Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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Ese día estaba sentado cerca de la pecera, contemplando el pequeño mundo submarino, cautivado por la forma en la que los brazos del esqueleto pirata se agitaban en la corriente de burbujas de aire. Fingía desinterés en los fumadores de marihuana, aunque de hecho estaba observando subrepticiamente a los adolescentes mayores, amigos de Bruce y de Michelle, que aspiraban humo por la boquilla de una pipa de agua hecha de vidrio. Estaban todos escuchando un disco cómico de Cheech y Chong, que era muy gracioso. Todos se reían, y Troy se recostó, un tanto espantado por el lenguaje que empleaban los cómicos. Entornó los ojos, sonriendo tímidamente, bajo la nube de humo que flotaba en una delgada capa por encima de sus cabezas, pues no era nada entrometido. Tenía diez años.

Pero era distinto a la mayoría de los chicos de su edad. La gente que visitaba a Bruce y a Michelle se lo decía siempre. Decían que parecía un adolescente; un adolescente honorario, dijo alguien en una ocasión, llenándolo de orgullo. A nadie le importunaba tenerlo cerca. Nunca causaba molestia alguna.

Y quizá fuese cierto que era extraordinariamente maduro. Lo rodeaba un aura, según decía Michelle a la gente, aunque no pudiera precisarla. «Tienes un alma vieja», le decía, mientras le acariciaba el cabello con solemnidad. Había algo inexplicable en sus modales, en su semblante y hasta en su comportamiento que no parecía en modo alguno infantil. Eran aquellos ojos de color azul pálido, ojos de malamute, así como la postura cautelosa y extrañamente alerta. Era la sonrisa tímida y no obstante un tanto lobuna que irradiaba en ocasiones, una sonrisa que al parecer aquellas adolescentes consideraban presexi, imaginando que al cabo de unos años se convertiría en algo libidinoso y devastador. Y aquella risa grave que provocaba que las apasionadas muchachas alzaran la cabeza y lo contemplaran por un instante. Troy no se reía con frecuencia, pero cuando lo hacía no se parecía a ningún chico de diez años con el que se hubieran topado anteriormente. Aparentaba más experiencia de la que poseía, un suspiro de destreza masculina, de chulería con tintes marginales de algo parecido a la melancolía, y ellas se guiñaban el ojo, divertidas y, no obstante, intranquilas: ¿dónde había aprendido a producir un sonido como aquel? Intercambiaban miradas privadas, rictus contenidos, una ligera dilatación de los ojos, un movimiento de cejas casi imperceptible. Troy lo advertía, pero ignoraba lo que significaba.

Ese día había tres de ellas, tres chicas de instituto, y un muchacho de unos diecinueve años con mostacho hirsuto que era el líder y las había llevado a casa de Bruce. Troy era consciente de la sutil atención que le prestaban las chicas, y por eso estaba aún más resuelto a guardar silencio. Las observaba desde su rincón junto a la pecera, pensando que quizá se estuvieran burlando de él por alguna razón, y bajó la vista con cautela para asegurarse de que no tenía la cremallera abierta. Se pasó la mano por el cabello para atusárselo y trató de concentrarse en lo que decían los cómicos del disco. Tenían un acento gracioso y hablaban de comer mierda.

Conocía vagamente a aquellas chicas. Había una llamada Crissy que tenía el cabello rubio y liso, y que debido a su bronceado natural parecía que pasaba mucho tiempo en una playa tropical; otra, Kim, era muy flaca y lucía una camiseta que rezaba: «Estoy con un idiota», con una flecha que señalaba de un modo general a quien se hallara a su izquierda, que en este caso era una muchacha llamada Carla. La había visto varias veces en casa de Bruce y Michelle, y se acordaba de ella: Carla. Era una muchacha de dieciséis años, pequeña y con la cara redonda, apenas más alta que el propio Troy; tenía los ojos grandes y azules, rodeados por una densa capa de rímel y sombra de ojos, y unos pechos enormes. Llevaba una camiseta de cuello ancho, de modo que Troy podía atisbar el comienzo de su escote, una ladera de piel moteada de lunares y de pecas. Sabía que los pechos de Carla tenían algo que los distinguía de los de las demás chicas, pero aún no había comprendido que parecían distintos porque Carla no llevaba sostén.

