Nadie lo quitaría, pensó. Seguiría allí, como una suerte de indicador, si acaso hubiera de regresar.
Durante una temporada, durante aquellos primeros meses en Chicago, Jonah hasta consideró llamar al señor Knotts para contárselo. Deseaba explicarle a alguien que tenía que marcharse, que tenía que deshacerse de todo. Quería decirle a alguien: «Voy a ser una persona nueva», y que este le respondiera: «Sí. Sí, claro que sí».
6 Sábado, 15 de junio de 1996
Troy sueña que su hijo ha muerto y se despierta de repente, ahogándose. Se despierta porque ha dejado de respirar. Se le ha cerrado la garganta y se incorpora abruptamente, produciendo un sonido gutural, como un perro que se atraganta con una tira de carne. Agita las manos momentáneamente y jadea entre toses, desorientado.
Al cabo de un instante se percata de que no ha ocurrido nada. Esta es su casa, la casa en la que ha vivido siempre, y su hijo no está gritando. Es una mañana en los albores del verano. Se lleva una mano a la cara y se la restriega desmayadamente. Está en el sofá del salón, donde se quedó dormido la noche anterior, con los pantalones vaqueros y los calcetines puestos y la camisa blanca abotonada, pestañeando bajo la pirámide luminosa del sol de mediodía y las motas de polvo que flotan perezosamente. La televisión está encendida, emitiendo el sonido de los dibujos animados del sábado por la mañana, y de hecho Hombrecito está sentado en el suelo con las piernas cruzadas, comiendo cereales secos de la caja, completamente absorto. No está gritando. No está muerto.
– Mierda -farfulla Troy, haciendo una mueca, y Hombrecito se vuelve para mirarlo por encima del hombro mientras Troy se aclara nuevamente la garganta. Flema.
– Están poniendo Batman -dice Hombrecito-. Es un episodio nuevo. Te lo estás perdiendo.
– Oh, ¿de veras? -responde Troy-. Qué guay. -Se queda sentado un momento, contemplando la televisión con desinterés mientras los superhéroes y los supervillanos combaten. Se encuentra decaído, torpe y bastante resacoso. Recuerda poco a poco la larga noche: una fiesta en la taberna donde trabaja de camarero, la música honky tonk que emanaba de la gramola y el humo que sigue adherido a sus ropas, haberse sentado a beber con su primo Ray y algunas personas que este acababa de conocer, una chica de Denver que le gustaba un poco y que no dejaba de taparse la boca con la mano; recuerda haberse rociado con ambientador de limón refrescante a su regreso en un intento de disimular el aroma del alcohol y la marihuana ante la niñera adolescente. Confiaba en no haberse tambaleado demasiado. Llegaba dos horas después de lo que le había dicho y sabía que ella estaba un tanto irritada mientras contaba el dinero y lo depositaba en su mano… Recuerda eso, y que después de que se marchase la niñera se sentó en el sofá para tomarse la última cerveza mientras veía una película de madrugada, Vértigo . Sencillamente debía haberse quedado dormido. Procura recordar. ¿Hombrecito había gritado en mitad de la noche? De un tiempo a esta parte las cosas, los días y las pesadillas, han empezado a difuminarse, y al cabo de un instante los hechos de su vida toman forma. Es el día después de su trigésimo cumpleaños. Es padre, es un hombre adulto con responsabilidades. Tiene la vejiga llena y en seguida deja de buscar a tientas pensamientos sólidos y se levanta para dirigirse al baño de puntillas, encorvado.
Se despeja un poco más después de echarse agua en la cara, pero sigue estando un tanto desconcertado. El sueño tiene algo persistente. Es como si se hubiera prolongado durante horas antes de que se despertase, y lo aplasta como una sensación de pesadumbre que serpentea en su interior mientras se contempla en el espejo. En el sueño estaba buscando a Hombrecito, llamando al niño mientras atravesaba una serie de pasillos interminables y estancias convulsas llenas de zumbidos amenazantes, atisbando formas precipitadas. Recuerda que en el sueño había salido al aire libre tambaleándose. Se hallaba en el patio trasero de su casa.
