Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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»¿Me dirijo a Troy Timmens? -dijo al fin.

– Soy yo.

– Oh -musitó-. Vale. -Entonces pareció tartamudear otra vez-. Bueno… señor Timmens, le… le llamo en… en representación… ¿del Instituto de la señora Glass? Y nos estamos… poniendo en contacto con las personas que fueron adoptadas mediante la Casa de la señora Glass durante los años 1965 y 1966. ¿Estoy en lo cierto al suponer… bueno, que usted es una de esas personas? ¿A quién adoptaron de la Casa de la señora Glass durante el año 1966?

– ¿Quién es? -dijo Troy, y su voz se endureció un poco. No le gustaba hablar del tema de la adopción. Consideraba que era información privada, y se sintió un tanto incómodo al imaginar que aquel desconocido se hallaba en posesión de una suerte de lista, un archivo o un registro en el que figuraba su nombre. Cosas que él ignoraba-. ¿Quién es? -espetó con brusquedad, y añadió, con su tono más comedido:

– ¿De qué se trata?

Ejem -dijo el torpe-. Me llamo… David. David Smith. Y participo en un proyecto que… Un proyecto que está entrevistando a varias… a varias personas. Y bueno… ¿Estoy en lo cierto al suponer… que usted es, en efecto, el Troy Timmens que fue adoptado de la Casa de la señora Glass en julio de 1966?

Era muy pesado. Troy frunció el ceño.

– Oye, tío -dijo-, estás en lo cierto al suponer que no me apetece hablar de esto por teléfono. Tenéis que enviarme una carta o algo así. No pienso hablar con alguien que me llama por las buenas.

– ¡Oh! -exclamó su interlocutor, ahora más azorado que nunca-. ¿Quiere decir que no ha recibido una carta nuestra? ¿Una carta certificada? Debería haber llegado.

– Pues yo no he recibido nada -afirmó Troy con severidad-. Así que no sé, a lo mejor os habéis equivocado de persona o lo que sea, pero tenéis que mandarme otra vez esa carta.

– Oh -respondió-. ¿Está seguro? -Su voz parecía crispada, como si de algún modo Troy hubiese herido profundamente sus sentimientos y tratase de contener el llanto. ¿Dios, cuál era el problema?-. En ese caso… ¿puedo verificar su dirección?

– Muy bien -accedió Troy-. Mira, no pretendo ser grosero. Pero este tema de la adopción es privado. No hablo de ello por teléfono con cualquier desconocido, ¿vale?

– Oh -balbució el tipo-. Por supuesto. ¡Por supuesto! Lo entendemos completamente.

Después de colgar, se sintió extrañamente inquieto. Un poco molesto, como diría Loomis. Y ahora, a las cuatro y trece minutos de la madrugada, se siente igual que entonces. Era un mal rollo que los de adopción molestasen a la gente por teléfono. Le recuerda a una historia que le contó su compañera Crystal en una ocasión. Una tarde, una pareja de ancianos se había presentado ante el umbral de su puerta. Estaban de paso, le explicaron: ahora residían en Oregón, pero antaño, cuando el anciano era niño, había vivido en San Buenaventura. Había vivido en esa misma casa, donde ahora lo hacía Crystal, y se preguntaba si les dejaría entrar a echar un vistazo.

– ¡Qué raro! -terció Troy, aunque no estaba seguro de la causa de su intensa repulsión-. ¿Y les dejaste entrar? Crystal se encogió de hombros.

– Solo eran unos viejos -dijo-. Tendrían ochenta años. Me pareció muy mono que cruzaran el país en coche. Eran muy dulces.

Pero en cuanto los admitió en su casa, el anciano se puso sentimental.

– ¡Qué poco ha cambiado! -exclamó-. ¡Recuerdo que me asomaba por esa ventana! -Y después, cuando accedieron al salón, rompió a llorar-. ¡Oh! -gimoteó-. Me imagino a mi madre ahí mismo, sentada en su silla. No pensaba en ella desde hace años. -Y tuvo que sentarse para sobreponerse.

– ¡Uf! -farfulló Troy-. ¡Qué siniestro! -Y Crystal lo miró de un modo extraño, como si hubiera pasado por alto el sentido de la historia, o lo hubiese malinterpretado.

– La verdad es que no -repuso-. Solo me pareció… interesante. Ya sabes, lo del paso del tiempo y todo eso.

– Supongo -respondió entonces Troy. Pero ahora, al pensar en ello, «el paso del tiempo» sigue sin parecerle interesante. Es invasivo y lúgubre, y se dice que se lo dirá a los de adopción si lo vuelven a llamar. «Mirad», les explicará. «Renunciasteis a vuestros derechos sobre mí hace mucho tiempo. Firmado, sellado y entregado. En lo que a mí respecta, ese es el fin de la historia.»

