Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– «Es un principio», podía decirles, y encogerse de hombros. Podía explicarles que estaba ahorrando y que abonaba las facturas por adelantado con el fin de obtener un buen informe crediticio. Sí que tenía algunas ideas para el futuro: podía decirles, por ejemplo, que trataría de someterse a una cirugía plástica decente. Que consideraría distintas carreras profesionales. Que anhelaba una vida normal: casarse, comprar una casa… ¿Quizá tener hijos?

Había planificado mentalmente esos temas de conversación, pero cuando se sentaron no se atrevió a expresarlos. No le parecían muy convincentes, la verdad, y no deseaba que advirtieran el deprimente hecho de que a menudo se cuestionaba la posibilidad hasta de aquellas cosas tan simples. No quería que supieran que eran los únicos con los que había mantenido una verdadera conversación desde hacía casi un año. Al final, terminó imitando a la señora Marina Orlova, que odiaba a los americanos sonrientes. Les demostró cómo hacía muecas de chimpancé y ensayó una versión de su voz: «¡Sonrío! ¡ Aj ! Es repulsivo». Los dos se carcajearon sin cesar, y Holiday le preguntó:

– Jonah, ¿por qué eres tan tímido? Te estás ruborizando. Qué gracioso eres.

Jonah había reparado en Steve antes que este en él. Había adquirido la costumbre de observar a otras personas que imaginaba que tenían su misma edad, sencillamente porque sentía curiosidad. Deseaba saber cómo debía ser él. Caminaba detrás de un joven y sofisticado ejecutivo, estudiando su apurado corte de pelo, su traje azul oscuro de cuadros y su brillante corbata roja, sus pasos apresurados y decididos; se demoraba en una tienda de discos para examinar a un empleado de ojos achinados con un pirsin en la nariz y tatuajes en los antebrazos, así como una actitud de aburrida y mohína superioridad; seguía a una pareja de marineros sonrientes ataviados con sus anacrónicos uniformes que se tambaleaban y reían sonoramente al salir de un bar. Por un momento, casi podía imaginarse en otra vida. Podía existir durante un segundo dentro de aquellas personas: un instante en el que se desprendía de su propia piel y emprendía una senda distinta, como si pudiera atravesar la membrana de sus cuerpos y encontrarse de repente mirando a través de sus ojos.

Al principio, Steve no había sido más que otro receptáculo en el que proyectarse. Era camarero, una de esas figuras imprecisas y distantes que entraban y salían de la cocina; tenía el cabello rubio y las facciones rollizas, y se comportaba con la encantadora vehemencia que Jonah asociaba vagamente con los ídolos adolescentes de los años setenta. Steve ensanchaba los ojos y decía: «¡Jo!» de un modo que a Jonah le parecía especialmente destacable. Lo ensayó cuando volvió a casa del trabajo, frente al espejo del cuarto de baño. «Jo», dijo, y adoptó una imitación de la sonrisa soñolienta y cómplice que empleaba Steve. «Guay», dijo, de igual manera que Steve, de modo que sonaba como: «Guayi». Se habría parecido mucho a Steve, pensaba, de no haber sido por las cicatrices. Se parecían en el tipo de cabello, que era liso y de color castaño claro, y en los rasgos infantiles y las mejillas regordetas. Hasta medían lo mismo, casi dos metros, aunque el cuerpo de Steve estaba más proporcionado, compuesto enteramente por líneas tersas, como el de un nadador. El cuerpo de Jonah era más anguloso y singular: tenía la piel blanquecina excepto en las manos y en las plantas de los pies, que estaban enrojecidas; el pecho y los hombros eran anchos, y los brazos musculados y fibrosos, pero daban paso a un vientre redondeado y un poco gordinflón, y seguidamente a unas piernas flacas y unos pies hinchados con los dedos alargados. Era como si hubieran injertado tres cuerpos en una sola persona, pensaba; aunque también era consciente de que la postura marcaba una diferencia. Tenía tendencia a inclinarse de modo que resaltara la barriga, y si se erguía y metía tripa tenía mejor aspecto. Volvió a ensayar su versión de la sonrisa de Steve, mirándose en el espejo primero desde un ángulo y después desde otro, tapándose la cicatriz de la cara con una mano. No está mal , pensó. De verdad. No está mal.

