Durante las siguientes semanas, tal vez meses, Jonah se presentó en el andén elevado y aguardó con la esperanza de atisbar un indicio de la persona que podría haber sido su hermano. Iba a la estación más tarde de lo acostumbrado y permanecía detrás del gentío que esperaba, recorriendo su cogote con la mirada en su busca. Procuró no ser una molestia, deambulando despacio y con aire descuidado, con una camiseta blanca y pantalones a cuadros de cocinero, así como una gorra de béisbol con la visera calada sobre los ojos. Si alguien lo descubría mirando, bajaba la cabeza, estudiando brevemente sus gastadas zapatillas negras antes de continuar.
Quizá fuera el niño que su madre había dado en adopción, pensó. O quizá fuera otro vástago que había engendrado su padre biológico, un hermanastro del que no sabía nada. O un primo. Pensó de nuevo en su padre, que había vivido en Chicago, según su abuelo. Nunca se había parecido mucho a su madre ni a su abuelo, y consideró la posibilidad de que quizá hubiese una tribu entera de personas que se parecían a él. Que pensaban como él. Que le darían la bienvenida.
Pero nunca halló a la persona que buscaba.
El día que recibió el paquete de la Agencia Buscapersonas, había estado cavilando sobre un pasaje de uno de sus libros de texto de antropología, El ascenso a la civilización: la arqueología del hombre primitivo . Lo leía sin cesar, tratando de cohesionarlo, de que se adecuara a sus pensamientos.
«Si en la actualidad», había subrayado, «las vidas y los valores de los pueblos más "primitivos" de la tierra valen tanto como los de cualquier lector de este libro, como reconocemos normalmente, entonces no cabe duda de que cada momento del pasado, cada persona, posee el mismo valor. Ni siquiera en un libro como este, que está consagrado sobre todo a la primitiva Edad de Piedra, se puede distinguir la diferencia entre, digamos, ciento cincuenta mil o ciento cuarenta mil años atrás. Ignoramos lo que pensaban, sentían, disfrutaban y sufrían los individuos de esos dos periodos, así como sus diferencias. Pero al menos podemos admitir que la vida de esas personas era tan importante para ellos como la nuestra para nosotros.»
Lo entristecía. Leyendo eso se deprimía más que cuando leía novelas en su clase de literatura, donde los personajes estaban insuflados de un propósito y un significado que lo habían avergonzado. Poseían motivaciones y complejidades, y sus vidas estaban llenas de sistemas de importancia simbólica. Representaban algo. Varias cosas.
El problema de su propia vida, pensaba, era que era insignificante desde su nacimiento. Era como aquellos pueblos primitivos cuya existencia no había dejado apenas nada: algunos huesos y herramientas de pedernal, o un círculo chamuscado donde antaño habían ardido sus hogueras. Al contrario que los protagonistas de las grandes novelas, no estaba conectado con el mundo trascendente de los esfuerzos humanos: no tenía ninguna relación con la política, la sociología, la economía ni los grandes movimientos de su época. Las cosas dignas de recordarse. Qué podía decir, sino que pertenecía a un pueblo constituido por los detritos de varios imperios. Cúmulos de nada. Campesinos irlandeses que llegaban a Ellis Island y deambulaban desamparados por las calles de Nueva York; aborígenes nómadas que después de la conquista de Lakota se retiraron a las áridas planicies de sus reservas y allí se encerraron para esperar hasta el fin de los tiempos. Hasta el pueblo en el que había crecido era un pueblo de nada, no era un paraje realmente deseable para un imperio, sino más bien un hito, un emplazamiento que solo era necesario poseer porque se hallaba en un gran espacio vacío entre dos costas importantes. El gran latido del mundo, que palpitaba vagamente en Chicago, se acallaba a medida que irradiaba hacia las llanuras.
Jonah no sería recordado por nada. Eso, al menos, era una certidumbre.