Sentado a la mesa de la cocina, desvelado, lo apunta en un cuaderno de Rotas. «Firmado, sellado y entregado. Fin de la historia.» Dibuja un bocadillo de tebeo alrededor de las palabras, y después frunce el ceño, con la lengua entre los dientes, mientras bosqueja una calavera, como hacía cuando era niño. Es una calavera feliz, y Troy conecta el bocadillo con su boca sonriente. Le añade a la calavera una corbata de lazo y un sombrero de fieltro. Después arruga el papel y lo tira. Se levanta y rebusca en un cajón una pipa de cristal específica que le gusta. Extrae su alijo personal del congelador y tamiza las semillas y las ramas de un pellizco de marihuana.

No ha hecho nada malo, piensa, pero se siente una mala persona. Siente que algo es culpa suya, algo que no puede siquiera nombrar, pero que se cierne sobre su mente como si fuera un pájaro pesado en una rama, y sabría de qué se trata si tan solo pensara en ello el tiempo necesario.

9 Marzo de 1966

Ha desaparecido una chica de la Casa de la señora Glass. Se ha escapado; eso es lo que dice la gente. Nora escucha los susurros de los rumores en la cafetería y en la sala de la televisión. Asiente cuando Dominique le refiere una versión del chisme, y observa las manos de la muchacha mientras teje; tiene las palmas rojas y parecen frías.

– Supongo que han llamado a sus padres -murmura Dominique-. Espero que despidan a la señora Bibb.

Hmmm -dice Nora, y dirige una mirada a la ventana. Corre la primera semana de marzo. Una densa capa de nieve se eleva hasta la altura de la rodilla. Según parece, nadie es capaz de explicar cómo se llevó a cabo la fuga. Por ejemplo, afirman que la chica se marchó de madrugada y que hallaron sus huellas en la nieve: una esponjosa sucesión de hendiduras que se encaminaban a la verja de hierro forjado y allí terminaban. Debió escalar la verja, dice la gente (una verja de dos metros de altura con barras metálicas rematadas en puntas de flecha), y puede que después se arrojara al remolque de una camioneta que la esperaba al otro lado al ralentí. Aunque no hubiera huellas de neumáticos. Aunque ella estuviese embarazada de ocho meses y tuviese una barriga enorme que no estaba hecha para escalar verjas y saltar encima de los camiones.

– No saben cómo lo hizo, esa es la cuestión -asegura Dominique, y Nora advierte que la duda y la esperanza se debaten en la mente de la muchacha-. Debió ser muy astuta -apostilla, vacilante.

Nora guarda silencio. ¿Qué hay que decir ante semejantes historias? Parecen ridículas pero hermosas. Quién no querría creer que una chica puede planear semejante estratagema, digna de un espía. Quién no querría creer que hay un novio ahí fuera, un chico eternamente fiel, quizá provisto de una camioneta humeante con remolque plano, mientras una se balancea sobre las afiladas espinas de la verja y el chico exclama: «¡Salta! ¡Salta! ¡Te quiero, nena!» cuando flexiona las piernas y se dispone a arrojarse al aire nevado y vivificante como si fuera un caballo sobre un abismo imposible.

Ahora que ha transcurrido un mes, Nora comprueba que ya no se sorprende al despertar. No exhala un resoplido de desconocimiento pasajero al abrir los ojos y descubrirse una vez más en aquella estancia, en aquel lugar. Levanta los párpados: la almohada se ondula como si fuera un paisaje, alejándose de su vista, y cuando se da la vuelta, el techo se extiende sobre ella, un techo de yeso granulado con manchas de humo amarillas difuminadas que lo atraviesan como si fueran las ondas de un espejismo; una diminuta envoltura de telaraña se mece en una corriente de aire. Ya no se encuentra enferma por la mañana, ni débil a causa de la fatiga o de los antojos repentinos e intolerables. En la penumbra de la madrugada, el escritorio y la silla han surgido de las sombras para solidificarse, y las paredes desnudas son tenebrosas pero visibles. Fuera, la ventisca continúa constante: no es violenta, pero es implacable. Gruesos copos de nieve del tamaño de su dedo pulgar se aplastan contra el cristal de la ventana y se amontonan sobre el alféizar, y Nora intenta imaginar a la heroica muchacha que avanza con determinación, huyendo sin otra cosa que un camisón y un ligero abrigo de otoño. No le parece probable.

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