»¡Loomis! -exclamó-. ¡Prepárate que nos marchamos!
Piensa en todo esto mientras se dirige a la casa de la madre de Carla; Hombrecito se sienta tranquilo y silencioso en el asiento de atrás del viejo Corvette de segunda mano que tanto emocionaba a Troy en el pasado, pero que ahora está aquejado de graves problemas de salud. Tiene que acelerar en los semáforos para impedir que se cale. Quizás haya algún problema con la bomba de combustible. El motor carraspea y petardea como si fuera un pulmón lleno de bilis. Se siente culpable e inseguro.
Probablemente está cometiendo un error. Siempre que deja a Hombrecito en casa de la madre de Carla piensa que de todas las formas en las que acaso está metiendo la pata como padre puede que de hecho esta sea la peor. Pasa bajo el viaducto de Old Oak, dobla a la izquierda en Main en dirección al parque y tuerce de nuevo para adentrarse en una sucesión de calles angostas y sinuosas: el pasaje Meadow y Sunnyvale, Linden y Foxglove, un pequeño barrio al otro lado del parque, compuesto por hermosas casitas cuadradas prácticamente idénticas que se remontan a los años cuarenta y cincuenta y que cuando empezó a salir con Carla le parecían lujosas. A veces piensa que debería girar en redondo y volver a casa, llamar al trabajo para decir que está enfermo, negarse a abandonar a Hombrecito y hacer otros planes. Cuando vea la casita blanca con estores ribeteados de rojo en las ventanas, con el jardín bien cuidado y las petunias oscuras que bordean el pavimento, una piedra se hundirá en su interior.
Cuando se fue de Las Vegas con Hombrecito, esa fue una de las estipulaciones de Carla:
– No permitas que se quede con mi madre -le dijo. Lo miró duramente-. Ya sabes que en cuanto se entere de que Loomis ha vuelto al pueblo te llamará, será muy amable contigo y te hará una oferta. Hazme un favor. No dejes que se acerque a ella. Ya sabes cómo es. Se muere de ganas de echarle el guante.
Que él supiera, Carla y su madre, Judy, siempre se habían odiado.
– Puta -había dicho Carla cuando empezaron a salir juntos, cuando Troy tenía dieciocho años y Carla veinticuatro, y Troy se había escandalizado de que alguien empleara esa palabra para describir a su propia madre-. Es veneno -había afirmado-. ¡No quiero que se me acerque! -Troy averiguó que en una ocasión Judy la había ingresado en una institución mental, creyendo que sufría un desorden mental: personalidad límite. Y cuando Carla se casó con Troy, transcurrió mucho tiempo hasta que se lo dijo a su madre, y ambas discutieron con vehemencia por teléfono.
»No me importa si se muere -afirmó Carla, y él se horrorizó, al igual que cuando Carla tiró la tarjeta de felicitación que les envió Judy cuando nació Loomis; al igual que se sorprendió cuando esta lo llamó «Pequeña sanguijuela drogadicta». Al igual que se sintió incómodo cuando Judy lo llamó para ofrecerse a cuidar a Hombrecito.
Pero este nunca se ha quejado. Algo es algo. De hecho, parece que le gusta pasar el rato con la abuela, y tiene un aspecto impasible cuando Troy lo deja en casa de Judy. Recorre la acera delantera y se mete corriendo en la casita de un solo piso sorteando a Judy mientras esta se yergue en el umbral con los brazos cruzados sobre el pecho.
– ¿Qué tal? -le dice Troy, y ella levanta levemente el mentón a modo de saludo. Está obesa, pero no está fofa; apenas pasa de los sesenta años, tiene el cabello corto y rubio plateado, la tez apergaminada y sus manos y sus brazos son tan gruesos como una porra. Presenta el aspecto de una mujer que trabaja en el campo, bajo el sol, una vieja granjera, aunque en realidad es una profesora de primaria jubilada; su apariencia no se debe tanto al trabajo duro como a la rabia y la amargura implacable. Cuando entorna los párpados para mirarlo sus arrugas se extienden desde el contorno de sus ojos en forma de rayos críticos.
– Hola, Troy -responde, fría y cordial, y Troy se detiene a varios metros de distancia. Hombrecito ya ha entrado en la casa y probablemente se ha situado frente a la televisión, instalando la consola de Nintendo que han decidido dejar en casa de la abuela para que tenga algo que hacer cuando esté allí. Troy titubea; se había propuesto despedirse de Hombrecito antes de ir al trabajo, pero ahora está incómodo. Judy se niega a invitarlo a pasar.