Steve estaba más presente en la cocina que la mayoría de los empleados del servicio. En general, los camareros y las camareras entraban y salían a toda prisa: arrojaban pedazos de papel a los cocineros en los que habían garabateado los encargos de comida, exclamaban «¡Pedido!» y se alejaban a la carrera. Y Jonah era todavía más marginal que el resto de los cocineros: casi siempre se hallaba en un rincón, frente a una tabla de cocina, picando setas, zanahorias o apio, con las yemas de los dedos al borde mismo de los veloces movimientos del cuchillo que empuñaba con la otra mano.

Pero Steve había reparado en Jonah. Steve siempre aparecía para charlar con la pareja de cocineros principales: Ramona, la negra corpulenta, y Alfonso, el mexicano entrado en años. Steve les hablaba de su esposa embarazada, les mantenía al tanto de los progresos, les decía: «¡Jo!» y «¡Guay!», y más adelante llevaba fotografías del nacimiento del niño, que circulaban a media tarde, cuando la clientela de la hora del almuerzo se había marchado y el trabajo se había sosegado. Sonreía, sumamente complacido consigo mismo, y obsequiaba con puros a modo de broma. Incluso a las mujeres.

Jonah lo observaba con cauteloso interés. Admiraba su don de gentes, su manera afable y franca de flirtear con Ramona, o de contarle chistes (¡en español!) a Alfonso, y las sonoras carcajadas de ambos, que entornaban los ojos maliciosamente. Pero asimismo resultaba desconcertante, porque Steve no dejaba de sorprender la mirada de Jonah, advirtiendo su inspección antes de que este pudiera bajar la vista. El día que llevó consigo imágenes del recién nacido miró directamente a Jonah de improviso.

– Eh, tío -dijo Steve-, ¿quieres verlas?

Jonah se encogió de hombros, incómodo.

– Claro -respondió, y Steve contorneó la divisoria y depositó varias fotos en las manos de Jonah, enfundadas en sendos guantes de látex. En una de ellas había un bebé ensangrentado, cuyo cuerpo parecía el de una ardilla despellejada, que abría su ancha boca y apretaba los ojos; en otra, el bebé, al que ahora habían envuelto en una manta azul, estaba apretado contra el pecho desnudo de una muchacha exhausta ataviada con un camisón de hospital.

– Ese es Henry -anunció Steve-. ¡Ese es mi hijo!

– Ah -repuso Jonah, vacilante-. Qué guapo.

Steve sonrió y extendió la mano.

– Me llamo Steve -declaró-. A veces te veo mirándome, pero no conectamos nunca.

Jonah se disponía a introducir su mano resbaladiza y recubierta de látex en la palma de Steve cuando comprendió que era grosero y chocante.

– Oh, perdón -dijo, y se despojó del guante, secándose la palma húmeda con la camisa.

»Me llamo Jonah -agregó. Estaba terriblemente avergonzado. A veces te veo mirándome, pensó, y no estaba seguro de qué añadir. Pensaba que había sido muy sutil al observar a Steve.

Pero este no parecía molesto por ello.

– Hola, Jonah -dijo-. Bonito nombre.

– Gracias -contestó Jonah, y le ofreció a su interlocutor la sonrisa que había estado practicando, antes de darse cuenta de que quizá este reconociera que se trataba de una imitación. Miró de nuevo las fotos, la expresión maravillada de la esposa al sostener el bebé (Henry), con el rostro lívido, conmocionada y no obstante, pensaba Jonah, muy hermosa. Lo avergonzaba verle el pecho, aunque la boca del bebé ocultaba el pezón-. Estas fotos son muy pero que muy bonitas -dictaminó, sosteniéndolas para devolvérselas a Steve.

– Quería presentarme -afirmó Steve-. Siempre te veo mirándome, y pienso, «¡Jo, debo sacarlo de quicio!». Ya sabes, como entro y hablo con todo el mundo, bueno, menos contigo. ¡Debes creer que soy un pesado!

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