Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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La chica desaparecida se llama Maris. Maris, otro seudónimo fantasioso , piensa, uno de esos nombres peculiares pero de extraño encanto que en realidad los padres nunca les ponen a sus hijas, pero que las chicas desean cuando tienen una edad determinada, imaginando que el nombre las convertirá en una persona distinta, en la princesa de una isla exótica. Es un nombre apropiado para una chica que, supuestamente, se ha desvanecido en la noche.

Al cabo de un rato se siente atraída hacia la ventana. La verja y el árbol desnudo están al otro lado, como sombríos trazos de carboncillo que se recortan contra la blancura monótona del suelo y el cielo. Sus dedos derriten el hielo en el borde del cristal, y Nora parpadea despacio, mientras piensa en el chico que acude al rescate de Maris, con el semblante ávido de amor y las mejillas rubicundas a causa del frío.

Sabe que no fue así.

Es más lógico, se dice Nora, pensar que Maris se suicidó. Lo más probable es que se ahorcara en su habitación, que tomase algunas pastillas bien escondidas o que se cortara las venas. La señora Bibb y las demás autoridades han extendido el rumor de su desaparición ellas mismas para que nadie se altere ni se alarme. Intentan encubrir la muerte de la pobre muchacha creando una distracción, pero lo cierto es que en realidad no existe ninguna «Maris». Solo otra Ann, Kathy o Joyce; un desfile de granjeras no demasiado brillantes en el proceso de comprender que su futuro es triste, patético y feo. No es un futuro de «Maris». No es un futuro de «Dominique».

Por supuesto que es eso , piensa Nora. La chica está muerta . Pero debe admirar la astucia de la historia, la imagen de esas huellas que se dirigen al pie de la verja y después terminan.

Sin embargo, cuanto más reflexiona, mejor comprende que solo es un mito, el eco de una leyenda local que ha oído en diversas ocasiones. Recuerda que un año, en la época de Halloween, leyó algo parecido en el periódico: era una especie de historia de fantasmas que entrañaba la desaparición de un niño.

La leyenda siempre se presenta como si fuera «un misterio de la vida real», incluso en el periódico. Hay nombres, fechas y lugares que sugieren el lustre de la verdad. Por ejemplo, aquel incidente se había producido, al parecer, el 31 de diciembre de 1899, en una hacienda situada a unos once kilómetros al este de Little Bow. La familia que la habitaba se llamaba Ambrose; era una pareja joven que tenía dos hijos.

Aquella noche en particular, un grupito de amigos se había reunido en el hogar de los Ambrose para celebrar la llegada del nuevo año. Entonaron canciones y brindaron mientras los dos chicos, que tenían ocho y seis años respectivamente, ahumaban maíz en la chimenea. Fuera, se estaba acumulando una densa capa de nieve.

Alrededor de las diez en punto, el señor Ambrose le pidió a Oliver, su hijo mayor, que trajese un poco de agua del pozo. Había dejado de nevar, y una luna gibosa se asomaba entre los claros de las nubes, arrojando un resplandor mortecino sobre el patio abierto y los campos. La señora Ambrose observó el lento progreso de su hijo con los chanclos que le habían regalado por Navidad, meciendo suavemente el cubo de plata en la mano.

Pero el chico apenas se había ausentado unos minutos cuando los presentes oyeron sus gritos pidiendo ayuda: «¡Mamá!». Emitió un chillido estridente, como si lo estuvieran atacando, y después el sonido se interrumpió abruptamente.

Los adultos salieron precipitadamente. El señor Ambrose llevaba una lámpara de queroseno, aunque el panorama de la pradera nevada parecía despedir un resplandor casi fosforescente a la luz de la luna. No había ni rastro del chico, ni sonido alguno, tan solo kilómetros de campos desarbolados y ventisqueros que se internaban en las sombras. Las huellas del chico terminaban a mitad de camino del pozo. No había más marcas en la nieve fresca, tan solo las huellas de Oliver y el cubo tendido de costado. El viento levantaba una fina filigrana de polvo a su alrededor.

