Pero él sabía que lo veía. Se miraban el uno al otro, y era una especie de juego: Jonah intentaba pestañear cuando ella lo hacía, adoptar el mismo rictus y oír lo mismo que ella. Era una especie de juego averiguar hasta dónde podía adentrarse en la habitación, deslizando los pies así como se abre una hoja, y a veces estaba a punto de llegar al centro de la estancia cuando ella hablaba al fin.
– Márchate -decía, casi como en sueños.
Y entonces apartaba el rostro, volviéndose hacia la pared.
Pensó en ella con la cuchara suspendida sobre los cereales. Un día, pensó, no volvería a casa del trabajo. O tal vez desapareciera por la noche. Jonah se había despertado varias veces al oír pasos en las escaleras o en la cocina, o el sonido de la puerta trasera al abrirse. La había visto desde la ventana de arriba, embutiendo el brazo en la manga del abrigo mientras recorría el sendero. Su rostro se le antojaba extraño a la tenue claridad que arrojaban los focos que el abuelo había instalado en el exterior de la casa. Su aliento se elevaba a causa del frío cuando exhalaba, y flotaba como si fuera neblina, dejando un rastro a su paso mientras ella se adentraba en la oscuridad, más allá del círculo luminoso del porche.
– No nos quedaremos mucho tiempo -le decía a veces a Jonah. Hablaba de los sitios donde habían vivido como si solo hubiesen ido a la casa del abuelo de visita, aunque se alojaban allí desde que Jonah tenía memoria: hacía casi tres años. Apenas recordaba los lugares a los que su madre se refería. Chicago. Denver. Fresno. ¿Había estado en aquellas ciudades? No estaba seguro. En ocasiones percibía destellos e imágenes, que no eran auténticos recuerdos: una escalera descendente y botas embarradas afuera; un hombre con una chaqueta de flecos, como Davy Crockett, que dormía en un sofá mientras Jonah contemplaba el interior de su boca abierta; una lámpara con un diseño de hojas otoñales; y una ducha de cemento donde se había lavado con su madre. A veces creía recordar al otro bebé, el que había nacido antes que él.
– Yo era muy joven -le explicaba ella. Eso era todo cuanto decía-. Era muy joven. Tuve que darlo en adopción.
– Me acuerdo del bebé -dijo Jonah una vez, mientras estaban sentados charlando, cuando ella se sentía cariñosa, lo abrazaba y le acariciaba suavemente la mejilla con las uñas-. Me acuerdo del bebé -afirmó, y el semblante de ella se puso tenso. Retiró la mano.
– No, eso no es cierto -respondió-. No seas estúpido. Ni siquiera habías nacido. -Se quedó sentada un instante, contemplándolo, y cerró los ojos, apretando los dientes como si su visión la hiriese-. Joder -masculló-. ¿Por qué no te olvidas de lo que te he contado? O sea que yo te confío algo que es privado y muy importante, ¿y tú te inventas jueguecitos? ¿Acaso eres un bebé?
Se quedó sentada con ademán impasible, frunciendo el ceño, y se dispuso a recogerse y arreglarse el cabello, ignorándolo. Tenía una larga melena que le llegaba a las trabillas de los pantalones vaqueros. El abuelo decía que se parecía a la cantante de música country Crystal Gayle.
– ¿No te parece guapa, Jonah? -decía el abuelo cuando trataba de animarla, pero ella se limitaba a esbozar una sonrisa carente de verdadera alegría. Jonah la observó mientras ella extraía un cigarrillo del paquete que descansaba en la mesita de café y lo encendía.
– No me mires así -dijo ella. Inhaló el humo del cigarrillo, y Jonah procuró adoptar una expresión flemática y neutral, que su cara fuese como ella deseaba.
– ¿Mamá? -intervino.
– ¿Qué?
– ¿Adónde van los niños cuando los dan en adopción? -Quería que su voz sonase inocente, hablar como los niños de la televisión cuando formulaban preguntas sobre Santa Claus. Quería fingir que era cierto tipo de niño para comprobar si su madre se lo creía.
Pero ella no lo hizo.
– ¿Adónde van los niños cuando los dan en adopción? -repitió, con voz aguda y desabrida, y no lo miró, no lo consideró mono ni perdonable. Jonah percibió el susurro de su cabellera y de su mano al restregar el extremo del cigarrillo contra el borde del cenicero.
