Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– ¿Las eficiencias? -dijo la mujer, que parecía dedicarle una mirada colérica a la cicatriz de su rostro-. ¿Las eficiencias amuebladas?

– Sí, señora -contestó Jonah. Puso los brazos a ambos lados del cuerpo con sumo cuidado y procuró dilucidar si estaba erguido-. La he llamado esta mañana -añadió, y le sonrió, como se había propuesto.

La mujer guardó silencio con ademán sombrío. Más adelante averiguaría que se llamaba señora Marina Orlova y que había crecido en Siberia. Después ella le explicaría que le disgustaba la costumbre americana de sonreír constantemente:

– Parecen chimpancés -afirmó con su voz amarga y destemplada. Hizo una mueca, enseñando los dientes de un modo grotesco-. ¡ Ag ! ¡Sonrío! ¡ Ag ! Es repulsivo.

Pero ahora se limitó a contemplar su sonrisa con un suspiro de desaprobación, y Jonah se sintió terriblemente avergonzado.

– Espere -dijo al fin-. Voy a coger las llaves.

El estudio le sorprendió. Le recordó un poco a una habitación de motel y le encantó de inmediato. Había un sofá marrón que se transformaba en una cama, una mesita con dos sillas junto a una lámpara de pie y en la pared un cuadro de la orilla del mar. En una hornacina había una cocinilla provista de una estrecha encimera: un fregadero, un frigorífico enano, un microondas, un horno de tamaño medio, una cafetera, algunos armarios; y al otro lado había un pequeño cuarto de baño, un espacio reducido, no mucho mayor a un armario en el que hubieran comprimido un retrete, un lavabo y una bañera. Lo sedujo lo compacto del conjunto. Eficiencia , pensó, y se volvió hacia la señora Orlova, que estaba en la entrada con los brazos cruzados sobre el pecho.

– Tiene una pinta estupenda -dijo-. Sencillamente… fantástico. -Sonrió de nuevo y la miró a los ojos, como había sugerido Quince escalones en la subida hacia el éxito -. Me encanta -afirmó. Y era cierto. Era lo opuesto a la casa en la que había crecido, con cachivaches acumulados y manchados de humo, gruesas telarañas y grifos que expulsaban agua amarillenta y sulfúrica. Se aclaró la garganta-. Pues bien, entonces -prosiguió-. ¿Puedo…? ¿Cómo se puede… reservar una?

La señora Orlova enarcó las cejas, que formaron una línea negra al juntarse sobre el puente de la nariz.

– ¿Tiene referencias?

– ¿Referencias?

– ¿Dónde vivía antes? -Inclinó la cabeza y se encogió de hombros, haciendo un gesto con la mano-. Cuando se vive en un sitio se tienen referencias.

– ¡Oh! -Con gran esfuerzo, se obligó a no adoptar de nuevo la postura sumisa-. No estoy seguro -dijo-. Soy de Dakota del Sur. Me acabo de mudar.

– ¿Dakota del Sur? -repitió ella, paladeando las palabras como si fueran un lenguaje nuevo. Volvió a fruncir el ceño enérgicamente, con ademán pronunciado y suspicaz, y Jonah se apoyó en el otro pie-. ¿Eso está… ah… al oeste?

– Sí -respondió Jonah-. Está por… -Y señaló vagamente, aunque ignoraba la dirección. Parecía que su brújula mental ya no funcionaba en la ciudad, y no tenía ni idea de adonde estaba señalando-. A unos seis… -dijo-, ¿ochocientos kilómetros, más o menos?

Hmmm -repuso la mujer. Al parecer estaba reflexionando sobre ello como si no lo creyera del todo. Jonah comprobó que su mirada recorría nuevamente la cicatriz de su cara, como si trazase una autopista interestatal en un mapa.

– Fue un accidente en una fábrica -explicó-. Por si le interesa.

– No me interesa -contestó, aunque su expresión se suavizó un tanto. Movió las cejas de un modo complejo-. ¿Y si está disponible? ¿Cómo va a pagar?

– No lo sé -admitió Jonah-. ¿Acepta efectivo?

