Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Sin embargo, deseaba mantener a Loomis al margen de ello, y ese era otro motivo de que supiera que debía dejar de vender. Procuraba llevar a cabo la mayor parte de las transacciones de noche, mientras Loomis dormía, o si era de día, cuando este estuviera jugando en el patio trasero. Pero se avecinaba el momento en el que Loomis empezaría a comprender las cosas, suponiendo que no hubiese empezado ya. Una noche, apenas unos meses después de su llegada, el niño se había despertado y había entrado en la cocina, donde se encontraban Troy y Lonnie von Vleet, en el proceso de probar una parte de la mercancía.

– Hola, papá -dijo Loomis, deteniéndose en la puerta con sus calzoncillos de Batman, y Troy escamoteó la bolsa de marihuana de la mesa y volvió a depositarla en el viejo maletín donde guardaba todas las drogas.

«Cuando me he despertado olía mucho a humo. Creí que a lo mejor se estaba quemando la casa.

– Pues no -replicó Troy-. Deberías volver a la cama, colega.

– ¿Qué es eso? -preguntó Loomis, señalando el bong que había en medio de la mesa.

– Oh -repuso Troy-. No es nada. Es una pipa de agua que me estaba enseñando el señor Von Vleet. Es de donde salía el humo.

– ¿Estabais fumando con eso?

– Sí -confesó Troy-. No era más que… una tontería que nos gusta hacer.

– No es demasiado bueno para ti -le reprochó Loomis.

– Tienes razón. -Troy echó una ojeada a Lonnie von Vleet, que sonrió.

– ¿Qué tal, Hombrecito? -intervino-. ¿Te acuerdas de mí?

– Sí -respondió Loomis, muy serio, y estrechó la mano de Lonnie von Vleet cuando este se la ofreció-. Tú haces magia, ¿no?

– Tienes una excelente memoria, Hombrecito -dijo Lonnie, y aunque tenía los ojos entrecerrados a causa de las muestras de mercancía que habían estado fumado, seguía siendo hábil-. ¿Qué tienes detrás de la oreja? -preguntó, y extendió la mano, simulando extraer una moneda del cabello desgreñado que Loomis se había atusado detrás de la oreja. Se la ofreció al chico, que la aceptó impresionado. Cuando Troy y Carla estaban juntos, Lonnie von Vleet le había enseñado a Loomis diversos juegos de manos, como introducirse un lapicero por una oreja y sacarlo por la otra o hacer que una moneda desapareciera y reapareciera en la palma de su mano, y parecía complacido de que Loomis lo recordase.

– Ahora tienes que irte a la cama -dijo Troy, después de que Loomis aceptase la moneda y le diese las gracias a Lonnie von Vleet-. Encenderé el ventilador para que no te moleste el humo.

– Vale -accedió Loomis, con un tono agradable, y Troy y Von Vleet lo siguieron con la mirada mientras desaparecía por el pasillo para dirigirse a su dormitorio.

Troy se aclaró la garganta.

– Mierda -masculló-. Odio ser un mal padre. -Y Lonnie sonrió, dándole enérgicas palmaditas en el dorso de la mano.

– ¿De qué estás hablando? -dijo-. Es un gran chico. Debes haber hecho algo bien.

Volvió a pensar en ello esa noche cuando Ray, Mike Hawk y él tomaron asiento en torno a la mesa de la cocina. Encendió el extractor de humo que había en la ventana situada encima del fregadero y abrió la puerta trasera, y después de fumar un par de cazoletas merodeó por el pasillo para espiar a Loomis. Sintió cierta incomodidad al detenerse en la puerta. Loomis estaba acostado con los brazos cruzados sobre el pecho, con una sábana que tapaba la mitad inferior de su cuerpo. Las ilustraciones de esqueletos de dinosaurio que había dibujado Troy colgaban sobre la cama, tan siniestras como gárgolas. Troy pensó en arroparlo con la colcha, pero cambió de idea. Loomis estaba en paz.

