Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Todo aquello se esfumaría, pensaba. Recordaba el modo en el que su abuelo había descrito la muerte de su abuela, muchos años antes de que él naciese. «Se excapó de este mundo», había dicho con melancólica admiración, como si la muerte de la abuela hubiese comportado algo magistral, como si hubiese sido un truco de ilusionista en lugar de un simple accidente de coche. Aquella idea despertaba las simpatías de Jonah.

Excaparse -murmuró mientras franqueaba el río Misuri para adentrarse en Iowa. Y a continuación se corrigió-. Escaparse -apostilló-. Escaparse.

Había elaborado una lista de aspectos en los que podía mejorar, para empezar. La gramática, la postura. Ejercitarse para decir «biblioteca» en lugar de bilioteca y «foto» en lugar de afoto . Corregir su encorvamiento de cobarde y cuadrar los hombros al caminar. Mirar a los ojos a su interlocutor cuando alguien se dirigiese a él. Sonreír. Cosas fáciles. Al recorrer la I-80, mientras sus faros se posaban sobre los refulgentes carteles de color verde y blanco que titilaban anunciando los números de las salidas y los nombres de las ciudades, escuchaba una cinta que había tomado prestada de manera permanente de la biblioteca pública de Little Bow. Quince escalones en la subida hacia el éxito , se titulaba, y mientras el velocímetro se acercaba a los ciento treinta, un hombre de voz resonante y vocales gruesas leía en voz alta. La Felicidad y la Infelicidad eran elecciones que hacíamos, afirmaba. Eran estados de ánimo.

– Los «problemas» carecen de vida propia -explicaba-. Los «problemas» son espejismos que parecen existir desde un estado de ánimo abatido, y adquieren importancia solo porque nosotros decidimos concedérsela. -Jonah, acompañado en el asiento del copiloto por una urna que contenía las cenizas de su madre, escuchaba lamiéndose los labios resecos, al tiempo que el destello de los faros que se encaminaban hacia el oeste resbalaba sobre su coche, sobre su rostro, deslizándose sobre el cuerpo del viejo Mustang como si fuera la palma de una mano. Las cosas que recitaba aquel hombre le parecían gilipolleces, pero esperaba que no lo fuesen.

Desde luego, había cosas de su persona que no podía cambiar, cosas de las que no podía deshacerse. Por ejemplo, estaban las cicatrices que le había infligido la perra Elizabeth hacía tantos años: cada vez que entraba en una gasolinera o en una cafetería de carretera se percataba de cómo los presentes alzaban la cabeza y lo observaban de soslayo, recorriendo su piel. Procuraba dirigir un firme asentimiento a los mirones especialmente francos: un viejo granjero con mono de trabajo que sorbía un café aguado, un motorista tatuado o un niño pequeño. Agachaba la cabeza para que el flequillo le ocultara los ojos mientras recorría las hileras de reservados de vinilo en pos de una camarera que se había azorado ante su intentona de sonreír y establecer contacto visual con ella. Los parroquianos se agitaban, como los animales que perciben a un depredador cuando están pastando, y apartaban la mirada rápidamente cuando asentía. Joder , pensaban. ¿ Qué le habrá pasado ?

La cicatriz que advertían primero le surcaba la mejilla desde el contorno del ojo hasta el labio. Se trataba de un queloide: una línea tersa y prominente de tejido cicatrizado que tal vez asociaban con una cesárea o una apendicectomía, pero no con una cara. Al menos en América, en el siglo XX. Les hacía pensar en un pirata, en un matón sacado de una novela barata, en un horrible mendigo ciego de un país tercermundista, y aunque se había sometido a diversas revisiones y amagos de cirugía plástica con el paso de los años, la cicatriz seguía siendo el rasgo más destacado de Jonah. Se había acostumbrado a ciertas miradas y a sus variaciones: a la atención de las mujeres de mediana edad, atemorizadas y sentenciosas, que lo asociaban con el crimen y lo contemplaban con los labios apretados y los ojos desorbitados; al examen de los obreros bravucones que se preguntaban si había estado en peleas más duras que ellos; a las asunciones liberales y benevolentes de que había tenido una vida trágica, y al subsiguiente fingimiento, al acto furtivo del contacto visual directo por parte de quienes intentaban aparentar que no se habían dado cuenta de ella. Pero dondequiera que mirasen no encontraban sino laceraciones: la muesca de la oreja, las delgadas líneas que le surcaban el dorso de las manos, así como otras que descendían por el lado del cuello hasta más allá del cuello de la camisa.