«Se van a vivir con mamás buenas» -respondió. Al cabo de un momento se encogió de hombros con ademán sombrío, pues ya no lo amaba, ni deseaba hablar.
Pero él creía que recordaba al bebé. Su madre y él lo habían visto en el mercado, al cuidado de una señora desconocida. Tenía la tez rosada y la cabeza diminuta y calva, y estaba dentro de algo; un canasto , pensó, un canasto como en el que vienen las manzanas del supermercado . Estaba vestido con un traje de terciopelo verde con la cabeza de Santa Claus y descansaba sobre un cojín rojo. Movía las manos a ciegas, como si tratase de atrapar el aire.
– Mira -exclamó su madre-. ¡Ese es mi bebé! -Y una señora los había mirado, poniéndose tensa al inclinarse su madre para menear los dedos en la línea de visión del bebé. La señora los había mirado, sonriendo pero al mismo tiempo asustada, y se había dirigido a Jonah con brusquedad.
– No lo toques, por favor -le dijo-. Tienes las manos sucias.
Lo recordaba vívidamente; no solo a causa del bebé, sino de los ojos de la señora, de su forma de mirarlo, del cortante sonido de su voz. Fue la primera vez que comprendió realmente que tenía algo que no le gustaba a la gente.
Pensó en ello mientras correteaba por la casa ese día, blandiendo un batidor que había encontrado en uno de los cajones de la cocina, simulando que se trataba de una varita mágica que había robado. Pensó en el bebé, y en su madre recorriendo el sendero de gravilla a oscuras, y se detuvo en la puerta de su dormitorio, observando el candado que ella había instalado. Era la habitación que había tenido cuando era niña, y después adolescente, y tenía muchas cosas bonitas: había una caja de música donde guardaba sus joyas, con una bailarina pequeñita que se alzaba sobre un muelle y daba vueltas y más vueltas frente a un pequeño espejo; una caja parecida a una maleta pequeña y cuadrada en la que había discos de cuarenta y cinco revoluciones por minuto; una fotografía de su madre, que había fallecido, en un pequeño marco dorado; conchas, ramas secas pintadas de color plateado con un aerosol y postales de cuadros pegadas a la pared. Monet. Chagall. Miró. Ella los había nombrado en una ocasión. Jonah nunca tocaba nada, pero de algún modo ella sabía que había entrado en su dormitorio mientras estaba en el trabajo. No le dijo nada, pero un día, después del trabajo, volvió a casa con el juego de la cerradura, y tuvo que ver cómo atornillaba el pasador en el marco de la puerta, ajustaba la argolla del candado en el ojo del pasador y lo cerraba pulcramente con un chasquido. Se volvió hacia Jonah mientras este observaba, entornando los ojos con cautela.
– Hay cosas preciosas en mi habitación -le explicó con suavidad-. No quiero que se las lleve un ladrón -añadió, y ahora, plantado ante su habitación, sus palabras le produjeron una sensación de soledad.
Al cabo de un rato llamó a Elizabeth . Cogió un poco de fiambre del refrigerador y silbó. Volvió a llamarla y oyó el crujido de la cama de su abuelo cuando ella descendió de sus pies, donde había estado acurrucada cómodamente, durmiendo mientras dormía su abuelo.
– ¡ Elizabeth ! -exclamó Jonah con voz aguda y tentadora, mientras ella empujaba la puerta del dormitorio del abuelo con el hocico y se asomaba para observarlo con cautela, temblando discretamente, con paso furtivo y vergonzoso, como si hubiera gente aplaudiendo y ella fuese tímida. Pero cuando le arrojó la loncha de mortadela, ella la atrapó en el aire.
Era un dóberman pinscher y tenía bastantes años más que Jonah. No era solamente una mascota, decía su abuelo, era una perra guardiana. El mundo estaba cambiando, decía el abuelo, ya no se podía dejar la puerta abierta por las noches, como antes. Estaba Charles Manson, que era un asesino; el autoestopista que asesinó al hombre que lo había recogido en las cercanías de Vermillion; y el alzamiento de Wounded Knee. Ya no se podía confiar en la gente, decía el abuelo, de modo que Elizabeth perseguía a los coches de los desconocidos por la carretera, asustaba a los misioneros mormones que no se atrevían a llegar hasta la puerta, y a veces ladraba sin parar en la cocina con voz áspera y húmeda aunque no se viera nada en el exterior.
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