Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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»Te violó, ¿es eso? -añadió.

»¿Estás protegiendo a alguien? Está casado, ¿verdad? -continuó-. Si aparece por aquí, sabré quién es. Sabré quién es y lo mataré, lo sabes, ¿verdad? No me importa lo que me pase a mí, me meterán en la cárcel, pero lo mataré.

»¿Te ha hecho daño? -le preguntó-. ¿Te ha amenazado? No debes tener miedo de contármelo.

»No hagas nada que vayas a lamentar -le recomendó-. La vida es muy larga, puede que aún no lo sepas.

Por supuesto, esas conversaciones perduran en su mente ahora que se encuentra sola. Su padre dice:

– Déjame ayudarte, nenita. Eres mi hija. Haré cualquier cosa por ti.

Esa es la peor parte, piensa a veces: saber que le ha hecho daño, puede que más que a sí misma. Le duele pensar en él, imaginárselo sentado por las mañanas, inclinado sobre una taza de café en la mesa de la cocina, chupando la mina del lápiz mientras rellena el crucigrama diario del periódico, solo en la casita. Sabe que ya piensa en su bebé, que no lo dejará correr, que lo tendrá presente durante el resto de su vida. Sabe que la frialdad y la obstinación que le ha dedicado serán como una capa que se ha puesto y que ya nunca podrá quitarse.

Pero no puede escoger lo que su padre quiere para ella. A él le encantan los bebés, las familias, la conexión y la estructura, y a ella no. Ella conoce sus historias, los sucesos del pasado que su imaginación ha transformado en pequeñas baratijas por medio de la repetición, las mismas palabras, el mismo brote de emoción (los ojos húmedos, la voz sofocada) en los mismos momentos precisos de la narración de sus relatos sentimentales y tristes. El tren de los huérfanos, cómo lo sacaron de las calles de Nueva York cuando apenas contaba cuatro años y lo destinaron al otro lado del país para que lo adoptasen un granjero desalmado y su esposa, que no deseaban un hijo sino un esclavo; cómo se escapó a la edad de quince años. O su madre, tan hermosa y lozana, casi veinte años más joven, aunque fuesen almas gemelas desde el principio, su linda muchachita siux de ojos castaños, ¿cómo puede vivir sin ella, ahora que está muerta? Y la propia Nora, su bebita, que lo seguía a todas partes, imitando cuanto él hacía, ¡hasta quería ponerse espuma de afeitar y afeitarse de mentira, igual que su papá!

Oh, aquellas historias… cuando cumplió quince años ya eran casi insoportables. Sintió que una ventana hermética y lisa, insensible a la compasión y a la pena, se elevaba en su interior.

– Ya me lo has contado -lo interrumpía suavemente, pero eso no lo detenía.

Allí, en la Casa de la señora Glass, al menos hay silencio. Al menos no hay historias, y ella se alegra, porque no puede transformar lo que le ha ocurrido en un romance. El chico, el padre, casi ha desaparecido de su mente, y solo perdura en la conciencia de su propia estupidez. Pronto el bebé también habrá desaparecido.

Pero hasta entonces, debe haber castigo. Humillación.

Allí, en la Casa de la señora Glass, las llevan de un sitio a otro como si fueran ganado. Bajan mansamente las escaleras en fila india para dirigirse a la cafetería del sótano; se están preparando para descender la colina hasta el pueblo, donde comerán un helado y verán una película. La señora Bibb distribuye «alianzas», cintas de estaño barato con pintura dorada que han de lucir en el dedo corazón de la mano izquierda. Se dice que la residencia da cobijo a madres en ciernes convalecientes. Nadie emplea palabras como «soltera», «bastardo» o «puta». Se fingen ciertos aspectos. Nora observa cómo le entregan un anillo a Dominique, que lo desliza sobre la uña mordisqueada y la fea loma de la falange.

Se ponen en formación. Las llevarán al pueblo por un sendero largo y sinuoso; jóvenes en diversas etapas del embarazo, de sazón, muchachas hinchadas y que se hinchan, desfilando una tras otra desde el umbral de aquel lugar que parece una casa encantada sacada de una película o de un sueño: la Casa de la señora Glass, con las torrecillas de la fachada de tres pisos, los canalones sueltos y la pintura blanca desconchada, el extenso jardín y la verja de hierro forjado con filigranas rematada en aguijones. Si esto fuera una película, el rótulo diría: «Terror». Diría: «Los muertos vivientes salen de la boca del infierno en un torrente interminable».

