»Mi hermano hizo muchas cosas de esas -añadió Jonah-. Estaba en… ¿cómo se dice? -Echó una ojeada subrepticia a Steve, procurando adivinar qué deportes habría practicado-. Atletismo -dijo-. Y, bueno, salía en una obra. -Indagó un instante en su mente-. El zoo de cristal.
– Oh, esa me encanta -dijo Holiday-. Apuesto a que hacía de Jim, ¿verdad? Jim O'Connor, el caballero invitado.
– Exacto -admitió Jonah. Se aclaró la garganta. Habría preferido que Holiday no hubiese conocido tan bien el texto, que él mismo había leído, pero apenas recordaba-. ¿Cómo lo has adivinado?
– Tiene gracia -intervino Steve, mientras se secaba las manos con un trapo de cocina-. Lo cierto es que yo hice el papel de Jim cuando estábamos en el instituto. Y Holiday el de Laura. La chica lisiada.
– Es casi siniestro -dijo Holiday, y Jonah sintió que su rostro enrojecía.
– Bueno -repuso-. Mi hermano hacía muchas cosas. Estaba metido en muchas historias. -Y guardó silencio mientras los dos adoptaban un aire solemne; el silencio se expandió en la cocina mientras él continuaba secando el cazo que le había dado Steve, aunque ya estaba seco. Se arrepintió de haber hablado.
– Debes echarle mucho de menos -dijo Holiday respetuosamente.
– Sí -respondió Jonah. Apartó la mirada mientras Holiday despegaba a Henry de su pezón y se bajaba la camisa-. Pero no tenemos que hablar de ello.
– ¡Oh, no! ¡Claro que no! -exclamó Holiday. Y cuando Jonah miró a Steve, este le estaba observando las cicatrices de las manos, las finas marcas de dientes que le surcaban las muñecas hasta los nudillos. Se produjo un silencio, y Holiday terció:
– Apuesto a que a Henry le gustaría que lo cogieras, Jonah.
Fue un momento trascendental, pensó después. Quizá fuera esa la primera vez que cogía a un bebé. Se sentó en la silla de la cocina y cuando Holiday depositó a Henry en sus brazos experimentó un temblor singular. Steve y Holiday lo observaban esbozando una sonrisa benigna, pero casi se olvidó de ellos. Estaba fascinado por la emoción del momento, por el peso tibio y convulso que se acomodaba en sus brazos y se serenaba.
El bebé lo miró fijamente. Sintió una opresión de tiempos pasados. Le recordó el modo que tenía su abuelo de sentarse a contemplar el horizonte. Pensó en la amarga broma de su madre. «Oh, mira, ese es mi bebé».
Los grandes ojos del bebé se posaron sobre él, y aunque era una de las noches más felices de toda su vida, se puso melancólico. Había leído en alguna parte que los bebés sienten una atracción instintiva por las caras, que se fijan hasta en los dibujos o las formas abstractas que se asemejan a ellas, y en los objetos redondos con marcas que sugieren ojos, nariz y boca. La información se le antojaba terriblemente triste, terriblemente solitaria: se imaginaba a todos los bebés del mundo acechando la atmósfera imprecisa sobre sus cabezas buscando caras, así como los hombres primitivos escudriñaban las estrellas buscando patrones, como los náufragos contemplan la luna o el parpadeo de un satélite. Le entristecía pensar que el bebé estaba recabando información; que su mente y su alma se solidificaban lentamente en torno a aquellas impresiones, hasta comprender la causa y el efecto, al abandonar el vacío o la niebla para acceder a la realidad. A una realidad. El verdadero terror, pensaba Jonah, el verdadero misterio de la vida, no era que todos fuésemos a morir, sino que hubiésemos nacido, que antaño hubiéramos sido tan pequeños como aquel bebé y que nos hubiésemos tambaleado lentamente hasta el mundo, que acumulásemos una hebra tras otra como si este fuese una madeja de cuerda. El verdadero terror era que una vez no habíamos existido y que después, aunque no fuese culpa nuestra, nos habíamos visto obligados a hacerlo.
Después de caerse, Hombrecito llora un rato. Va a tener un ojo amoratado («un verdadero cardenal», señala Troy) y se palpa la zona hinchada con cautela.
– Me puedo ver la mejilla -rezonga con amargura-. Y ni siquiera estoy intentando mirarla.
