Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Estaba en el sótano. La policía lo había registrado previamente, pero había pasado por alto el único sitio que, retrospectivamente, debería haber sido evidente. Un Kenmore Quick Freeze, un arcón congelador de setecientos centímetros cúbicos y aproximadamente un metro de altura por dos de anchura. La madre descendió las escaleras del sótano y reparó en el pequeño taburete apoyado contra la pared del congelador. Era un taburete de tres patas que casi había olvidado, que Joshua empleaba para sentarse mientras veía la televisión y almorzaba en la mesita de café. Qué estará haciendo aquí abajo , se preguntó, y se le contrajo el corazón. Se tapó la boca con la mano.

Más adelante, el forense determinó que el niño se había asfixiado, aunque también era posible que hubiese muerto de frío. Al parecer, Joshua se había caído en el arcón mientras intentaba coger un polo, y la tapa le había asestado un golpe en la cabeza, dejándolo sin conocimiento. El cadáver de Joshua yació agarrotado encima de una columna derribada de cenas dietéticas congeladas, envases de plástico repletos de maíz y carne de un ciervo destripado poco antes, envuelta en papel blanco. El niño, con pantalones, camiseta y sandalias, ya había adquirido el rigor mortis y había empezado a solidificarse en el frío.

Kevin Onken y Judy Keene lo recuerdan mientras el adiestrador de perros pone a su dóberman a prueba. El perro olisquea una prenda de Loomis y se dispone a explorar la zona del patio trasero donde lo vieron por última vez, agitando el rabo cercenado enhiesto, con sus afiladas orejas erectas.

Está muerto , piensa Onken de repente. Ha leído estudios. En el setenta y cuatro por ciento de los casos en los que hay un niño involucrado, este muere en un plazo de tres horas después del secuestro. Pero no se trata solo de los estudios. Es una intuición.

Lo tiene alguien , se dice Judy. Puede que esté con su hija, que le ha jugado una mala pasada. Puede que esté con Troy Timmens, después de todo; no han logrado ponerse en contacto con él por teléfono. Puede que simplemente esté en la casa de alguien, de un amigo, un vecino o un desconocido. Pero está segura de que se encuentra en alguna parte. Nunca ha sido supersticiosa, pero en este momento está segura de que puede sentir la presencia del niño. Su alma diminuta. Es una pequeña vibración intermitente y constante, como la luz de un aeroplano que atraviesa el cielo por la noche.

Segunda parte

13 16 de abril de 1993

Una semana antes de morir, Nora volvió a advertir actividad en la casa. Actividad espiritual. Al principio solo fueron cosas pequeñas: una vibración en el aire, la sensación de que la observaban discretamente, un movimiento estremecido a sus espaldas. Entrada la noche, abría la puerta del frigorífico y se caía un melón, que rodaba decididamente por el suelo de la cocina como si alguien lo estuviera guiando y deambulaba lentamente sobre los azulejos antes de detenerse al borde de la alfombra del salón. Durante el día el teléfono sonaba y se interrumpía; y no se trataba del tono acostumbrado, sino que era extrañamente largo: el mecanismo del timbre emitía un repiqueteo sofocado, como si fuera un cantante entrado en años que intentara sostener una nota durante muchos compases. Por supuesto, se detenía abruptamente cuando ella descolgaba el auricular. Se quedaba sujetando el teléfono y la puerta del baño se abría con un chasquido, titubeante, como si un perro la empujara cautelosamente con el hocico.

Elizabeth -decía Nora.

Últimamente, el pasado se había impuesto pesadamente sobre ella, de modo que no se le antojaba tan improbable que la pena volviese a aparecer de alguna forma, como un fantasma o una presencia. O sencillamente una sensación: tierna, femenina, con los ojos tristes y el rabo entre las piernas de tímida vergüenza. Seguía arrepentida de lo que había hecho. Nora suponía que si tuviese alguna decencia estaría horrorizada ante semejante visita. Si fuese una auténtica madre, odiaría a Elizabeth. Pero lo único que sentía era una dulce melancolía.

– ¿ Elizabeth ? -murmuraba, mientras se abría la puerta del baño. Estaba lista.