Nunca había sabido qué decir ante aquellas miradas. A veces explicaba jovialmente: «accidente de coche», o contaba alguna otra mentira. A veces se limitaba a sonreír. Echa un buen vistazo.

Aún no había decidido lo que le diría a la esposa del superintendente del edificio cuando esta le mostrara el apartamento. A veces era mejor juzgar a las personas cara a cara y estudiar sus expresiones para calarlos. Pero sabía que tendría que decirle algo. La había llamado de antemano y pensaba que estaba preparado para la mirada que le dirigiese. Tenía acento europeo y su voz denotaba una abrupta sospecha hasta por teléfono que lo indujo a comportarse como si fuera culpable de algo.

– ¡Hola! -espetó desde el otro lado del auricular al descolgar el teléfono, con un tono cortante y alarmado, como si se dirigiese a una figura tenebrosa que surgiera sigilosamente de un callejón para acercarse a ella.

Jonah titubeó. Llamaba desde una cabina telefónica, mientras sujetaba con ambas manos el periódico doblado y señalaba con un bolígrafo al tiempo que no le quitaba el ojo a su coche aparcado ilegalmente. Su voz lo desconcertó y procuró afectar un tono muy sosegado e inofensivo.

– Sí -respondió, y se aclaró la garganta. No tartamudear era uno de los puntos de su lista-. Llamo por el anuncio publicado en el Chicago Reader . Había un anuncio de unas… ¿eficacias amuebladas? -Torció el gesto. En realidad, el periódico indicaba «efcs.»; sabía que era una abreviatura, pero no podía imaginar de qué.

– ¿Eficiencias? -intervino la mujer con una poderosa voz extranjera.

– Sí -se apresuró a contestar Jonah-. Eficiencias. -Intentó imaginar por qué alguien emplearía semejante palabra para referirse a un apartamento, pero lo único que consiguió visualizar fue la oficina de la directora del asilo de ancianos donde había trabajado en Little Bow. Se imaginó a la señora Blachley, con su aspecto de entusiasmo perpetuo y casi doloroso y su escritorio pulcramente ordenado, exhibiendo hileras de cajas de entrantes y salientes, una grapadora, un bloc de notas y clips rosas, con las manos entrelazadas plácidamente. Eficiencia.

– Claro que nos apena que te marches, Jonah -había dicho la señora Blachley, con una fulgurante sonrisa y los ojos vidriosos a causa del esfuerzo de mirarlo directamente y fingir que no se percataba de las cicatrices.

La esposa del superintendente, por otra parte, no intentó nada parecido. Ya tenía el ceño fruncido cuando abrió la puerta. Era una mujer pequeña, delgada y de aspecto descuidado que tenía un lunar en el borde del párpado que parecía la cabeza de una lombriz emergiendo de la tierra y una mata de pelo rucio. La papada y los labios describían un arco descendente exagerado, que no obstante se acentuó al verlo. Lo miró fijamente, haciendo un mohín con el labio inferior y ensanchando las aletas de la nariz como si estuviera furiosa, como si Jonah fuera un enemigo contra el que se estaba preparando.

– ¿Sí? -exclamó.

– ¿Cómo está? -dijo Jonah. A pesar de su determinación, descubrió que empezaba a adoptar la postura inclinada que tanto odiaba, encorvándose, cruzando los brazos sobre el pecho y embutiendo los dedos en las axilas. En el instituto los profesores siempre le preguntaban si tenía frío y algunos alumnos lo imitaban, retorciéndose como si estuvieran aquejados de esclerosis múltiple en sus primeras fases-. Sí -prosiguió-. He llamado por las efi… efi… -y no consiguió pronunciar la palabra-. ¿Los apartamentos?

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