No es exactamente una prisión, ni un hospital. Una residencia, lo llaman, así como llaman «residencias» a los albergues para viejos y dementes. «La metieron en una residencia», había dicho su padre en una ocasión, refiriéndose a una vecina que había perdido la cabeza con la edad, y ahora la propia Nora se encuentra en uno de esos lugares. Cuidada. Atendida. En ese lugar las puertas de los dormitorios no tienen cerraduras, y la suya ni siquiera se mantiene cerrada, aunque desconoce la causa. La presión del aire, quizá, o el viento, o algo… no tiene forma de averiguarlo, pero a veces, cuando está tendida en la oscuridad, la puerta se abre con un chasquido como si fuera un ojo insomne, y un haz de luz procedente del pasillo cae sobre su rostro. Sucede con tanta frecuencia que ha empezado a reclinar una silla contra el picaporte cuando se acuesta.
En la oscuridad, no puede evitar pensar que se trata de un fantasma. No cree en los fantasmas, exactamente, pero si existieran, abundarían en un lugar semejante. Allí se han suicidado chicas, está segura de ello. Es un lugar sepulcral. Silencioso. Frío. Impregnado de la sensación que se tiene caminando a solas por un parque en las postrimerías del otoño, cuando una hoja se desprende de un árbol y se voltea lentamente hasta caer en el suelo ante ti.
6 de enero de 1966. Es el cuarto día de su estancia en la Casa de la señora Glass, el cuarto día de su cautiverio, y está empezando a comprenderlo. No hay vuelta atrás. Debería haber aceptado ese hecho hace mucho tiempo, pero, por el contrario, continúa negociando con su cuerpo, con Dios, de un modo impreciso, pensando que es posible que haya habido un error. Los largos meses se extienden frente a ella, y parece que ya está enloqueciendo. Allí no hay nada que hacer sino esperar, y una sucesión de meses se proyectan ante ella: junio, le dijeron, probablemente a primeros de junio. Se sienta en una silla junto a la ventana, lee un libro, El coleccionista , de John Fowles. Sabe que no es apropiado: «Un hombre violento y atormentado, y la joven y hermosa aristócrata que ha tomado prisionera», proclama la contracubierta, y el argumento la turba. «Odio el modo en el que he cambiado. Acepto demasiado», declara la mujer, y Nora subraya ese pasaje mientras al otro lado de la ventana pasan relucientes motitas de nieve y en algún lugar al otro lado del pasillo un transistor emite canciones de amor de la AM, y los Monkees cantan l'm a Believer ! Ella lee: «Estoy muy lejos de todo. De la normalidad. De la luz. De donde quiero estar». Cierra el libro y se sienta contemplándose los dedos, que no le parecen propios. Es exactamente el libro que no debería leer en ese momento, se dice, aunque pensándolo bien, un libro alegre, escapista y optimista sería aún peor. Si tiene que leer algo, debe ser un libro que verse sobre el sufrimiento.
Piensa en cosas que nunca le contará a nadie, recuerdos desagradables que la estremecen cuando aparecen en su mente.
En una ocasión se propinó un golpe en el estómago con todas sus fuerzas, con la esperanza de desprenderse de ello.
Otra vez se metió algo dentro: una aguja de punto, que es lo que había oído que se usaba. ¿Pero qué, exactamente, debía atrapar con ella? Imaginaba una hebra flotante con un pegote de células y sangre al final. Se enganchaba y se extraía.
En una ocasión quiso probar la lejía, pero fue incapaz de bebérsela.
¿Las demás han hecho cosas parecidas? En ese caso, no hablan de ello. No hablan mucho, esas chicas, como si todas fuesen espías. Sobre todo se miran furtivamente: los cubiertos que arañan los platos, el ruido que hacen al masticar, las voces de la televisión, el gemido leve y privado que emiten las chicas al recorrer el pasillo. ¿Qué hay que decir?
