Dan Chaon - Me recuerdas a mí

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Me recuerdas a mí: краткое содержание, описание и аннотация

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En 1974, un niño sufre el salvaje ataque del dóberman de su madre; en 1997, otro chiquillo desaparece del patio trasero de su abuela en una soleada mañana de verano; en 1966, una adolescente embarazada ingresa en una residencia de maternidad con el propósito de entregar a su hijo en adopción; en 1991, un joven diverge hacia una carrera como narcotraficante, aunque abriga esperanzas de algo mejor. En el proceso se examinan cuestiones relativas a la identidad, el destino y las circunstancias: ¿por qué nos convertimos en las personas que somos? ¿Cómo acabamos atrapados en una vida que nunca habíamos deseado? Y, ¿podemos cambiar el curso de lo que se nos antoja inevitable?

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– Está manteniendo a raya a los fantasmas -le explicaba el abuelo.

Años después, Jonah todavía podía recrear a la perra en su imaginación, tal vez más vívidamente aún de lo que recordaba a su abuelo, o el aspecto que había tenido su madre entonces. Había pasado mucho tiempo con la perra, a veces sencillamente sentado en el sofá acariciándola, jugando apaciblemente hasta que ella se debatía para marcharse.

Creía que la conocía mejor que a nadie excepto a sí mismo. Conocía el contorno rechoncho de su torso, el peculiar diseño abigarrado de su pelaje negro y marrón, los tendones y los huesos de sus patas, su morro alargado, inteligente y puntiagudo. Su cabeza parecía la de un pájaro noble con el pico alargado y firme, una majestuosa estatua egipcia que le gustaba moldear con las manos. Amaba sus labios negros y correosos, con aquellos nódulos anfibios y verrugosos alojados cerca de los molares, y le gustaba hacerla hablar, moviéndole los labios con los dedos para que le contara chistes de toc , toc y corease las sintonías de los dibujos animados que veían ambos. Amaba el negro lustroso de sus garras curvas y la misteriosa materia blanca semejante al tuétano que hallaba en el interior de sus zarpas; amaba la textura agrietada y lijosa de sus pezuñas, la carne ondulada y respingona de su lengua cuando él la cogía y la estiraba, la piel moteada, pálida y cerúlea del interior de sus orejas, su forma de agitar la cabeza hacia delante y hacia atrás si la tocaba en el punto preciso, como si la estuviera importunando una mosca. Amaba la piel suave, desnuda y gris de su estómago, las dos hileras de pezones, que él apretaba simulando que eran botones y tiradores de un robot que había construido.

– Maldita sea, Jonah -vociferaba el abuelo, cuando Elizabeth gañía-. ¡Deja de darle la lata a esa maldita perra! ¡Espero que algún día te muerda!

Quizá hubiese algo inevitable en lo que sucedió. Cuando intenta recrearlo en su mente siempre le parece que la tarde entera tenía algo inerte y helado, algo taciturno, una especie de expectación, como si le hubieran preparado las cosas.

Recuerda hasta cierto punto. Recuerda el juego al que estaban jugando, la fantasía en la que se había abstraído. Los estaban persiguiendo y, a la manera de un rey de dibujos animados, él gritaba: «¡Guardias! ¡Apresadlos!». Soldados pertrechados con lanzas trotaban con pasos cortos en fila de a uno por un pasadizo con hileras de antorchas.

Elizabeth y él se habían ocultado en el cuarto de baño, y a veces le parece que puede verlo a la perfección: sus manos haciendo girar el cerrojo de la puerta, que amaba más que a ningún otro. Una llave maestra en una cerradura. Un picaporte confeccionado con vidrio tallado, como si fuera una joya. Uno podía fingir que era un rey en un palacio.

Después de cerrar la puerta con llave, resopló satisfecho. Tomó aliento y se volvió a mirar a la perra, Elizabeth , que se encontraba incómoda junto a la bañera, con el rabo entre las piernas, las orejas caídas y los ojos recelosos y dubitativos.

– Vienen a por nosotros -le dijo a Elizabeth , y ella lo miró y a continuación apartó la vista, agitada, describiendo un semicírculo de puntillas en la exigua habitación-. Nos matarán si entran -añadió, mientras apretaba la cara contra la puerta, escuchando.