Según el periódico, la investigación subsiguiente del incidente no hizo sino verificar el relato de los adultos. No se hallaron más pistas, y con el tiempo el misterioso caso «se abandonó discretamente» por falta de pruebas. La última vez que Nora vio la narración de la historia en el periódico se había incorporado un elemento de «interés humano» al consultar a diversos expertos que sugerían un abanico de posibilidades, desde que las águilas se habían llevado al chico hasta que lo había abducido un ovni. Un investigador privado de Denver lo desacreditaba todo. Decía que tal vez el chico se hubiese dirigido al pozo de algún modo juguetón (siguiendo el trazado de una cerca, quizá) de modo que no se vieran sus huellas, que se hubiese caído al pozo y se hubiese ahogado.

Cuando crecía, la propia Nora no había pensado detenidamente sino en el escalofrío que producían aquellas nítidas huellas que terminaban de forma abrupta. La historia estaba imbuida de una realidad emocional, una confirmación de lo que siempre había presentido en secreto: que su propia existencia tenía algo tentativo, algo endeble. Recordaba que cuando su padre la mandaba fuera de casa para ocuparse de alguna tarea después del anochecer (la basura que había olvidado tirar, el aspersor que no había apagado), la idea de aquella vieja historia se extendía sobre su piel mientras titubeaba en la puerta, con la creciente certidumbre, al adentrarse en la noche, de que nunca regresaría de su misión.

Incluso ahora, sentada a solas en su habitación, recordar la historia le produce una sensación de desasosiego. Comprueba su reloj de muñeca: son las seis y cuarenta minutos de la madrugada; no es el momento de ponerse supersticiosa y melindrosa. Pero no obstante, el silencio se le antoja inquietante de repente, y aparta la colcha y descalza, en camisón, se dirige furtivamente a la puerta, que apenas está entreabierta lo suficiente para que resulte incómodo, para que se sienta como si hubiese alguien espiando el interior.

Pero no hay nadie, por supuesto. El pasillo está desierto; aún falta casi una hora para el desayuno y puede que la calma sea incluso normal. Muchas internas duermen tanto que apenas parece que estén vivas. Doce o quince horas al día, según sus cálculos. Hay una chica en particular, «Ursula», que ha suscitado el interés vagamente científico de Nora: Ursula se presenta a la hora del almuerzo y de la cena, aturdida, con los ojos entrecerrados, tambaleándose con su enorme barriga como si fuese un manatí. Nora sospecha que está encinta de un bebé de proporciones grotescas o de gemelos, pero el hecho es que Ursula parece capaz de dormir en cualquier parte. Se sienta en la sala de la televisión, con sus gruesos muslos separados y la boca entreabierta, y a veces dormita en la cafetería, encima de la comida, cabeceando con el cuchillo y el tenedor suspendidos sobre el plato. En una ocasión, mientras estaban en fila para salir a ver una película, Nora la vio dormida de pie, esperando a que le entregasen su anillo de latón, descansando la mejilla sobre el hombro, parpadeando irregularmente, arrastrando los pies hacia delante en respuesta a los movimientos de las demás chicas. A veces Nora desearía ser como ella, sobreponerse a los terribles meses que se avecinan en una especie de coma.

Pero las cosas no funcionan de ese modo. Siempre que cierra los ojos, hay algo brillante que la rodea, así como los escarabajos de mayo se precipitan contra las bombillas, describiendo círculos vacilantes para estrellarse contra la pared de la casa y desplomarse sobre su espalda, emitiendo un frenético zumbido. Le asaltan pensamientos sobre la muchacha moribunda de El coleccionista , sobre las restantes internas de la residencia, sobre Dominique, Ursula y la desaparecida Maris, sobre su propio futuro inimaginable. Se sienta ante el escritorio de su habitación intentando dibujar caras en un pedazo de papel, chicas con los ojos grandes y los labios fruncidos que desfilan luciendo conjuntos contemporáneos.

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