Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Solo lo habían invitado a cenar porque se había topado con Holiday en la calle, en la avenida Michigan, fuera de Walgreen's, y ella lo había abrazado diciendo:

– ¡Oh, me alegro mucho de verte! Tenemos que vernos alguna vez.

– Vale -respondió Jonah-. Esta semana me viene bien. Cualquier noche de esta semana, la verdad.

– Oh -repuso Holiday. Y entonces Jonah comprendió que ella no lo había dicho en serio, aunque de inmediato propuso una fecha y una hora-. ¡Será estupendo volver a verte! -le aseguró-. Te hemos echado de menos.

Pero fue evidente, desde que se presentó en su apartamento, que aquella sería la última vez. Se produjeron silencios incluso cuando le abrieron la puerta; Steve y Holiday no quisieron enseñarle a Henry, que estaba dormido, por supuesto, y no dejaron de intercambiar miradas mientras Jonah intentaba entablar conversación.

Antes les gustaba oírle hablar. Les agradaban las cosas tan dispares que advertía Jonah cuando deambulaba por Chicago, solían decir que era «un observador brillante». Pero ahora, al parecer, tenían muchas ganas de que terminase. Jonah conservaba la esperanza de que si perseveraba sus observaciones volverían a ser brillantes. Pero no fue así. Les contó una historia de la señora Orlova, que le decía siempre que la veía: «¿Qué le pasa? ¡Parece usted enfermo!», aunque estuviera contento. Intentó entretenerlos hablándoles de las personas que veía desde la ventana de su habitación y de los vecinos con los que compartía el edificio, que siempre estaban entrando y saliendo. En una ocasión, en mitad de la noche, un joven borracho y desgreñado había arrojado la basura al contenedor vestido solo con un par de calzoncillos, descalzo y de puntillas bajo la nevada ligera, con una bolsa de basura que solo contenía latas de cerveza, café molido y mitades de pomelo, según Jonah comprobó más adelante al abrirla impulsado por la curiosidad. En una ocasión había visto a un hombre golpeando a una mujer cerca del vestíbulo, y la mujer se había tapado la boca con la mano para sofocar sus propios sollozos. La gente se besaba en los portales, transitaban apresuradamente por la acera o paseaban despacio, se llamaban unos a otros o cantaban. En mitad de la noche, dos hombres se habían enzarzado en una pelea en la calle, rodando por el suelo y rechinando los dientes, y uno de los vecinos de Jonah había abierto una ventana y les había gritado.

– ¡Callaos! -exclamó, al tiempo que les arrojaba un animal de peluche, y los dos hombres dejaron de forcejear, abandonando el combate para gritar furiosamente al hombre que les había arrojado el juguete.

– Baja, cobarde -exclamaron-. Baja, baja. ¡Te vamos a dar una paliza! -Y ambos la emprendieron a pisotones con el juguete hasta que al fin se marcharon airados por el centro de la calle.

En su mente, había sido un relato maravilloso e hilarante, que debía complacerlos. Pero a medida que hablaba sentía que la historia vacilaba, que divagaba y se tornaba estéril, y comprendió que sus anfitriones deseaban que se fuera. Holiday se inclinaba hacia delante cuando Jonah buscaba a tientas las palabras. Cuanto más le dolía, más deseaba que se rieran, asintieran, o exclamasen: «¡Ah!», como solían hacer.

– Me pregunto cuánto tiempo nos conoceremos -había dicho al fin, después de que la pausa de la conversación pareciera pesar sobre ellos como una capa de tierra. Lo dijo con humor, intentando sonar como si solo estuviera reflexionando, pero Holiday lo observó con un aire culpable.

– Oh, Jonah -objetó, en tono de reproche-, ¡siempre nos conoceremos! Cuando se conoce a alguien, ya no se puede dejar de conocerlo.

– Jonah, Jonah -dijo Steve, como hacía siempre, como si fuese una antigua rima infantil-. Jonás dentro de la ballena. -Esbozó una sonrisa soñolienta, y Jonah pensó en el versículo de la Biblia que conocía, el que les había agradado en una ocasión.

– «Levantadme y arrojadme al mar» -declamó. Sonrió, hablando con una voz sonora-, «así amainará la tormenta, pues sé que por mi culpa os sucede todo esto».