Cuando volvió a la cocina, Ray y Mike habían extraído el viejo maletín de cuero negro que empleaba para guardar el alijo: las drogas que acababa de comprarle a Jonathan Sandstrom. El maletín era un recuerdo que antaño había contenido los documentos importantes de su padre: las escrituras, los seguros, las partidas de nacimiento, la licencia de matrimonio, el testamento… todas las formalidades que constituían la vida oficial de una persona. Cuando vio que Ray y Mike estaban rebuscando en su interior, comprendió que probablemente era reprensible que lo hubiese utilizado para guardar las drogas.

– Joder -rezongó Ray, alzando la vista-. ¿Dónde has estado? Hemos estado aquí sentados unas veinte horas.

– Estaba echando un vistazo al crío.

– Eres una mamá -apostilló Ray, y cogió la bolsita de setas, sosteniéndola con una mirada crítica ante la luz-. ¿Alguna vez pillas éxtasis?

– No -dijo Troy.

– Pues deberías. Es una droga muy guay.

– Lo tendré en consideración. -Troy le arrebató la bolsa de setas de la mano y volvió a meterla en el maletín, puso encima el resto de las drogas nuevas, dejando solo un pequeño contenedor negro de carrete fotográfico lleno de hierba, que Mike iba a llevarse consigo a casa.

«Salgamos -añadió-. Me apetece jugar al frisbee .

Alrededor de medianoche apareció la policía. Era una emboscada. Era una especie de soplo de algún chivato, y Troy no estaba preparado. Cuando abrió la puerta se encontró con la mirada de tres corpulentos policías en el porche, bajo un halo de insectos (escarabajos de mayo, polillas molineras, cachipollas) que describían círculos extasiados en torno a la bombilla desnuda.

– ¿Troy Timmens? -preguntó el primer policía, y Troy empezó a hacer gestos a sus espaldas a Ray y a Mike, que estaban sentados ante la mesa de la cocina. Con un poco de suerte, reconocerían la desesperación de sus indicaciones.

– Sí -le respondió Troy-. Presente. Soy yo. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

– Señor Timmens -dijo el policía, mientras apoyaba su gruesa mano en la jamba de la puerta, como si quisiera impedir que Troy la cerrase-, tengo una orden de registro de esta casa. -Le tendió una hoja de papel doblada semejante a un panfleto y Troy la aceptó con recelo. Sentía que estaba enrojeciendo. Estaba muy colocado y sabía que el olor del humo de la marihuana estaba flotando soñolientamente a través de la puerta entreabierta.

– ¡Oh, mierda! -susurró. Era consciente de que la cantidad de drogas que había en su casa le acarrearía una condena a prisión casi con seguridad. Sintió una opresión en el pecho. Tenía que haber una salida, por supuesto que tenía que haberla, y apremió a su cerebro mientras contemplaba el semblante sombrío de los agentes-. ¡Jo! -dijo. Creyó que iba a romper a llorar.

Troy creía saber cómo sería morir, cómo sería ese momento en el que uno escuchaba la réplica de una pistola con la que le habían apuntado, en el que el paracaídas no se abría, en el que uno se hundía en el fondo del lago con un peso atado a los pies. Incluso entonces, pensaba Troy, debía producirse una pausa prolongada e irreal en la que uno imaginaba que aún quedaba una forma de escapar. Espera , pensó. Su mente atravesó a la carrera los pasillos de un laberinto. Aunque las paredes se estrechaban y el pasadizo se sellaba frente a él, su mente anhelaba ese resquicio menguante de luminosidad, seguía esperando compasión, un absurdo golpe de suerte, un indulto o una intervención.

– Mirad -dijo, mientras trataba de aferrarse a la realidad alternativa que existía antes de que abriera la puerta, en la que podría haber hecho algo de otro modo, mientras trataba de imaginar una senda hacia un futuro en el que lograra escapar de algún modo-. Tíos -les dijo a los policías. Era consciente de que su vida (la que había vivido y la que había esperado) se estaba esfumando y de que no se le ocurría nada que hacer al respecto.

«Dejadme pensar un minuto -les pidió. Pero los policías ya se abrían paso a empujones, tintineando sus llaves y sus esposas. Dos agentes, y luego tres, desaparecieron en la cocina y en la oscuridad del pasillo. Se produjo un estrépito de platos cuando abrieron los armarios, y uno de los hombres le puso las manos a la espalda y lo maniató con un precinto de plástico, mientras le recitaba sus derechos. A lo lejos, oyó que uno de los policías gritaba:

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