Se tapa la boca ante la idea, pero no se ríe. Por el contrario, se concentra en el crujido acompasado de la gravilla bajo los pies de Dominique, en sus andares pesados y solemnes, de elegancia bovina. Se concentra en las casas hacinadas al pie de la colina, en el saliente apacible y sucio de un pueblo de pradera, con su heladería, su cine, su modesta oficina de correos, su banco y su gasolinera. Le satisface saber que esos lugares están sufriendo una muerte horrible, que esos pueblos se tambalean, heridos, mientras sus jóvenes los abandonan al dejar el instituto, manando del pueblo como si fueran sangre. Estúpidos, piensa. ¿Qué clase de idiota intenta levantar un pueblo en medio de montículos de arena, de un desierto herboso en el que solo crecen terrones? Son las mismas personas que se complacen fingiendo que los anillos falsos marcan una suerte de diferencia, la calaña que se asoma a la ventana, con honda satisfacción, para contemplar el deambular de las chicas que inundan sus calles. Al cabo de un momento, Nora se quita el anillo del dedo y lo deja caer al suelo. Imagina un leve ping cuando se estrella contra el sendero de gravilla. Se lo figura rodando por un surco de la cuneta, atravesando la maleza seca y el lodo en pos de alguna aventura. Piensa en el hombre de jengibre del cuento: «Corre, corre lo más rápido que puedas, no me puedes atrapar, soy el Hombre de Jengibre».

Si vive lo bastante, su vida tendrá una historia, y esa historia comenzará en este momento. Había una vez una muchacha que no quería tener un hijo, pero lo tuvo. Había una vez un bebé que moraba en el cuerpo de una chica, y ella no podía hacer nada al respecto. Había una vez una chica que creía que su vida sería distinta.

4 4 de junio de 1997

Un niño desaparece del patio trasero de su abuela una mañana de finales de primavera. En un instante está allí: la abuela mira por la ventana mientras lava los platos y lo ve junto a la alambrada cercana al soto de lilas, con las manos entrelazadas a la espalda, hablando solo, tal como le gusta hacer. Y después se esfuma.

Es una mañana apacible y cálida en los albores de junio y el pueblo de San Buenaventura, Nebraska, ha alcanzado su máximo verdor. En julio, las praderas que circundan el ramillete de casas y de árboles del pueblo se habrán difuminado hasta adquirir un bronceado grisáceo, el color del liquen, y hasta los campos de maíz y alfalfa parecerán artificiales, desesperadamente verdes bajo formidables sistemas de riego semejantes a insectos que se pasean por los campos sobre largas piernas de metal. Remolinos de polvo de la altura de una iglesia se alzarán en los campos de rastrojos y se abrirán paso por las carreteras y las autopistas para estrellarse contra los aspersores móviles como si los atacasen. El polvo se posará sobre las hojas húmedas de las cosechas.

Pero esta mañana en particular los días cálidos, secos y desprovistos de lluvia todavía parecen muy lejanos. Es primavera, auténtica y pura. El curso ha concluido. Los niños juegan en los patios y recorren las aceras en bicicleta. Discount City ha dispuesto hileras de piscinas infantiles de tres tamaños de brillantes colores rosas y azules a lo largo de la pared del perímetro. Farmers Co-op exhibe macetas repletas de semillas (de tomateras, pimientos jalapeños, parras de sandías y flores de jardín), extendidas bajo el sol en mesas plegables.

En un día semejante, la abuela no se preocupa especialmente cuando no ve al niño al mirar por la ventana de la cocina. Está jugando , piensa. El chico, Loomis, tiene seis años, y de hecho es una especie de milagro de mesura y educación para tratarse de un niño de finales del siglo XX. Es el tipo de niño que todavía se presenta unte ella de manera consistente para preguntarle: «Abuela, ¿puedo ir al baño?» y que se detiene a constatar la hora en el reloj de muñeca de plástico que le ha regalado su padre porque le gusta acostarse exactamente a las ocho y media. Cuando vuelve a mirar y comprueba que ya no se encuentra junto a la verja no le concede mucha importancia. Es un chico tranquilo, casi distante en sus elaboradas fantasías, y a ella le gusta eso de él. Respeta su noción de intimidad.

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