Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Oye, Hombrecito, ¿qué te parece un poco de esto?

Y Hombrecito frunce el ceño pensativo, diciendo:

– Papá, ¡me parece que no!

El verdadero nombre de Hombrecito es Loomis. Troy estuvo a favor del nombre cuando nació el niño; se le había ocurrido a Carla, su ex esposa, y Troy pensaba que era singular y poseía una connotación hosca; era un nombre de vaquero, y eso molaba. La segunda opción era Marley, por Bob Marley, el cantante de reggae . Lo propuso Troy, pero Carla señaló que Marley era más apropiado para una chica.

Pero en última instancia Loomis no resultaba convincente, al menos en la mente de Troy, y le gustaba menos aún que Carla lo llamase «Loomy», que por alguna razón conjuraba la imagen de un ogro jorobado y babeante, con un ojo más grande que otro. Loomy. Discutieron un poco al respecto.

– No le llames «Hombrecito» -dijo ella, irritada-. Lo vas a acomplejar. -Y Troy frunció el ceño ante su tono autoritario y sentencioso-. Además, ¿por qué tienes que ponerle un mote a todo el mundo? -continuó-. Es como si no pudieras esperar para echarle mano a la identidad de la gente y moldearla para sentirte superior. Me llamas «Enana» constantemente, y ahora él tiene que ser «Hombrecito». ¿Tú qué eres? ¿Una especie de gigante? ¿Tenemos que llamarte «Hombretón»? ¿«Troy el Largo »? ¿Qué te parece «Goliat»? A lo mejor deberíamos llamarte «Goliat».

Él no respondió. Carla parecía muy excitada; cocaína, se dijo, o quizás anfetas, o algo parecido, que te hace pensar que eres listo y que tu mente es tan cortante y afilada como una cuerda de guitarra. No quería discutir, no quería decir nada para que cambiara de parecer.

Los dos se hallaban sentados en la cocina de su apartamento en Las Vegas. Hombrecito estaba en la habitación contigua viendo la televisión y el novio de Carla, el que se la estaba follando ahora, pues se habían sucedido varios desde que su separación, había salido. Troy no formuló ninguna pregunta. Los dos estaban sentados a la mesa, bebiendo café y contemplando un modesto patio desértico cubierto de tierra dura y gris en el que había excrementos de perro diseminados. Los armarios de la cocina eran blancos y tenían ribetes dorados en torno a las molduras; había una estatua de Cupido dorada en la mesa, presidiendo un tazón de fruta de plástico.

Casi un año después de su partida, ella lo había llamado en mitad de la noche.

– Escucha -le dijo, arrastrando pesadamente las palabras-, me preguntaba si podrías venir a recoger a Loomis. -Se interrumpió, y Troy supuso que intentaba recuperar la compostura, pues tenía la boca espesa-. Este no es un sitio adecuado para un niño -prosiguió-. He pensado en lo que dijiste. Lo de la custodia y eso.

– ¿Sí? -intervino Troy-. ¿Qué estás diciendo?

– Solo me preguntaba… no te pongas gilipollas, pero estaba pensando si querrías venir a recogerlo. Quedártelo unos meses. Quizá un año. Las cosas están un poco… no empieces, Troy, pero las cosas no andan demasiado bien por aquí. Creo que le iría mejor contigo. -Eso fue sobre las cuatro de la madrugada y a Troy lo asaltó la peregrina idea de que quizá todo cambiase, de que a la larga volvería a estar con Carla, de que pasado algún tiempo ella regresaría a Nebraska y se convertirían en una familia, olvidando cómo habían echado a perder su matrimonio.

Hasta se lo imaginaba sentado en su cocina de Las Vegas, mientras ella lo contemplaba con ademán sombrío, con las pupilas dilatadas casi hasta el contorno del iris, de tal modo que le costaba recordar que tenía los ojos azules.

– Mira -dijo ella-, si te lo vas a llevar, no puedes seguir pasando. Ni siquiera hierba, ¿vale? Es un buen chico, ¿sabes? Y uno de nosotros debe intentar… no cagarla, ¿sabes?

– No estoy pasando -repuso, y a grandes rasgos eso era cierto-. Si casi ni fumo -añadió, pero eso no lo era. Ella se rió.

