Desde hacía casi un año, desde que un día de octubre recibiera el paquete postal de la Agencia Buscapersonas, había intentado dilucidar lo que debía hacer y cómo debía proceder. Había repasado sin cesar la información que le habían enviado, subrayando con la uña cada palabra, cada letra individual, como si hubiese alguna encriptación sepultada en ella que pudiese descifrar por medio de un estudio atento. Había un nombre y una dirección, un informe crediticio y diversos documentos judiciales.
Se despertaba en plena noche para releer ese material, sentado junto a la ventana de su estudio en el tercer piso, contemplando la calle desierta mientras hojeaba el parvo fajo de papeles, consciente del dolor extraño y sutil que conjuraban, una suerte de sensación insondable. Le recordaba a cuando había encontrado la reproducción de un cuadro paisajista en un libro de una clase de historia del arte, una casa blanca en una costa accidentada, que le había impactado con la fuerza de un recuerdo olvidado. Yo he vivido ahí antes , se dijo, aunque al mismo tiempo sabía que era imposible. Sin embargo, recordaba claramente el sendero de gravilla que conducía a la casa de madera con tejas rojas y percibía el sonido de las olas que rompían contra las rocas y las llamadas de las gaviotas. Debía haber visitado aquel preciso lugar con su madre, pensó, hasta que al cabo de varios días se dio cuenta de que el cuadro del libro era el mismo de una postal que su madre había pegado en el cabecero de su cama. Debía haberla contemplado con tanta atención que se había grabado en su mente como si fuera un recuerdo. Pero aun a sabiendas de ello, no lograba sobreponerse a la sensación de que había estado en aquel sitio en el pasado, de que había recorrido aquel sendero y se había adentrado en aquella casa, donde había una ciega bondadosa sentada en una mecedora y los rayos del sol penetraban al sesgo contra el entarimado de madera rubia. Comprendía que no se trataba de un recuerdo auténtico, pero se lo parecía.
La misma sensación se abatía sobre él cuando repasaba los hechos esenciales de la vida de Troy. Recordaba al bebé, el hermano del que le había hablado su madre, mirándolo de soslayo: «Era muy joven y tuve que darlo en adopción»; y cuando le preguntó adónde había ido el bebé, volvió a comprobar que su mirada se aceraba: «Se fue a vivir con una mamá buena».
Cuando ella se lo dijo, Jonah se imaginó a su hermano con tanta claridad como si lo hubiese conocido, como si fuese un niño con el que había jugado, que quizá hubiese vivido en aquella casa ribereña de Winslow Homer, desde la que se divisaba un faro. Nunca columbró claramente a los bondadosos padres de su hermano, aunque percibía su presencia cercana cuando se encaminaba al término de la extensión cuadrada y verdosa del jardín donde se hallaba su hermano, arrojando distraídamente una pelota al aire a gran altura y extendiendo las manos para cogerla. Al otro lado del patio trasero de su hermano había un precipicio sobre el mar, y la marea alta lamía fuertemente las rocas. Jonah se detuvo en el límite de la cerca, acompañado por Elizabeth , que tenía las orejas enhiestas y recelosas. El chico, su hermano, se volvió para mirarlo y la pelota se posó en sus manos extendidas. Sus miradas se encontraron. El chico sonrió de un modo afectuoso y misterioso y lanzó la pelota al otro lado de la cerca, en dirección a Jonah.
Años después, mientras Jonah y el señor Knotts vaciaban la vieja casa amarilla, había reencontrado aquella pelota en una caja de recuerdos infantiles. Estaba deshinchada, casi achatada; era de color rojo desvaído y tenía una estrella amarilla en el medio. Pero era real. La pelota existía, aunque la tierra de la que procedía, la casa de la costa y el niño silencioso en la franja de hierba verde y brillante, solo fueran producto de su imaginación.
