Sin desearlo, piensa en su padre, en Little Bow. A las siete menos cuarto, seguramente ya ha despertado y se está tomando un café, dispuesto a marcharse al trabajo.
En 1914, cuando el padre de Nora tenía cuatro años, se embarcó en el tren de los huérfanos. El abuelo de Nora era un mendigo que simulaba una ceguera y que abandonó a sus tres hijos en la Sociedad de Ayuda a los Niños de Nueva York ataviados con sacos de arpillera y descalzos. Su padre lo recordaba claramente: se hallaba en una sala de espera, consciente del hedor que despedía su propio cuerpo, de que el holgado saco que llevaba parecía un vestido de niña. La madre de los chicos había muerto, pero él ignoraba cómo. Quizá en el parto, le había dicho, reflexivamente, como si su madre fuera el nombre olvidado de un pueblo que había visitado. «Parece que todo le sucedió a otra persona», le dijo. «Está difuminado en mi mente.» Afirmaba recordar que su padre esperaba dinero cuando los llevó a la Sociedad de Ayuda a los Niños. Su padre era un hombre amargo y taimado que imaginaba que tal vez sus hijos valiesen algo. Discutió un rato con una horrorizada señora que llevaba un grueso vestido gris azulado, exigiendo que los chicos le enseñaran sus músculos, ¡que le enseñaran que podían trabajar! Y al fin ella le dio algunas monedas y se marchó.
La señora se volvió hacia ellos.
– ¡Oh, mis pobres niños! -dijo. El padre de Nora se estremeció cuando ella le tocó la cabeza, pero recordaba que su contacto era tierno y pausado, y que le había apartado el cabello del rostro.
– ¿Vas a ser mi madre? -le preguntó el padre de Nora, y uno de sus hermanos le dio una colleja.
Cuando estudiaba segundo en el instituto, Nora encontró la palabra «coscorrón» en el Diccionario Webster del Nuevo Mundo, segunda edición universitaria. El hallazgo la complació por su precisión, pues era una palabra cuya existencia ignoraba.
– Coscorrón -dijo, mientras se aporreaba la cabeza como si esta fuera un melón. Contempló el diccionario llena de asombro. Era una palabra que hasta su profesor de historia, el señor Bosley, se habría visto obligado a consultar. Nora la anotó. Estaba enfrascada en un proyecto para obtener puntos extra en clase de historia y deseaba una buena nota, puesto que había sacado un notable en el último examen. El señor Bosley era el presidente de la asociación histórica local y les había ofrecido un respiro de sus crueles exámenes si le presentaban entrevistas bien documentadas con residentes mayores de la comunidad. Ella sabía que la historia de su padre podía contribuir a mejorar su prestigio a los ojos del señor Bosley. Era consciente de que necesitaba obtener un promedio de ocho y medio por lo menos si deseaba asistir a la universidad de su elección. En aquel momento, estaba segura de que su futuro estaba en juego. Quería ser una persona famosa y excepcional; distinta del resto de su familia.
Escribió:
A partir de 1854, la Sociedad de Ayuda a los Niños de Nueva York puso en práctica los programas de «traslado» o de «hogares gratuitos» para conceder a los niños huérfanos y necesitados la oportunidad de una nueva vida en el oeste. Entre esos niños estaba mi padre, el señor Joseph Doyle. En 1914, a la edad de cuatro años, se subió a un tren que lo condujo al pueblo de Bruselas, en Iowa. Era uno de los miles de niños vagabundos de Nueva York a los que llamaban «los árabes de la calle», pero que en realidad eran muchachos desatendidos y abandonados que deambulaban por la ciudad. Los chicos se ganaban la vida robando, mendigando y vendiendo periódicos, limpiando zapatos o dando paletadas de carbón. Pasaban la noche durmiendo en los callejones, en los portales y en las cajas de cartón desechadas.
Estaba trabajando en ello cuando descubrió que estaba embarazada. El ensayo continúa inacabado, como si fuera un apéndice inservible, y Nora comprende que nunca sabrá cómo acaba. Nunca volverá a entrevistar a su padre sobre sus experiencias ni tendrá ocasión de resumir su vida y obtener una conclusión.
Pero sabe que siempre pensará en ello. Siempre se preguntará si habría descubierto algo sobre la historia de su padre que lo hubiese explicase todo, y se imaginará el ensayo que habría completado para el señor Bosley, un ensayo de matrícula de honor, a su parecer. Su mente describirá un círculo en derredor de esos pequeños misterios: su padre y la leyenda de la desaparición del niño Ambrose y la muchacha de la Casa de la señora Glass: Maris.