– Oh, por amor de Dios, Troy -replicó-. No me mientas. Deberías verte los ojos. Parecen putos globos inyectados en sangre. Ni siquiera te habría llamado si no creyera que no tengo otra opción.

Troy vuelve a pensar en ello mientras pasea en compañía de Hombrecito por el sendero de tierra que discurre al otro lado de la casa situada en el término septentrional del pueblo de San Buenaventura, el camino que conduce a las colinas grises cubiertas de terrones. Están buscando fósiles, pues a Hombrecito le interesan mucho, y Troy se agacha para recoger una piedra plana, imaginando que se trata de un trilobites que tiene grabado el esqueleto de una hoja o de un pez. Troy tiene nociones imprecisas: en algún momento del pasado remoto, aquella seca planicie estaba anegada por un mar de miles de kilómetros de ancho. Hombrecito tiene cinco años, y caminan cogidos de la mano.

– ¿Sabes lo que me estaba preguntando? -dice Hombrecito-. Si aquí había un mar, ¿cómo se llamaba? Y también, ¿había tiburones? ¿Era de agua salada o de agua dulce?

Hmmm -responde Troy. A veces le preocupa que Hombrecito se convierta en un genio. ¿Qué ocurrirá entonces? Recuerda que Carla se burlaba cuando se sentaba con las piernas cruzadas en el suelo del salón para jugar a la Nintendo con él. «Sabes, Troy, dentro de unos años será más maduro que tú, ¿y qué vas a hacer entonces?» En aquel momento sonrió, pero ahora, cuando recuerda ese comentario, se siente abatido.

«Veamos -prosigue-. Supongo que probablemente era de agua dulce, porque, ya sabes, era la Edad de Hielo y todo eso. Y después se derritió y se evaporó, y lo único que quedó fueron los Grandes Lagos, que están en Chicago y eso. -Piensa un momento. No quiere que el chico acabe pensando que es idiota-. A lo mejor deberíamos ir a la biblioteca para averiguarlo.

– Vale -dice Hombrecito.

– ¿Quieres que te lleve a hombros? -pregunta Troy-. ¿Tienes las piernas cansadas?

Y Hombrecito se encoge de hombros.

– No me importaría que me llevaras a hombros -responde, muy diplomático, formal y majestuoso, mientras Troy lo levanta.

– ¡Uf! -rezonga Troy-. Estás engordando o yo me estoy haciendo viejo. ¿Sabes que ayer cumplí treinta años? No podré seguir llevándote mucho tiempo.

– Peso diecinueve kilos -protesta Hombrecito, y clava los talones en las axilas de Troy como si fuera un jinete espoleando delicadamente a su caballo-. Feliz cumpleaños, papá.

Es feliz, desde luego. Los dos son felices juntos, Hombrecito y él, y Troy sabe que debe dar gracias por ello.

– ¿Por qué te preocupas tanto por esa mierda? -le preguntó hace poco su primo Ray-. Últimamente no haces más que preocuparte, y eso no sirve de nada.

Y cuando Troy se encogió de hombros, Ray efectuó un ademán expansivo hacia Hombrecito.

– Míralo, Troy. Está contento, está sano, parece un Einstein enano entre nosotros. ¿Qué más quieres?

– No lo sé -respondió Troy. Los dos estaban sentados en la hierba en el límite del parque, observando a Hombrecito mientras jugaba y pasándose un porro con precaución. Troy estaba más paranoico que nunca, ahora tenía mucho cuidado de pasar el porro solapadamente, entre el pulgar y el índice, dando una calada rápida y bajándolo con la misma celeridad. Desconocía la causa de su desazón. No había nadie a su alrededor y Hombrecito estaba completamente concentrado en el tobogán en el que se estaba ejercitando. Troy lo observó mientras Hombrecito ascendía la escalera hasta la cima y se sentaba entrelazando las manos en el regazo con ademán solemne antes de deslizarse por la plataforma metálica con la expresión taciturna y resuelta de un piloto de carreras al acelerar. Cuando llegaba al fondo, regresaba corriendo a la escalera. No parecía cansarse de ello.

»Tengo que empezar a pensar en cambiar de oficio -continuó-. ¿Sabes? No quiero ser camarero siempre. Además, es una jodienda encontrar a gente que se ocupe de Hombrecito hasta que yo salga a las dos o las tres de la mañana. Sabes, va a empezar el colegio este otoño, y entonces, ¿qué voy a hacer?

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