Pensaba en todo ello mientras cruzaba San Buenaventura. Sabía, desde luego, antes incluso de llegar, que no hallaría una hermosa casa costera ni una brillante extensión de hierba en un precipicio sobre el mar, ni ninguna de las cosas que había imaginado. Y no obstante le costaba creer cuánto se asemejaba al lugar en el que había crecido: Little Bow, Dakota del Sur.
Al igual que este, San Buenaventura era la clase de pueblo que la gente atravesaba cuando se encaminaba a otro lugar. El típico pueblecito de las Planicies. Había escaparates: una droguería, una cafetería, una peluquería, una tienda de licores y un bar, un Pizza Hut y una iglesia. Había un supermercado Safeway apartado de la carretera frente a dos mil metros cuadrados de aparcamiento asfaltado, desocupado en gran parte. El pueblo no era exactamente pintoresco, aunque los edificios que ocupaban algunos establecimientos tenían un aire de principios de siglo, con ladrillo, piedra y fachadas de gran altura, como en las películas del oeste. Sin duda estaba revestido de historia: quizá fuese un destacamento o un paso intermedio durante una migración señalada, un hito en el Camino de Oregón o una estación de ferrocarril de la Union Pacific Transcontinental. Quizá fuese un fuerte de la época en la que los Estados Unidos estaban inmersos en el proyecto de arrebatarles la tierra a los indígenas que moraban en ella; la habían deseado con mucho ahínco, pero después de haberla conquistado no la encontraron demasiado interesante. Mientras el resto del mundo tenía una población rebosante, los parajes como San Buenaventura menguaban sin cesar, languideciendo. Era la clase de pueblo del que Jonah les había hablado amargamente a Steve y a Holiday, la clase de pueblo del que siempre afirmaba haber escapado.
Había vacilado durante meses, casi un año de urgencia creciente y decreciente, una urgencia que no desaparecía nunca, sino que simplemente fluctuaba entre la anticipación y el horror.
Al principio, se había complacido simplemente sosteniendo la información en sus manos, sintiendo cómo tomaba forma en su imaginación. Leía repetidamente el nombre de su hermano: Troy Earl Timmens. Lo pronunciaba en voz alta y repasaba hasta el final la dirección domiciliaria, 421 avenida Gehrig, San Buenaventura, Nebraska 69201; el lugar de trabajo, el Stumble Inn Bar y Barbacoa; el informe crediticio, que a grandes rasgos era bueno: tenía una Master Card y una American Express, tan solo la letra de un coche, nada más. Tenía una esposa, Carla, y un hijo, Loomis, que había nacido el 18 de diciembre de 1990.
Jonah había sentido una atracción especial por el decreto de adopción, redactado en un lenguaje extraño y arcaico, como si fuera un contrato de venta de tiempos antiguos: «Por consiguiente, se ordena, falla y sentencia que el derecho de custodia, la potestad y la tutela de dicho menor, así como cualesquiera reclamaciones, intereses y salarios que correspondan al mencionado Instituto de la señora Glass, cesen y se extingan con fecha de hoy y por la presente se declara que el mencionado bebé Doyle es el hijo adoptivo de los mencionados Earl Roger Timmens y Dorothy Winnifred Timmens, marido y mujer».
De tanto en tanto lo leía en voz alta, pues le agradaba su sonoridad. «El bebé Doyle», repetía; le sugería un sobrenombre de una película de gánsteres de los años treinta, con música de piano, lánguida y solemne, y trompeta con sordina.
– El bebé Doyle -dijo, dirigiéndose al silencio de su estudio-. Troy Earl Timmens. -Una puerta empujada por el viento y el rumor de las hojas furtivas. Allí había una historia que escapaba al conocimiento de su madre, un sendero que se devanaba hacia el futuro. El bebé Doyle: el hijo de su madre. Troy Earl Timmens: alguien completamente distinto. Aquella simplicidad era lo que más lo admiraba. El intercambio parecía muy sencillo: apenas unas palabras y uno se convertía en una persona nueva.
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