Afuera sigue nevando. Las huellas que dejase Maris al escapar habrán desaparecido hace ya mucho.
Cuando recibió el paquete por correo, al principio Jonah no lo abrió. Observó el sobre de papel manila marrón y comprobó de dónde procedía. Habían estampado «Agencia Buscapersonas» con tinta negra difuminada en la esquina superior derecha. Cuando vio que ni siquiera habían mecanografiado su nombre y su dirección, sino que lo habían escrito a mano, con una caligrafía cursiva pueril y descuidada, se sumió en el desánimo. No parecía nada oficial.
Había esperado la llegada de aquel paquete durante casi nueve meses, el tiempo suficiente como para convencerse de que todo era una estafa. En una ocasión había intentado llamar para constatar el «progreso» de… ¿de qué? «De mi cuenta», dijo al fin, vacilante, y lo pusieron en espera de inmediato. El auricular que sostenía contra la oreja se humedeció durante la espera, mientras escuchaba la música rock sosegada y melodiosa que transmitían desde el otro lado de la línea telefónica y deslizaba las uñas sobre su frente y su cabello. Al fin, después de casi veinte minutos, se puso una mujer con voz de anciana para decirle que todavía estaban «investigando» su caso.
– Estamos trabajando en ello, cariño -le explicó con tono tranquilizador-. Odio decírtelo, pero estas cosas pueden tardar años. -Y él asintió cortésmente ante el receptor.
– Por supuesto. Lo comprendo -respondió, aunque sentía un rubor en las orejas y percibía el sonido del bombeo de la sangre, pum, pum, pum. Tres mil dólares , pensó. Les había pagado tres mil dólares, casi un tercio del dinero que había obtenido de la venta de la casa de su madre, la casita amarilla donde había crecido, de los muebles (algunos de ellos, antigüedades) y la colección de monedas y las pistolas de su abuelo. Pensó en decírselo a la mujer. Os he dado todo mi dinero , quiso decirle. Debería obtener algo a cambio . Pero no lo hizo. Lo único que dijo fue:
– ¡Bueno!-Lo único que dijo fue-: ¡En fin! Supongo que… se pondrán en contacto conmigo cuando sepan algo. -Y la mujer emitió una risa afectuosa.
– Sí, desde luego que sí -afirmó-. ¡Tenga paciencia, señor Doyle!
Y ahora tenía en sus manos el resultado de su paciencia, el producto de sus ahorros. Un delgado sobre de veintidós por treinta, apenas algunas páginas, a juzgar por el peso. Lo depositó en la mesita de café y puso encima la estatuilla de El pensador. Era idiota.
El día había empezado de un modo muy sencillo. Jonah debía ocuparse de un breve recado y abandonó el vestíbulo de su edificio de apartamentos para adentrarse en la ventisca densa y fría de un día de otoño en Chicago. Corría el mes de octubre de 1995 y no sucedía nada importante en el mundo, por lo menos en América, en aquella ciudad en la que Jonah había despertado para encontrarse vivo y existente. Más o menos. Allí estaba, Jonah Doyle, de veinticinco años, sin conexiones conocidas, un viajero en una importante metrópolis norteamericana. No era más que una persona anónima y ordinaria, como el resto de formas grises y distantes que discurrían por la acera de enfrente. Se puso la capucha de la sudadera mientras las gotitas de niebla moteaban sus innecesarias gafas de sol. Mientras caminaba observaba los movimientos de sus botas negras de punta cuadrada sobre la acera. Eran unas botas resistentes y sólidas, y no temía pisar cristales rotos, ni un calcetín perdido y aplastado, ni un hueso de pollo chupado y repugnante. Nada en absoluto. Pasó por encima de la melancólica boca de alcantarilla que tanto le gustaba, aquella donde crecía un círculo de hierba entre las rendijas de la tapa, hermosa hierba fresca, tan reciente que el verde era casi fosforescente. La admiró de nuevo, preguntándose cómo era posible que la hierba sobreviviese de ese modo y cuánto duraría frente a la inminente escarcha. Encendió los auriculares. Las hojas de otoño descendieron, describiendo espirales pausadas, desde el cielo en Tecnicolor de nítidos contrastes. Su vida no era tan mala, pensó. Las verjas de hierro rematadas en punta que se elevaban en los contornos de la acera presentaban una negrura más definida y las tres dimensiones de los edificios de apartamentos de ladrillo de tres pisos de altura se le antojaban más sólidas. El pliegue de una hoja de periódico levantó su ala rota de la acera y voló hacia delante varios pasos antes de posarse, y eso no le molestó. No mucho.
Читать дальше