Pero no había nada. Por lo menos, nada visible. Y volvía a percatarse de la imprudencia y la perversidad de sus sentimientos. Una herida se había abierto en su interior al pensar en Elizabeth, un anhelo abrumador e inexplicable, pues no era posible explicar el amor, pensaba ella, ni la tristeza; no era posible explicar la ridícula idea de que en ciertos aspectos Elizabeth había sido su primera hija. Su bebé de entrenamiento, suponía. Aunque habían transcurrido muchos años, recordaba vívidamente haber sostenido en sus brazos a Elizabeth , un cachorro tímido y aletargado que su padre había llevado a casa para regalarle en su decimoquinto cumpleaños; la acunó en sus brazos hasta que se durmió, con las pezuñas agarrotadas y torcidas hacia dentro, hacia el estómago rosado y desnudo que se mecía suavemente cuando respiraba. «Elizabeth» era el nombre de una muñeca a la que había amado de niña, así como el nombre con el que siempre había esperado bautizar a su futura hija.

– Ese no es nombre para una perra -se burló su padre, pero Nora se limitó a encogerse de hombros.

– Pues entonces no es solamente una perra -dictaminó.

– Ella no pretendía hacerte daño -le explicó a Jonah después del accidente. Estaba sentada junto a su cama de hospital, pero no le miraba el rostro vendado ni el ojo expuesto que rodaba débilmente en la cuenca, examinando los objetos de la estancia indiscriminadamente-. Solo estaba confusa -murmuró, como si eso pudiera consolarlo. Quizá oyera su voz a través de la neblina de los calmantes, pero en definitiva sabía que hablaba consigo misma. Farfullaba para serenarse. Años después, vio una entrevista con la madre de un asesino en televisión y reconoció aquel temblor transido de tristeza, de culpa y de furia protectora.

– Fue un accidente -aseguraba la mujer-. Él nunca… a propósito. -Y Nora la comprendió. Recordó cómo se le había contraído el corazón ante la idea de que su padre había apaleado a Elizabeth hasta matarla; cómo se había sentado, aburrida, en la silla de la habitación de Jonah en el hospital, sintiendo que su alma se reducía al tamaño de una oblea, una delgada gragea de cartón sin sentido. Jonah la había mirado con un ojo tapado y el otro vagando sin rumbo, emborronando su rostro.

– Está fatal -murmuró febrilmente, y ella nunca sabría lo que quiso decir, aunque siempre había de parecerle una acusación. Le temblaron las manos sobre el cuerpo de su hijo, pero no sabía dónde tocarlo, ni si hacerlo.

¿Acaso percibió Jonah en el transcurso de esos primeros días que estuvo hospitalizado que una parte de ella esperaba que muriese? ¿Sabía con cuánta pasión lo habría amado su madre si en efecto hubiese muerto, que se habría convertido en una joya que ella habría atesorado en su interior? ¿Sabía que se habría sobrepuesto a su muerte con mucha más facilidad que a su supervivencia, al recordatorio constante y vivo de su fracaso como madre, como persona?

¿Quién sabía? ¿Quién sabía lo que pensaba Jonah, antes o después del incidente? Era un niño siniestro incluso de pequeño: era solemne, tenía los ojos grandes y parpadeaba lentamente. Después de que naciera Jonah, durante los pocos años en los que Nora estuvo bien, debía tranquilizar constantemente a la gente: «No, no le pasa nada malo. ¡Lo que pasa es que está ensimismado!». Era muy gracioso. Todos se reían. Cuando tenía dos años, la acompañaba en el asiento infantil del carrito del supermercado, hablando con su propia mano como si se tratase de otro niño. Era una interpretación muy linda. Hacía que su mano hablase flexionando los dedos de modo que el pliegue de la línea de la vida se abriera y se cerrara como si fuera la boca de una marioneta. La gente los miraba, sonriendo, pero también con cierto nerviosismo. La intensidad de su abstracción en el juego tenía algo enérgico y extraño, y Nora recordaba que le había cogido la mano (la mano con la que estaba hablando) y la había sujetado, apretándola con fuerza.

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