Descansa la cabeza en el hombro de su padre y se arrima un poco, sorbiendo por la nariz. Parece que se encuentra bien, y Troy lo ciñe por la cintura con más fuerza. Le tiemblan las manos y espera que Hombrecito no advierta su estremecimiento cuando aprieta la mano contra su espalda. Sigue oliendo el cabello de su hijo mientras recorren la acera con urgencia.
Está un poco horripilado. Recuerda su pesadilla, en la que Hombrecito se cae del árbol. ¡Y ahora, en efecto, Loomis se ha caído de un árbol!
– ¿En qué estabas pensando, tío? -susurra, reprendiéndolo con afecto-. ¿Te vas a convertir en un temerario? ¿Como Evel Knievel, pero subiéndote a los árboles?
– Esos chicos me mintieron -responde Loomis con tono sombrío-. Me dijeron que había un nido de pájaro con huevos dentro y yo les creí. Me auparon hasta arriba y me caí. -Apoya el lado bueno de la cara en la camisa de Troy-. ¿Qué es Evel Knievel?
– Oh -responde Troy, distraído-. Era un motorista famoso. Hacía, ah, temeridades. -Pero no está pensando en Evel Knievel. Está pensando en los otros chicos, los que han aupado a Loomis a un árbol-. Cabrones -masculla, y la aversión que le inspiran se endurece hasta convertirse en algo parecido al odio. Scotty y Davey, mierdecillas de la escoria de caravana del barrio. ¿Cuántos años tenían? ¿Ocho o nueve? Aprovecharse de un chico de cinco años. Lo supo cuando se presentaron corriendo en la puerta de pantalla con el semblante arrebolado y los ojos centelleantes: «¡Señor Timmens! ¡Loomis se ha caído! ¡Se ha hecho daño! ¡Está llorando!», exclamaron con alegría, pensó, casi deslumbrantes a causa de la emoción. Debería haber sabido desde el principio que no podía fiarse de ellos, con sus repelentes cabezas rapadas, sus mugrientas camisetas blancas y sus deportivas de segunda mano sin calcetines. Empezaron a ir a jugar, a comerse sus patatas fritas y sus galletas buenas, y cuando se ofrecieron a llevarse a Hombrecito a casa tuvo un momento de flaqueza, pensando que sería agradable disponer de una hora para sí mismo, que podría lavar los platos y hacer la colada, cosas que había descuidado desde hacía unos días. No debería haber confiado nunca en ellos, se dice ahora, y su humor se ensombrece, y se muerde la cara interior de la mejilla. Procura idear maneras de acojonarlos. Enseñarles a meterse con su hijo. « ¡Señor Timmens! ¡Loomis se ha caído! ¡Se ha hecho daño! »Joder, nunca había sentido antes esa clase de horror, mientras recorría la calle, imaginando sangre y huesos rotos. Una ambulancia.
Pero no era tan malo. Deposita a Hombrecito en una silla de cocina y levanta tres dedos.
– ¿Cuántos dedos estoy levantando? -pregunta, y Hombrecito lo mira con recelo, perplejo.
– ¿Tres? -contesta, y eso hace que Troy se sienta un tanto mejor. Extrae una cubitera del congelador de la nevera y la vacía sobre un trapo de cocina. Envuelve unos cubitos de hielo en el paño.
– Ya está -dice-. Póntelo en el ojo. Está frío, pero te bajará la hinchazón.
Hombrecito obedece, pero tuerce el gesto cuando apoya el fardo lleno de hielo en el ojo.
– ¿Por qué me bajará la hinchazón?
– No lo sé -confiesa Troy-. Tú confía en mí. Así es.
Se desploma en una silla al otro lado de la mesa, frente a Hombrecito, y lo examina un momento. Se encuentra bien. Troy alarga la mano hasta el cenicero que descansa en el centro de la mesa, coge un porro de marihuana apagado de medio dedo de longitud y lo arroja al fregadero. Buen tiro. El porro aterriza en la pileta, donde está el triturador de basura, y Troy descansa la frente en la palma de la mano. No debería fumar hierba en pleno día, se dice, y aferra el teléfono inalámbrico, que también está en la mesa, y se lo pone en la oreja. No se oye sonido alguno. Estaba allí sentado, fumando un porro y hablando por teléfono con Ray, cuando Scotty y Davey aparecieron corriendo frente a la puerta de pantalla, y supone que en algún momento debería devolverle la llamada para que sepa que todo marcha bien.
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