Y de ese modo ahora se queda parado un momento.
– En fin -dice, mientras Judy lo observa-. Bueno -prosigue-. Supongo que vendré a recogerlo por la mañana, como de costumbre. A las diez, más o menos. -Hace un gesto vago con las palmas abiertas, pero la expresión de Judy no se altera.
– Sí -responde-. Me parece bien. Te estaré esperando.
– Vale -dice, intentando sonreír. Se aclara la garganta. De todas las cosas que no esperaba del mundo, acaso esta sea la que más lo sorprende. Nunca ha estado preparado para ser odiado, y quizá sea esa la causa de que vuelva, de que sonría y le entregue a Loomis tres veces por semana. No puede creer que siga detestándolo siempre, y cuando está frente a ella quiere hablarle de sus planes para el futuro, del arte comercial. Quiere explicarle que va a cambiar de vida. Quiere decirle que ha tenido un sueño terrible, quiere hablarle de Loomis en lo alto del árbol, disponiéndose a caer.
Pero no lo hace. Solo se aclara la garganta educadamente, esperando que lo aborrezca un poco menos que la última vez que estuvo ante ella.
– ¡Loomis! -exclama, vagamente, dirigiéndose a la casa silenciosa tras ella-. ¡Me voy, colega! ¡Nos vemos por la mañana!
Se encoge de hombros mientras ella sigue sin moverse, con los brazos cruzados todavía.
– Pues vale -murmura.
Las cosas le iban mejor en Chicago, pensaba Jonah, mejor de lo que le habrían ido en Dakota del Sur. Así se lo dijo a Steve y a Holiday, que lo habían invitado a cenar.
– Mucho mejor -afirmó, y lo decía en serio, aunque había estado solo la mayor parte del tiempo transcurrido desde su llegada. No deseaba que supieran que no entablaba amistades fácilmente, que había pasado buena parte del año anterior a solas con su propia mente, cavilando. No deseaba admitir que hasta el momento su vida en la ciudad había sido más o menos un vacío.
¿Qué hacía consigo mismo? Bueno… iba mucho al cine, sentándose en la última fila para sentir la pared contra su espalda. Veía muchas películas, un filme anodino tras otro, y recorría las líneas de la palma de su mano con la uña mientras en la pantalla se sucedían diversas banalidades. Recalentaba comida china para llevar en el microondas de la cocinita y leía novelas (de Dickens, Tolstoi o Camus) entre cucharadas de tofu y las correosas setas negras de la sopa agripicante; de tanto en tanto bebía cerveza en un bar donde en una ocasión una mujer extremadamente embriagada se inclinó sobre él y le susurró: «Cuéntame algo sobre ti». Se bañaba en la bañera pequeña y eficaz, acurrucado en un espacio apenas mayor que el ataúd de un niño, con las rodillas levantadas, llenándola repetidamente hasta que se agotaba el agua caliente.
Sabía que eso no era lo que Steve y Holiday querían oír. Eran una pareja joven y agradable, de su edad, y estaban enajenados de felicidad. Holiday acababa de tener un niño y los dos estaban emocionados y orgullosos. Aunque se habían visto obligados a dejar la universidad (ambos intentaban asistir a clases a media jornada); aunque al parecer no tenían más perspectivas para el futuro que el propio Jonah (Steve estaba empleado como camarero en Bruzzone's, donde asimismo trabajaba Jonah, pero aspiraba a convertirse en director de cine); aunque Jonah pensaba que tener un niño debía hacer que su vida fuera estresante y difícil… sus rostros resplandecían de optimismo.
De modo que Jonah también procuraba pensar en cosas positivas. Después de todo, había cosas positivas que podía contarles, y había elaborado una relación mental de todas ellas mientras descendía del tren elevado y recorría las calles que lo separaban del apartamento de Steve y Holiday. Cosas buenas , pensaba. Le gustaban su apartamento pequeño y conciso y su empleo como cocinero de línea en Bruzzone's. Era aburrido, pero estaba bien. Podía señalar que había empezado a asistir a clases en la universidad; por lo menos se matriculaba, aunque no siempre avanzaba mucho en el semestre antes de abandonar: Fundamentos de la redacción, La filosofía de la ciencia, Introducción a los estudios de comunicación. Podía alegar con justificación que antes o después obtendría un título universitario; de grado técnico, al menos.
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