Había varias cuestiones importantes que aún no había comprendido, aunque lo haría antes de que pasara mucho tiempo. Por ejemplo, ignoraba que su primo Bruce era narcotraficante, y que aquellas chicas eran sus clientes. Ignoraba que a Michelle le incomodaba que estuviera presente observando aquellas transacciones, y que más tarde discutía con Bruce por ello. Ignoraba que Bruce y Michelle, aunque eran jóvenes (ambos tenían veinticuatro años), ya habían trabado amistad con la cocaína y que pasarían buena parte de su vida posterior intentando escapar de ella. En retrospectiva, por supuesto, estaban las contracciones nerviosas de Bruce, que entrechocaba el pulgar y el índice como si fueran pinzas impacientes, así como la mirada inquieta y vidriosa que le clavaba Michelle.

– Troy, cariño -dijo Michelle-, ¿quieres hacerme un favor? ¿Quieres echarle un vistazo a Ray a ver cómo está?

– Oh -repuso Troy, y se desperezó como si no hubiera estado prestando atención-. Claro -respondió, con aires de importancia, levantándose del puf mientras las adolescentes lo observaban.

Ese era su trabajo cuando estaba en casa de Bruce y Michelle: debía ocuparse de Ray, que tenía dos años. Debía asegurarse de que estuviera entretenido, de que tuviera limpio el pañal, de que no metiera los dedos en los enchufes ni bebiera de la botella de limpiador con extracto de pino que había bajo el lavabo del cuarto de baño. No era exactamente un trabajo. A Troy le gustaban los bebés. Le gustaba encargarse de ellos, le gustaban los deditos de sus pies y sus mejillas tersas y carnosas. Además, aún era lo bastante joven como para divertirse con los muñecos de Ray, con los bloques de construcción, los juguetes musicales, el autobús escolar amarillo de plástico y los niños de Weeble en miniatura que cabían en su interior. Aún les tenía afecto a los libros del doctor Seuss que le leía a Ray. No le importaba inventar fantasías ni jugar al escondite para embelesarlo. Era sencillo.

Sin embargo, Michelle le agradecía que estuviera cerca. Con frecuencia, cuando se marchaba de la caravana a las nueve o las diez de la noche para emprender el camino a casa, Michelle le daba dinero. Cinco, diez, veinte dólares.

– Gracias por venir, cariño -le decía, y mientras le metía los billetes en la mano, sus dedos lo rozaban de un modo que le hacía desear que fuera su hermana mayor, o su madre.

Las chicas de instituto lo observaron mientras se separaba del puf en el que se había fundido, y el chico mayor hizo una mueca. Troy advirtió que el muchacho enarcaba las cejas de un modo no demasiado amistoso, formando una «o» con la boca mientras rodeaba el bong con los labios. « Piérdete, niño », decía su mirada.

Pero la chica llamada Crissy exclamó:

– Oye.

Cuando se hubo incorporado se dio la vuelta para mirarla de nuevo.

– Troy… ¿te llamas así? -Él se detuvo, incómodo, y asintió.

»Eres mono -observó. Las demás le dirigieron miradas significativas, sonriendo burlonamente como si le hubiera gastado una broma pesada. Y entonces rompieron a reír.

Ese día no fue especialmente importante en la vida de Troy, pero formaba parte de una serie de acontecimientos en los que pensaba de tanto en tanto, parte de la totalidad de su vida con Carla: aquellos días precoces en la caravana de Bruce, cuando ninguno de los dos podía haber sabido que con el paso del tiempo se casarían y tendrían un hijo, ni que años después acabarían separados y más adelante divorciados y, sin embargo, pensaba, arrastrando aquella historia tras ellos para siempre.

Veinte años después, cuando Troy tenía treinta y trataba de dilucidar si seguía enamorado de ella, pensó en aquel momento en la caravana de Bruce y Michelle. Carla lo había abandonado, estaba viviendo con otro hombre, su matrimonio había terminado. Sin embargo, había accedido a desplazarse desde Nebraska a Las Vegas, a instancias de sus llamadas de madrugada.

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