Era una estancia pequeña y ordenada, aunque no impoluta, con gélidos azulejos blancos y negros en el suelo, una gélida bañera de porcelana, lavabo y retrete. Había un armario alto que contenía toallas y paños. El retrete tenía una cubierta de pelo azul parecido al de un muñeco sobre la tapa y del grifo del lavabo goteaba un hilo de agua constante. Había un recipiente para depositar los cepillos de dientes bajo un botiquín con puerta de espejo y una ventanita cuadrada cuyo vidrio tenía la textura del hielo, con diseños escarchados. Debajo estaba la bañera con patas y pila profunda que parecía el interior de un huevo. Una mancha de óxido naranja se extendía desde la base del grifo hasta el desagüe.

Se le había ocurrido que ese era el mejor sitio para ocultarse. También recuerda claramente la determinación de agazaparse dentro de la bañera para escapar de los soldados que los hostigaban, pero se le presentaron ciertas dificultades para que Elizabeth secundase su plan. Jonah se incorporó en el interior de la bañera y la sujetó por las extremidades anteriores de modo que la perra se alzara sobre las patas traseras. Intentó tirar de ella, pero Elizabeth se negaba a moverse. Se apartó de Jonah, de modo que este salió de la bañera y trató de levantarla por los cuartos traseros, pero pesaba demasiado. Sin embargo, había hallado asidero en la piel flácida de las ancas y consiguió levantarla del suelo.

– ¡Entra! -exclamó, y le propinó un fuerte empellón-. ¡Deprisa, maldita sea! -Y ella emitió un sonido brusco cuando Jonah la empujó, cuando se precipitó en la bañera sobre ella.

No sabe a ciencia cierta lo que ocurrió después. Hubo un momento, una especie de oleada, una mancha blanca durante la cual el juego se desvaneció, durante la cual Elizabeth dejó de ser ella misma y se transformó en otra cosa. Los dos forcejearon sobre la porcelana resbaladiza. Tal vez Jonah estuviera intentando sujetarla, tal vez presionó con fuerza un punto blando de su barriga, tal vez Elizabeth fue presa del pánico al verse cabeza abajo, desorientada, incapaz de recuperar el equilibrio. Sus escuálidas patas se debatieron en el aire y su cuerpo se contorsionó, procurando enderezarse, y emitió un sonido como si vomitara una sucesión de gañidos. Chasqueó las mandíbulas, se retorció y arremetió contra él, y Jonah percibió un chispazo en su mente que no era verdadera conciencia.

El primer mordisco fue uno de los peores. El largo diente delantero, el canino, se hundió en la piel de Jonah justo debajo del ojo izquierdo y le desgarró la mejilla trazando una línea hasta el filo de la garganta. La sangre brotó salpicando la ventana. Las botellas de champú colocadas en el saliente de la bañera se desplomaron con estrépito cuando Jonah pataleó presa de un espasmo, sorprendido. Cuando se apartó de ella, Elizabeth le mordió la oreja y le arrancó un pedazo.

Más adelante intentaría pensar que Elizabeth se había vuelto loca. La gente diría que quizá fuera el sabor de la sangre, o los ruidos que producía, los sonidos agudos que instintivamente la hicieron pensar que era una suerte de presa. Diría que los perros de ataque, como los dóberman, pueden ser sumamente excitables y que pueden perder el autocontrol. Jonah no quería creer que ella lo odiaba. No quería creer que la había atormentado, que fuera lo que fuese lo que le había hecho, ya había tenido bastante. Que le mordió y le gustó, pensando: por fin.

Pero ella no se detuvo. Sus colmillos le hendieron las palmas de las manos cuando las levantó para protegerse la cara, y le surcaron los antebrazos cuando manoteó frente a ella, intentando golpearla. Un mordisco le perforó el labio inferior cuando la perra intentó apresar su cuello, y otro más jaló de la piel del rostro desgarrado como si fuera una tira. Recuerda que intentó sujetarse de nuevo la piel contra la cara, como si se tratara de una pieza de rompecabezas que intentara encajar. Cuando cayó al otro lado de la bañera, sobre el suelo de azulejos, se encontraba empapado. Era consciente de que las zarpas anteriores de Elizabeth le rasguñaban la ropa como si intentara excavar un agujero en su cuerpo, de sus mandíbulas, de los mordiscos en el cuero cabelludo, en el cuello, en el pecho, mientras rodaba hecho un ovillo y pataleaba, dejando un rastro de sangre.

– Lo siento -decía-. ¡Mamá, yo no quería! ¡Ha sido un accidente!

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