Pensó en ello mientras volvía andando a casa. Quizá su padre o su hermano estuviesen más ligados al mundo trascendente. Quizá no tuviese importancia. No tenía una idea para un trabajo de antropología, ni siquiera una tesis, sino solo dos citas que describían círculos en su cabeza: «Pero al menos podemos admitir que la vida de esas personas era tan importante para ellos como la nuestra para nosotros» y «Levantadme y arrojadme al mar; así amainará la tormenta». Había un magnífico ensayo en esos dos pensamientos, si conseguía relacionarlos. Si lograba articularlo. Casi siempre percibía sus pensamientos desconectados, como si fueran planetas vacilantes rodeados de lunas que a su vez estaban circunvaladas por pequeños asteroides y basura espacial, y todos ellos titilaban alrededor de un sol central, que era él. Su profesora de literatura afirmaba que sus ensayos eran «Ambiciosos pero confusos», y en los márgenes escribía repetidamente: «Desordenado». «Desordenado». O sencillamente: « Hmmm… ».
La señora Orlova estaba frente al edificio de apartamentos, barriendo la acera con una escoba, y Jonah se sintió un poco mejor al saber que ella se burlaría de todas sus congojas. ¿Soledad? ¿Significado? ¡ Ja ! Ella había crecido en Siberia. Jonah le sonrió cuando ella levantó la cabeza de su trabajo para mirarlo con el ceño fruncido.
– Tiene un aspecto terrible -dictaminó-. ¿Está usted enfermo?
– No -respondió Jonah-. Para nada. -Ni siquiera después de varios años había logrado acostumbrarse a la franqueza de la señora Orlova, la siniestra exageración que era el extremo opuesto de la reticencia típica del medio oeste con la que había crecido.
– Debe estar deprimido -insistió la señora Orlova, y le echó una ojeada-. Está sudando.
– Oh, ¿de veras? -dijo Jonah. Se pasó una mano por la cara, que estaba seca, sin sudor-. No -añadió-, no es nada.
– Lo que usted diga -dijo la señora Orlova-. Puedo ver con mis propios ojos que le han despedido del trabajo.
– No, no es cierto.
– Pues entonces es peor -resolvió la señora Orlova, al tiempo que le dirigía una mirada inflexible-. Alguien le ha roto el corazón.
Halló la respuesta de la Agencia Buscapersonas enrollada y embutida sin delicadeza en el estrecho buzón. No parecía importante.
Pero cuando abrió el envoltorio de papel manila, empezó a estremecerse. A sentir escalofríos.
Allí estaba el nombre de Troy Timmens. Su partida de nacimiento. Una fotocopia de los documentos de renuncia. La dirección de las personas que lo habían adoptado.
Jonah permaneció inmóvil durante largo rato, mientras se le cerraba la garganta y su aliento parecía endurecerse en sus pulmones. Miró los papeles. Su vida estaba cambiando. Podía sentirlo.
11 30 de junio / 1 de julio de 1996
La noche de su arresto, Troy pensaba que quizá las cosas marchaban bien. Se sentía mejor que desde hacía mucho tiempo. ¡Bastante bien!, pensaba. Tranquilo y casi alegre, sin preocupaciones de ningún tipo. Se celebraba una fiestecita: además de Troy, estaban presentes un viejo amigo del instituto llamado Mike Hawk y Ray. A las once de la noche estaban jugando al frisbee en la calzada frente a la casa de Troy, debajo de las farolas. Estaban un poco colgados y un poco borrachos, pero no hasta el punto de ser molestos. Bajaban la voz para no importunar a los vecinos; estaban atentos a los infrecuentes coches que enfilaban la calle y se apartaban cortésmente cuando divisaban faros que se acercaban. Se trataba de un juego amistoso; no estaban muy apartados, y se lanzaban el frisbee del mismo modo que una pipa de marihuana describía un círculo al pasar de una persona a la siguiente. Troy disfrutaba viendo cómo el brillante disco verde hendía la galaxia de insectos que se congregaban bajo la fluorescencia; disfrutaba la insignificante habilidad, los sencillos movimientos atléticos que se requerían para atrapar el frisbee en el aire. No era nada especial, ni competitivo: simplemente un juguete que pasaba de mano en mano. Troy, descalzo, en pantalones cortos, se deleitaba con la atmósfera veraniega, moderada y atemporal, el barrunto de las vacaciones infantiles. Loomis estaba dormido.
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