Eso es lo que Troy recuerda con mayor claridad: el modesto patio trasero, con su extensión de hierba, una manguera de jardín enrollada y un zapato de niño cerca del tronco del viejo olmo. Percibió el rugido perezoso de un aeroplano y una sombra que se arrastraba por el suelo, y cuando alzó la vista, sobresaltado, descubrió que Hombrecito estaba sentado en lo alto del viejo olmo, posado en el entramado de ramas desnudas. Hombrecito estaba en cuclillas y se rodeaba las rodillas con los brazos, apoyando los pies sobre una rama fina y temblorosa que apenas era lo bastante fuerte para un pájaro. Pero de algún modo Hombrecito conseguía mantenerse sobre ella. De algún modo, por imposible que fuera, la rama sostenía su peso y la silueta del niño estaba suspendida en precario equilibrio en lo alto del árbol. Se iba a caer, Troy lo sabía. Presentía que Hombrecito estaba cayendo mientras él trataba de correr con los brazos extendidos. Hombrecito se precipitaba por el aire y las ramitas se quebraban y restallaban mientras su hijo se desplomaba en picado. Hombrecito producía un sonido horrible, un aullido agudo que languidecía gradualmente, un grito de descenso, de muerte, que Troy tiene ahora en la cabeza y del que no consigue desprenderse.
– Mierda -rezonga. Recoge parte de la ropa sucia que rebosa de la canasta que hay tras la puerta del baño y trata de volver a meterla. Está demasiado llena. Mete el pie en la canasta y pisotea el contenido con energía, comprimiéndolo, apretándolo más para que haya espacio suficiente para cerrar la tapa. La mira con el ceño fruncido y siente que su semblante está macilento y frío a causa del sudor.
Le gustaría pensar que las cosas marchan bien. Quiere ser un buen padre, esa es la cuestión, aunque no siempre lo consigue. Hombrecito vive con él desde hace unos tres meses y Troy procura no pensar en los errores potenciales que está cometiendo. En general está bien, se dice. En general son felices. Son compatibles, piensa, no solo como padre e hijo, sino también como compañeros. Troy y Hombrecito, Hombrecito y Troy.
Y a decir verdad, pese a sus pesadillas ocasionales, pese a su comportamiento inapropiado y sus meteduras de pata ocasionales, cree que la condición de padre soltero le ha sentado bastante bien. Hombrecito es un niño tranquilo y sufrido que no parece demasiado traumatizado por el hecho de estar separado de su madre, aunque por supuesto la echa de menos y piensa en ella con frecuencia. «¿Cuándo va a llamar Carla?», le pregunta a Troy, y «¿Crees que Carla vendrá a vernos este verano?», y asiente con ademán sombrío cuando su padre responde: «No lo sé». Parece que lo comprende, y Troy lo ama por eso. Le encanta su expresión adusta, sus ojos hundidos y observadores, y su postura extrañamente rígida. Le encanta su forma de tomarse las cosas en serio, de sentarse al borde de un desfiladero sosteniendo una caña de pescar, observando con una mirada penetrante el cebo que flota en el agua, aparentemente inasequible al aburrimiento, su aparente disfrute de las excursiones para ver vacas y caballos, volviendo el rostro atentamente hacia los campos que desfilan sin cesar, los postes telefónicos y las zanjas llenas de malezas. Le encanta su forma de pedir a la camarera cuando comen en la antigua parada de camioneros del oasis de la interestatal, de sostener el menú y escoger las palabras que reconoce, como «huevo» o «jamón». Le encanta su abrazo silencioso cuando recorren los senderos de vacas angostos y roturados que surcan las colinas al norte del pueblo en la motocicleta de Troy, de apretar su cabeza protegida por un casco contra su espalda. Le divierte hasta ir al supermercado: Hombrecito empuja el carro con orgullo aunque sea más alto que él. Troy escoge artículos diversos de los estantes y los somete a su aprobación, hace juegos malabares con las cajas de macarrones con queso en el pasillo o lo amenaza con un paquete de callos con envase de plástico en la sección de carne.
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