– Es muy bonito -respondió Holiday con cierta desgana, aunque la primera vez que Jonah se lo había recitado, había abierto los ojos como si hubiera hecho un truco de magia. «¡Vaya, Jonah!», dijo entonces. «¡Es asombroso! ¿De quién es? ¿De Shakespeare?». Jonah le había explicado que era de la Biblia, del Libro de Jonás. Era el único versículo de la Biblia que había logrado aprender de memoria.

– La Biblia está llena de excelente poesía -había reflexionado Steve-. ¡Tienes una voz extraordinaria para recitar, Jonah!

Pero ahora Steve no dijo nada. Ni siquiera la conversación relativa al hermano muerto de Jonah, David, el hermano imaginario que se parecía a él, suscitaba ya su interés.

Pero Jonah siguió pensando en ello. Había levantado a un hermano de la nada, un hermano que había actuado en obras y había practicado atletismo, un hermano que había muerto en un accidente de coche. David. Sin querer, hablar de ello le había reportado una noción vaga pero constante del hermano real que presumiblemente existía ahí fuera, el bebé varón que su madre había dado en adopción.

Sin embargo, la visión del hombre del tren elevado, su intensidad, lo pilló desprevenido. Era el día después de su última visita a la casa de Steve y Holiday, y se había despertado tarde, aquejado de un dolor de cabeza producido por el vino tinto. Levantadme y arrojadme al mar , pensó al abrir los ojos.

Aquella mañana había llegado tarde al trabajo, algo insólito en él, y recorrió a la carrera la última manzana que lo separaba del andén elevado, imbuido de un desasosiego reconcentrado. Ascendió los escalones dando saltos en el momento preciso en el que la puerta del tren se deslizaba y los pasajeros que esperaban empezaban a afluir a su interior. Normalmente, se hallaba en el borde mismo de la rampa cuando el tren se detenía. Se había convertido en un experto a la hora de establecer el punto exacto en el que debía situarse, de modo que las puertas del tren se detuvieran frente a él y pudiera ser el primero en acceder al interior. Se enorgullecía de aquella habilidad.

Pero ese día Jonah fue el último de la comitiva de viajeros matutinos que embarcó. Los asientos estaban ocupados y los pasillos atestados, un bosque de brazos alzados y rostros solemnes, tan abarrotado que ni siquiera quedaba una barandilla o una barra de apoyo que pudiese aferrar. Cuando el tren se puso en marcha cabeceando Jonah se estrelló contra el busto de una mujer africana de ceño impasible que llevaba una bufanda de colores brillantes. Ella le llamó algo horrible en su lengua nativa.

Pero Jonah apenas lo advirtió. Pues en ese momento fue cuando vislumbró un atisbo del hombre que podría haber sido su hermano. O mejor dicho, vio una cara que flotaba a unas seis o siete cabezas de distancia.

Sus ojos se encontraron por un instante, y un hormigueo eléctrico recorrió la piel de Jonah. Sintió que se elevaba, haciéndolas cosquillas en el pelo, y se quedó verdaderamente aturdido.

Es él, pensó Jonah. ¡Joder! ¡Es él! ¡Es mi hermano! Podrían haber sido gemelos. Tenían el mismo cabello leonado, los mismos ojos castaños, la misma nariz corta y franca, la misma boca grande y las mismas mejillas rollizas. Y además, el mismo… ¿qué? Esa antigua sensación psíquica que había experimentado cuando era un adolescente. Un aura , pensó Jonah, algo parecido a una alucinación . Ondas invisibles emanaban de la persona a la que estaba mirando.

Pero el hombre no pareció percatarse de nada. Entrecerró los ojos, que se convirtieron en ranuras suspicaces cuando advirtió que Jonah lo observaba, y acto seguido agachó deliberadamente la cabeza para volverse hacia el libro en rústica que estaba leyendo. Se movió una persona, y luego otra, y Jonah lo perdió de vista. Intentó avanzar, acercarse poco a poco al lugar donde estaba sentado el hombre. Pero antes de que pudiese siquiera localizar al individuo que había visto, el tren llegó a la siguiente parada. Se produjo un movimiento de cuerpos generalizado y ameboide mientras los pasajeros entraban por una puerta y salían por la otra. Y la persona que había visto desapareció.

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