El rostro de la señora Orlova volvió a cambiar cuando Jonah extrajo el rollo de billetes del bolsillo de la chaqueta, un fajo apenas mayor que su puño. Echó chispas por los ojos, haciendo otro mohín con el labio inferior mientras él separaba billetes de cien dólares del montón con dedos temblorosos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete.

– Hubo una indemnización. Por el accidente.

– Ah -dijo ella, y lo estudió con franqueza-. Deberían haberle dado un millón. -Se encogió de hombros, reflexionando durante un instante más, pero al parecer había tomado una decisión favorable.

Al principio había creído que el dinero le duraría bastante. Casi quince mil dólares, que en su momento le habían parecido una suma impresionante, aunque más adelante descubrió que en la mayoría de los sitios las casas costaban muchas veces esa cantidad, hasta las ruinosas. Cuando abandonó Little Bow, llevaba consigo doscientos treinta y cuatro billetes de veinte dólares y cien billetes de cien, que había procurado ocultar en diversos lugares del coche. Mil en la cartera, otros mil en la guantera, billetes de cien dólares metidos entre las páginas de los libros y en los bolsillos de las ropas que había empacado.

Esa era su herencia. Había decidido, antes incluso de la muerte de su madre, que se desharía de todo cuando llegase el momento, y eso fue lo que hizo. Vendió la casita amarilla de Dakota del Sur y el terreno circundante, así como todos los muebles y las posesiones que podían reportarle algún dinero. Había metido todo lo demás (muchas cosas) en bolsas de basura y lo había dejado en manos del basurero. Se esfumaron la mayoría de las fotos familiares, así como las cartas y los papeles; la colección de conchas y baratijas sin valor de su madre, sus propios anuarios de instituto y los dibujos de la infancia que habían sobrevivido, las colchas harapientas que había confeccionado su abuela, la colección de novelas del oeste de Louis L'Amour de su abuelo; montones de periódicos, propaganda y extractos bancarios, latas de guisantes y de peras sin abrir que habían descansado en los estantes durante al menos diez años; latas de café llenas de alubias pintas, de clavos o de botones, así como un armario entero repleto de artículos de limpieza sin usar; las horribles acumulaciones de los últimos años de la vida de su madre, cuando tanto Jonah como ella se habían quedado sin fuerzas para tirarlas. Halló una taza de plástico olvidada en un anaquel de la habitación de la lavadora que tenía una capa de moho muerto flotando en la superficie de un centímetro y medio de café inacabado. ¿Quién sabía cuántos años tenía? Tal vez hubiera estado un año o más en aquel estante. Encontró un recibo del supermercado de hacía veinte años en el cajón de un escritorio, así como una ingente colección de lapiceros diminutos y bolígrafos cuya tinta se había secado tiempo atrás. Guías telefónicas de hacía siete años. Antiguos cinturones menstruales anteriores a los tampones. Llaves y llaveros. Fiambreras derretidas. Joyas sin valor.

El subastador, el señor Knotts, meneaba la cabeza tristemente mientras los dos indagaban en aquel desorden. Se aclaró la garganta cuando Jonah arrojó a la papelera un paquete de fotos.

– Debería ojearlas -observó suavemente, pero Jonah lo ignoró.

»La gente puede ser impulsiva cuando está de luto -añadió.

– Sí -admitió Jonah. Rescató las fotografías y las depositó sobre una pila de cosas que se proponía conservar, pero solo por deferencia al señor Knotts, como si le debiese algo al viejo.

El señor Knotts era un hombrecito solemne con acento chillón de Arkansas y al principio Jonah se había propuesto tomarle antipatía. Lo que quería decir que no le había gustado cómo insistía en llamarlo «hijo» por teléfono, ni su aspecto cuando se reunieron para discutir el «proceso de la subasta», como lo había denominado Knotts; la plácida resonancia de su voz poseía algo desagradablemente cristiano, había pensado Jonah, que había reparado con ánimo sombrío en los diversos accesorios (la camisa de vaquero con diseño floreado y botones perlados, la corbata de lazo, las botas de vaquero de la talla treinta y nueve con la punta plateada y el peluquín rubio) que parecían indicar un tipo determinado de zalamería untuosa y santurrona.

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