la señora Glass le había enviado una carta y Troy no la había recibido. Era ridículo, y Jonah se había propuesto enmendarlo, pero no había logrado volver a comunicarse telefónicamente con Troy. Desde entonces, aunque había llamado repetidas veces en julio y agosto, solo había escuchado la voz urgente e insulsa de un contestador automático: «Soy Troy. Perdona, pero no estoy en casa. Si quieres, deja un mensaje y te devolveré la llamada».

Cuando Jonah escuchó aquel mensaje por décima vez comprendió lo que tenía que hacer. Debía ir a San Buenaventura. Dijera lo que dijese, tenía que decirlo en persona.

De modo que allí estaba. Al fin había llegado a la casa que, según todos sus archivos y mapas, pertenecía a su hermano: Troy Earl Timmens. Aparcó el coche al otro lado de la calle y se inclinó en el asiento. La historia comienza , pensó, pero el destello romántico de la frase se había disipado.

Esperaba algo un poco mejor. Había imaginado que su hermano (que había disfrutado de las ventajas de una familia afectuosa, aprobada por la Casa de la señora Glass y el tribunal del condado de San Buenaventura) se habría convertido en algo más. Incluso al ver que Troy Timmens estaba empleado en un lugar llamado Stumble Inn Bar y Barbacoa, había pensado que quizá fuese un local elegante, que quizá Troy fuese un próspero restaurador; pensó que a lo mejor era un artista de alguna clase, que trabajaba en un bar para llegar a fin de mes mientras pintaba, esculpía o escribía guiones, como Steve.

Ahora, semejantes fantasías se le antojaban cada vez menos probables. La casa de Troy era un rectángulo blanco, humilde y sencillo, más o menos idéntico al resto de viviendas de la manzana: un vecindario de clase media baja situado en el mismo confín de San Buenaventura, junto a la pradera yerma y a las colinas que rodeaban el pueblo por todos los lados. Era el tipo de casa que a Jonah le sugería el dibujo de un niño, con dos ventanas, una puerta y un tejado triangular del que descollaba el tallo desnudo y viejo de una antena de televisión. Había un toldo desvaído sobre el ventanal de la fachada. Las cortinas estaban corridas.

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