– Esto no es una hermandad -les dice la señora Bibb-. Vamos a reducir la vida social al mínimo, ¿de acuerdo? -Va contra las reglas que las chicas se sienten en las habitaciones de las demás y mantengan conversaciones privadas. Les piden que no revelen el nombre de su ciudad, y es mejor que procuren soslayar su pasado: los padres de sus hijos, los errores que han cometido, las familias a las que han decepcionado. Va contra las reglas que las chicas se digan sus apellidos, y ella sospecha que la mayoría de los nombres de pila también son seudónimos. Como la chica que teje, que asegura que se llama Dominique. Dominique, como el título de la popular canción infantil, la canción de la monja cantarina.
– Oh, no me digas -dice Nora-. Es un nombre poco común. -Y la tejedora baja la mirada. Tiene cejas oscuras que se unen en el centro de su rostro, justo encima del puente de la nariz, y ojos de color chocolate concentrados en el movimiento de las agujas entre sus dedos. Es una chica acostumbrada a las burlas, la clase de chica que aferra fuertemente sus libros frente a ella y se precipita por los pasillos del instituto como si se adentrara en una ventisca. Nora conocía a una chica parecida en Little Bow, una chica llamada Alice, a la que todos consideraban rara. «Piojo», [1]la llamaban; se había hecho una mala permanente y los chicos se sentaban tras ella y le arrojaban mocos al pelo. Los hombres que dejan embarazadas a chicas como Alice o Dominique deben ser absolutamente malvados, decide Nora.
»¿Qué estás tejiendo? -pregunta al fin, pero la muchacha, obstinada, continúa cabizbaja, como hacen las chicas como ella. Alguien, probablemente su madre, les ha enseñado a «sufrir en silencio», les ha enseñado que «los palos y las piedras pueden romperme los huesos, pero las palabras no me hacen daño», les ha enseñado que «se quiere más a una chica discreta». Dominique aprieta los labios cuando Nora la mira.
»Bueno -añade Nora, después de que el silencio se prolongue durante un rato-. Sea lo que sea, es bonito.
– Es una manta -responde al fin Dominique-. No es más que una manta. Hace frío en este lugar.
– Sí -admite Nora-. ¡Va a ser un invierno largo! -exclama, acordándose de un modo desagradable de su padre, con su parloteo alborozado y banal. Por un minuto lo odia, lo echa de menos, lo odia, lo echa de menos, como si estuviese arrojando una moneda al aire o deshojando una flor.
Pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ver a su padre. Esa es otra regla: no se permite a los parientes visitar a las chicas en la Casa de la señora Glass, y Nora recuerda los ojos pesarosos y dubitativos de su padre cuando la matrona, la señora Bibb, se lo explicó. La señora Bibb, con su cabello anaranjado, sus pecas y su displicencia jovial y cáustica, es uno de los horrores de una larga lista. Una persona incapaz de un acto cruel o amable, imagina Nora, tan solo de una tibia cortesía. Era terrorífico escuchar su voz dulzona, ¿pero que se le iba a hacer? Nora se mantuvo circunspecta mientras su padre la miraba tímidamente, como si ella pudiera darle un consejo, como si pudiera decirle qué decir o qué pensar.
– Bueno, supongo -dijo, y Nora supuso que esperaba que ella interviniera, que perdiese los nervios y gritase: «¡Papá, no me abandones en este sitio!». Al parecer, la señora Bibb se estaba preparando silenciosamente para una escena semejante.
«¿Cariño? -prosiguió su padre, pero Nora no le respondió. Contempló la tapicería de canalé del sillón en el que había tomado asiento. Él sabía lo que pensaba, sabía cuál era su decisión.
Al principio había abrigado ideas bien distintas.
– Tú dime cómo se llama -le había dicho-. Hablaré con él y cumplirá con su deber. Te lo prometo.
Pero ella meneó la cabeza.
– No -respondió.
Durante un rato, su padre intentó discutir.
– Él también es responsable -le aseguró-. Créeme, querrá saber lo que pasa. Tienes que darle una oportunidad. Crees que lo sabes todo, señorita, pero me parece que la mayoría de hombres piensan que el bebé también es suyo. Los hombres no son tan distintos como a ti te parece.
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